martes, 27 de enero de 2015

ACTRICES NOMINADAS OSCAR 2014: RECUPERANDO NOMBRES



  
   Sin demasiados preámbulos, siguiendo la línea de que cada nominación se explica por sí misma (para considerarla justa o para llevarse las manos a la cabeza –aunque en este segundo caso resulte un tanto necesario acordarse de algún o algunos nombres que podrían (deberían) sustituir al considerado intruso-), es el momento de ir analizando las categorías principales de los próximos Oscar, comenzando en esta ocasión por las actrices:

INTERPRETACIÓN FEMENINA PROTAGONISTA



-MARION COTILLARD POR DOS DÍAS, UNA NOCHE:
 

   Poco más puede añadirse de lo que ya se ha escrito en este blog (y en realidad siempre nos quedaremos en la superficie) para glosar la hazaña interpretativa llevada a cabo por esta mujer en una cinta que araña, zahiere, conmueve, conmociona, perturba, hunde en la butaca pero de la que no se puede despegar la vista, que entra como un bólido y sin freno hasta lo más hondo del corazón, el cerebro, el alma del espectador. Los hermanos Dardenne han sabido poner su habitual estilo de cámara en mano, casi documental, sin artificios ni afeites (aunque a veces se los notase demasiado el truco), al servicio de un guión escrito con las entrañas e interpretado por Marion Cotillard con una contundencia que noquea, oprimiendo, asfixiando, doliendo, removiendo, dejando claro que su nombre ya es absolutamente legendario, que hay un antes y un después de su aparición en la pantalla, que no tiene límites, que aún nos regalará muchos momentos inolvidables, uno de los pocos nombres, una de las privilegiadas, de las excelsas que deberían obtener un premio de la Academia cada vez que aparecen en pantalla.

-FELICITY JONES POR LA TEORÍA DEL TODO:

   Han bastado unas pocas películas para que esta actriz británica haya demostrado una apabullante versatilidad, una calidad descollante (enfrentada a nombres como los de Helen Mirren, Ben Whishaw o Ralph Fiennes), una capacidad para transmitir emociones muy profundas y diversas desde la contención, trabajando el cuerpo, la mirada, el rostro, sin pretender destacar, desterrando lo ampuloso, en definitiva, fiel a la escuela interpretativa en que nace y se forma. A pesar de que La teoría del todo se inspira en el libro biográfico escrito por su personaje, Felicity Jones acepta la a priori tarea ingrata de ser el soporte del auténtico protagonista, teniendo además que competir con la transformación física de su compañero de reparto (Eddie Redmayne) para reflejar los estragos de la enfermedad degenerativa que sufre Stephen Hawking y con el hecho de que todo el mundo tiene en la memoria la imagen del genio pero muy pocos conocen el rostro de Jane, la que fue su primera mujer; pero sale victoriosa del envite gracias a su carisma, a su encanto, a su sencillez, a cómo soporta la película sobre los hombros sin que se note a simple vista, adecuándose al ritmo elegante de James Marsh, mostrándose enamorada, segura, combativa, sin transmutarse en víctima a pesar de lo sufrido, desplegando con tiento su energía, siendo el alma de la cinta.

-JULIANNE MOORE POR SIEMPRE ALICE:

   Tras mil y un intentos fallidos (sobre todo por el material obligada a defender y a veces por una apatía que no era capaz de disimular –y que se puede llegar a comprender/compartir porque su talento merecía más-), Julianne Moore regresa a la liga de los mejores, esa que nunca hubiese debido abandonar, con una interpretación absolutamente prodigiosa, sensible y delicada, un portento de dulzura, mesura y hondura: su modo de desaparecer, tal y como hacen los enfermos de Alzheimer según la devastadora enfermedad les va borrando recuerdos, emociones, lenguaje, reflejos, expresiones, su manera de quedarse en su sitio pero pujar por seguir siendo una persona (de ahí el magnífico, revelador y acertado título del original: Still Alice, es decir, “todavía Alice”, aún estoy aquí aunque no pueda hacer nada por expresarlo, por hacerme notar), cómo sus ojos siguen siendo ventanas abiertas a un alma que permanece, que sobrevuela, que queda enclaustrada en el envoltorio, que pierde sus capacidades, su sobrecogedora mudez, su incapacitación para desarrollar sus emociones, su mirada fija, su medio sonrisa, su último plano es toda una lección, una cima absoluta, la enésima confirmación de por qué esta actriz consigue elogios tan encendidos. Aunque la adaptación esté muy por debajo de la prosa original de Lisa Genova (muy difícil la adaptación de una novela contada a partir de la propia enferma, haciendo palpable el avance virulento y progresivo de su mal en el modo en que sus facultades se van viendo mermadas, jugando y creando con el lenguaje, con las elipsis, con el tono aséptico), la dirección elegante y sin tremendismos que provoquen el efecto contrario ayuda a que el filme sea fiel al espíritu, a las intenciones de la autora. Julianne Moore ya arrebató a Marion Cotillard el premio de interpretación en el último Festival de Cannes (un certamen en el que la francesa jamás tiene fortuna), pero lo hizo por su intervención en lo nuevo de David Cronenberg, Maps to the Stars (2014), cinta fallida e irregular en la que ella destaca aunque su personaje vaya perdiendo fuelle y quedando desdibujado según avanza el metraje; y aunque se repetirá una y mil veces que lo ofrecido en Dos días, una noche es inalcanzable y que el hecho de que Cotillard ya tenga un Oscar no es motivo para negarle los que pueda merecer, la Academia tiene una deuda con Julianne Moore y es el momento de saldarla porque su interpretación es de muchos quilates (no esperemos, como con otros, a que hagan cualquier cosa o entregárselo con condescendencia o, directamente, le hagamos engrosar la lista de los muchos ilustres que no han podido adornar sus estanterías con un muñequito dorado).

-ROSAMUND PIKE POR PERDIDA:

   Un clarísimo error de casting que abunda en el espantoso guión con que Gillian Flynn ha tirado por tierra los hallazgos de su novela han propiciado que la estupenda Rosamund Pike no pueda lucirse del modo adecuado en la sobrevalorada película de David Fincher, siendo a pesar de todo la única que consigue insuflar nervio y emoción, la que destaca por imprimir veracidad en lo que a ratos es un espectáculo grotesco y ridículo. En realidad, el personaje era idóneo para una intérprete que ha asumido tareas de producción en Perdida, alguien rechazada directamente por el director, alguien que hubiese aportado la ambigüedad necesaria, alguien que hubiese hecho dudar al espectador, alguien que no espera después de este punto y aparte.

-REESE WITHERSPOON POR ALMA SALVAJE:

   Uno de tantos nombres perjudicados por lo que se conoce como “la maldición del Oscar” (obtenido por una buena interpretación a pesar de que el director –James Mangold- parecía ignorarla como si su personaje no fuese fundamental en la historia, impidiendo que eclosionase como hubiese debido, imprimiendo frescura y encanto a su June Carter de En la cuerda floja (2005) a pesar de los obstáculos, dejando en la cuneta a la que hubiese debido alzarse con el triunfo en esa edición, la impactante Felicity Huffman de Transamérica (2005)), Reese Witherspoon no ha cejado desde aquel momento de buscar proyectos interesantes, alternando lo netamente comercial con lo arriesgado, lo a contracorriente, moviéndose entre varias aguas (algo que define su carrera casi desde el principio), involucrándose, pero sin que los resultados estuviesen a la altura de lo esperado y sin que su talento encontrase el vehículo idóneo. Aunque, como ya se ha dicho, hubiese sido la mejor elección para protagonizar Perdida y el film hubiese salido reforzado (por mucho que el libreto deshaga el inteligente castillo de naipes del original), gracias a Alma salvaje vuelve a exhibir toda su paleta de colores, a dar el tono preciso en cada momento, a alternar tonos y emociones con su apabullante sencillez, hilvanando con primor y pericia, sin que se noten las puntadas, las aristas de su rol, su tormento interior, su angustia, su pesado equipaje emocional y narrando en off con hondura y sentimiento (un prodigio cómo su voz se adecúa a las imágenes, cómo interactúa con su rostro para aportar la pasión que a ratos se echa de menos en una película que peca de cansina y poco brío).

INTERPRETACIÓN FEMENINA SECUNDARIA:


-PATRICIA ARQUETTE POR BOYHOOD:

   Uno de esos nombres que a Hollywood le gusta recuperar, especialmente cuando puede premiarlos por un rol secundario (ya abundaremos un poco en esta premisa a la hora de analizar la candidatura de J. K. Simmons en el apartado de los actores), la celebración de la hija pródiga que, tras ser actriz de culto y trabajar con algunos de los nombres más glorificados y/o exitosos del momento, se refugia en la televisión y consigue un triunfo personal y profesional (al margen de los sorprendentes y bien trenzados guiones –con la excepción del calamitoso y decepcionante episodio final, el nivel se mantuvo bastante alto y sin concesiones a la galería, con fidelidad a las premisas iniciales-, su interpretación fue la base y el acierto fundamental de Médium (2005-2011)). Patricia Arquette viene, además, a refrendar el aplauso generalizado al esfuerzo de un equipo, a la fe en un cineasta, al compromiso y la fidelidad de unas gentes que aceptaron rodar durante una semana a lo largo de doce años sin tener muy claro cuál sería el resultado o si podrían cumplir con su promesa, lo que no es óbice para que sus apariciones sean lo más estimulante de una película anclada en la nada y un tanto pagada de su pretendida (y conseguida) intrascendencia (aunque con un mejor dibujo, su personaje hubiese alcanzado cotas más altas y la actriz hubiese podido lucirse en mayor medida).

-LAURA DERN POR ALMA SALVAJE:

   Otro de esos nombres a rescatar, aunque en este caso la nominación dé un poco de risa, ya que su participación en la película es excesiva y necesariamente efímera, es uno de esos personajes que se construyen en ausencia, a través del recuerdo, y no queda más en nuestro ánimo porque lo encarne Laura Dern y sí por el modo en que su hija en la pantalla la evoca, añora, invoca, apela y glosa.

-KEIRA KNIGHTLEY POR DESCIFRANDO ENIGMA:

   Tras algunas interpretaciones en las que se había ido desprendiendo de su tendencia a la mueca, de su gestito cercano al puchero, de su envaramiento y frialdad (auténticas losas en la reprobable Orgullo y prejuicio (2005) con la que Joe Wright mancilló la memoria de Jane Austen –por fortuna, tanto él como su actriz se redimieron con las espléndidas Expiación (2007) y Anna Karenina (2012)-), Keira Knightley se gradúa con honores con su intervención en esta esplendorosa cinta. Es un portento verla cómo, sin prisa pero sin pausa, va añadiendo detalles, reflejando la maduración de su personaje en lo anímico, en lo afectivo, en lo sentimental, en lo vital, sabiendo mantenerse en el segundo plano pero sin perder nunca pie, hasta llegar a una secuencia final en la que nos deja sin aliento, impresionados, impactados, estremecidos, alucinados (sólo por lograr seguir el paso a ese prodigio conocido como Benedict Cumberbatch y no desentonar ni quedarse atrás nunca –excepto cuando la historia lo requiere- ya merecería todos los premios del mundo).

-EMMA STONE POR BIRDMAN:

   En medio de ese canto al histrionismo, a lo aparatoso, a lo exagerado, a lo esforzado, a lo falso, Emma Stone es un soplo de aire fresco por la manera en que afronta su rol, alejada de estereotipos, de grandilocuencias, de exhibiciones gratuitas, rebajando tonos, consiguiendo momentos que realmente son latigazos, ganando por goleada al resto del reparto, imponiéndose por naturalidad y acierto, por saber pisar el acelerador y reducir velocidad cuando conviene. Tras merendarse a Colin Firth en Magia a la luz de la luna (2014), la irregular y por el momento última película de Woody Allen, la joven actriz sigue dando pasos agigantados hacia lo más alto, demostrando una versatilidad que aún deparará muchas sorpresas y satisfacciones.

-MERYL STREEP POR INTO THE WOODS:

   Deberían crear un galardón sólo para ella y, así, reconocer de una vez por todas su magisterio, su grandeza, su altura, su prodigalidad, su inagotable talento, su continua reinvención, su magia, su perfección. No contenta con todo lo logrado y demostrado, Meryl Streep encuentra nuevos tonos en su voz, se adueña de la partitura de Sondheim como si fuese tarea sencilla, afila su garganta, pone el maquillaje a su servicio para ser una auténtica bruja (no parecerlo, no recordarlo, no imitarla: serlo –atributo de una enorme actriz-), orquesta la función con garra e ímpetu, potenciando las virtudes de los demás, sin ánimo de eclipsar, pero constituyéndose en epicentro del meritorio y arrebatador vendaval al que Rob Marshall ha dado forma.  

martes, 13 de enero de 2015

GLOBOS DE ORO: POLÍTICAMENTE INVOLUCRADOS







  La peor noticia relacionada con la reciente entrega de los Globos de Oro que otorga cada año la prensa extranjera afincada en Hollywood es que Tina Fey y Amy Poehler dejaron muy clara su intención de renovar en la tarea de maestras de ceremonias desopilantes, punzantes, de réplica veloz, divertidas y divirtiéndose, de verbo agudo, inteligentes, sin afán de protagonismo, sabiendo dosificarse y apuntalar el edificio con economía y versatilidad de recursos. Para la ocasión, en una gala marcada sin duda por los recientes sucesos ocurridos en Francia a raíz del terrible atentado terrorista sufrido en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo (la manifestación de pocas horas antes en París no podía ser acallada, su clamor estaba instalado en el corazón de cualquier demócrata), las dos actrices no rebajaron el tono y fueron sutiles pero directas (el mejor humor, la denuncia más implacable, la acusación más contundente no están reñidas con la contención ni con el laconismo: el buen entendedor sabe de lo que se trata y cierta parafernalia puede diluir el mensaje), implacables sin perder la sonrisa, hablando sin darse importancia, como si fuesen frases espontáneas, desarmando con su gesto al contrario, al criminal, al verdugo, al que querría verlas calladas (por no decir algo más estremecedor y, por desgracia –no hay que volver a los hechos-, real). Del mismo modo, no pudieron dejar de meter el dedo en el ojo al dictador norcoreano King Jong-Un, ese cuya única defensa ante lo que no le gusta es destruir, prohibir, censurar, guillotinar, cometer ilegalidades, imponer, avasallar, sacándose de la manga a una corresponsal norcoreana que atemorizó a toda la sala (uno de esos momentos que sólo gracias a intérpretes tan entregados como Meryl Streep, Benedict Cumberbatch o Michael Keaton resultan frescos e inolvidables –ese buen rollo y esas ganas por hacer espectáculo que supo exprimir Ellen DeGeneres en los Oscar-) y amenazó por ser la próxima presentadora (con tal de que no regrese Ricky Gervais, ese que considera que hacer humor es resultar grosero y brutal sin freno ni medida, insultante y ofensivo, más allá de las leyes –porque eso es lo que se defendió en París: la libertad para hablar, para decir, para expresar, para enriquecer, para comunicar, no para lanzar acusaciones sin gracia ni fundamento (y si lo tienen, puesto que hacen referencia a lo privado, mientras no se cometa un delito del que poder acusar a nadie le importa lo que creas, pienses o sepas sobre otra persona, cuyo comportamiento tal vez te irrite, perturbe o perjudique –o tal vez, sencillamente, envidias por no ser capaz-, pero no influye en los demás)-, justo el extremo contrario de la acidez bien medida y nada complaciente ni cobarde de Tina y Amy). Gran parte de los presentadores y galardonados utilizaron los micrófonos para lanzar mensajes de solidaridad, apoyo y compromiso (nada insólito en personas como Jared Leto o George Clooney), sabiendo sortear el escollo de “si estamos en una entrega de premios no hemos venido más que a eso” por ir muy al grano y no andarse por las ramas (es lo que falla en España, sobre todo porque sólo se toleran determinados discursos, en realidad se quiere imponer un pensamiento único y dictar cómo, cuándo, dónde y en qué forma y dirección se expresa la protesta), resultando impecable e imprescindible el alegato del presidente de la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood (él, como periodista, y representando a quienes representa, sólo podía decir lo que dijo –aunque imagino a alguno de esos escondido debajo de la mesa: esos meaqueditos que se lavan las manos como Pilatos, que enarbolan banderas con la boca pequeña sólo para que algunos lo sepan, pero luego esconden el rabo entre las piernas y bailan el agua a cualquier poderoso que pueda ayudarles a medrar- y fue un placer ver a esa Meryl Streep levantándose a aplaudir con fervor y provocando el efecto dominó en toda la sala). Como ya comentamos hace casi un año al hablar de los Oscar, si no nos gusta que se mezclen las cosas no podemos decir bravo a unos (los de allí) y afear la conducta a otros (los de aquí), pero tal vez el problema sea ese: el modo de expresar una opinión, una solidaridad, saber transformarse en altavoz.
   En cuanto a los premios, como muy pronto tendremos que ir diseccionando los mismos títulos con motivo de los Oscar y/o por su estreno en España, sólo apuntaremos que, puestos a elegir, es infinitamente más osada, virtuosa, coreografía visual a lo mecanismo de relojería, un alarde de dirección artística, la a ratos irregular El gran hotel Budapest que la ampulosa, fatua y prepotente Birdman, la una sí tiene huellas de un autor, de un visionario, de un universo propio, la otra fuerza la maquinaria, exagera, disparata, posee algunos hallazgos (que no son tales pero sabe apropiárselos) y un montón de despropósitos (y le va bien lo de competir en la categoría de comedia porque si Iñárritu cree haber hecho un drama y no una parodia –bastante poco afortunada- tiene mucho más que revisar de lo que uno pensaba). Michael Keaton se ha ganado (parece: veremos qué opinan sus compañeros, recordemos a Bill Murray por no irnos más lejos) el reconocimiento de todo el mundo por dejar a un lado algunas de sus muecas más reconocibles pero eso es poco al lado de un meritorio y sorprendente Eddie Redmayne (beneficiado aquí de la división entre drama y comedia) y de un soberbio Benedict Cumberbatch (por citar dos nombres que, junto a Keaton, parecen seguros en la terna de actores candidatos al Oscar que conoceremos el próximo jueves). Julianne Moore, por fin, no debería tener rival para conseguir una estatuilla dorada, por mucho que Felicity Jones sea una oponente de altura en La teoría del todo (y alguna fémina más de lo que aún no hemos podido disfrutar): lo suyo en Siempre Alice es un absoluto prodigio precisamente en cómo se despoja de personalidad, de humanidad, cómo queda anulada, borrada, reducida a esa nada cruel que impone el Alzheimer. J. K. Simmons tiene todas las papeletas para seguir recogiendo premios aunque su participación en Whiplash no pase de lo convencional, lo prototípico, lo esquemático, lo que es en realidad toda la cinta, y lo mismo podría pensarse de Patricia Arquette, presencia interesante y desaprovechada en la muy cansina Boyhood en la que, como en tantas ocasiones, se está premiando más el esfuerzo, la valentía, la forma que el resultado, el contenido, la película en sí.
   Y como colofón, fue un gustazo ver a Maggie Gyllenhaal recoger el premio de mejor actriz en miniserie por The Honourable Woman, ese prodigio que sólo podría llegar desde el Reino Unido, esa película de ocho horas que se ve sin sentir y que remueve, conmueve, altera, aterra, conmociona, emociona, impacta y hace reflexionar (y pensar en Jon Voight allí en la sala sentadito produce, no hay que negarlo, una sonrisita con rebaba y casi pedorreta… ¡Ahí lo tienes, ignorante!).

jueves, 1 de enero de 2015

2014: EN CLAVE FEMENINA


    Es difícil resumir un año cinematográfico en unos pocos títulos, pero conviene hacer el ejercicio ya que, de ese modo, uno toma verdadero partido, se ve obligado, digámoslo así, a cortarse dedos que le duelen (aunque, por desgracia, no abunden esos títulos que se convierten en imprescindibles desde el primer momento, esos que ya nos van a acompañar siempre), confirma si las primeras impresiones sentidas se sostienen un tiempo después, y en el caso de lo que le parece olvidable comprueba que hay cosas que dejan su huella nefasta y casi indeleble y que, precisamente por ello, merecen ser destacadas para ser sometidas, al menos, al escarnio de un sufrido espectador, éste que suscribe. Es, por supuesto, una visión parcial, particular, sesgada, propia, pero al menos se intenta argumentar, se mantiene, se explica, no como la de tantos absurdos que se mueven cual veleta y sólo pretenden hacer amigos (llamando así a los que, como mucho, siguen en Twitter o saludan en algún preestreno o rueda de prensa), esos que sólo entienden la crítica como manera de medrar en no se sabe qué terreno, esos de los que no puedes fiarte jamás, esos que dicen una cosa al terminar la proyección pero luego escriben/hacen pública otra radicalmente distinta, esos que dictaminan como si no existiese la hemeroteca (o el historial de las redes sociales); uno prefiere ser leal consigo mismo y, sobre todo, con aquellos que tienen la deferencia de otorgarle su fidelidad (incluso para opinar lo contrario, pero manteniendo la adecuada y deseada dialéctica, las ganas por seguir amando el cine).

 

PELÍCULAS ESPAÑOLAS E HISPANOAMERICANAS DESTACABLES:

 

-CARMINA Y AMÉN:

 

   Paco León se consagra como cineasta con una cinta que abunda y amplifica los méritos y hallazgos de su ópera prima, con un guión sutil que va variando el tono imperceptiblemente pero sin remisión, jugando sus bazas con enorme honestidad, encajando las piezas con maestría. Carmina Barrios es una fuerza de la naturaleza que demuestra tener más cualidades interpretativas de las que algunos pronosticaron o minusvaloraron, María León tiene un decir difícilmente imitable, Yolanda Ramos deja clara su categoría cómica logrando una secuencia antológica desde el mismo momento de su concepción y el elenco de secundarios (haciendo hincapié en el femenino porque es el universo que explora/muestra/quiere el director) confirma que Paco León tiene muy buen ojo y mejor mano para extraer lo mejor de cada uno de ellos (ellas, especialmente ellas).

 

-LA ISLA MÍNIMA:

 

   Aunque enfrentada a True Detective (por culpa de ellos mismos, por algunas cosas que se dijeron desde la producción, porque el propio director empezó a disculparse/distanciarse antes del estreno, por esa estúpida –pero creíble- anécdota que retrata a un Raúl Arévalo llegando un día al rodaje con fotografías de la todavía inédita serie de la HBO y clamando “¡Nos han copiado!” –muy creíble, repito, por el tono fatuo y sobrado del actor-), aunque los parecidos acaban en el minuto dos (y en una tradición en la que ambas se inscriben y que ninguna niega –aunque los complejos pudieron en el caso español y, al final, hubo muchos que vieron la película condicionados por la justificación no pedida de “nosotros ya estábamos rodando y, además, la idea es muy anterior”-), La isla mínima es una película sólida que se sostiene por sí misma y que sorprende por su buen gusto formal, por el cuidado con que está rodada (aunque, ya que ellos sacaron el tema, no se puede obviar que, aunque la serie en su conjunto no resulte tan esplendorosa como la mayoría ha aplaudido, la dirección de Cary Fukunaga en True Detective es una de las más apabullantes, portentosas y emocionantes vistas en los últimos cinco años y, sin paliativos, la más prodigiosa contemplada en 2014 en cualquier pantalla y/o formato), por el salto cualitativo que supone en la filmografía de Alberto Rodríguez, autor de filmes caóticos recubiertos con la pátina de “visión de autor”, remedos muy por debajo de la media de cintas de acción hollywoodienses. Una historia bien contada, con una atmósfera opresiva y a ratos irrespirable, con el tono y el ritmo preciso, que sólo hace aguas en el apartado interpretativo, base fundamental porque, como todos los grandes policiacos, como el género negro que sigue arrasando en ventas, importan tanto o más sus circunstancias, sus implicaciones, sus secretos, su pasado, el contexto social y geográfico en que se mueven que la propia investigación en sí: Raúl Arévalo vuelve a hacer gala de esa intensidad forzada que le caracteriza, lastrando y desequilibrando el tono contenido de un Javier Gutiérrez muy en la línea (él mismo lo ha declarado sin dolerle prendas) de un José Luis López Vázquez o del Alfredo Landa de El crack (1981); Antonio de la Torre (por fortuna no sale demasiado) vuelve a emplear los truquitos que le han otorgado prestigio y categoría de gran actor pero es barrido de pantalla por la fuerza de una apabullante Nerea Barros, quien merecería más tiempo (el propio personaje lo demanda), a la que le bastan dos miradas y su mera presencia para grabarse a fuego en la retina del espectador.

 

-RELATOS SALVAJES:

 

   Con la inevitable irregularidad de una película de episodios (en la que, sobre todo, falla el orden de los mismos, provocando más arritmias de las que serían perceptibles de estar colocados de otra manera), estos Relatos salvajes de Damián Szifrón suponen un huracán de aire fresco, una sátira despiadada y descarnada pero lapidariamente verosímil de la sociedad de cualquier país que se considere civilizado, un esperpento deformante que, al modo de Valle-Inclán, expone sin pudor nuestra miseria moral y lo mucho que esa gente obediente hasta en la cama que cantaba Jarcha aguanta, se reprime, no cae en la provocación (porque se sufren muchas a diario por parte de instituciones, organismos oficiales, políticos, potentados, vecinos, los que se llaman amigos, parientes, amantes). Sólo por su prólogo o por la cocinera a la que da vida una inmensa Rita Cortese merecería la pena recordarla pero, además, nos ofrece el mejor Ricardo Darín jamás soñado quien, encarnando a Bombita (por derecho propio, un hito, un personaje para la Historia), olvida sus tics o eso que algunos han dado en llamar “sentimentalidad” para despertar, progresivamente, incomprensión, fastidio, simpatía, empatía, aplauso enfervorecido.

 

-UNA MERIENDA EN GINEBRA:

 

   Rodada para TV3 y emitida en 2013, este año tuve ocasión de ver esta estupenda película de Ventura Pons con una prodigiosa Vicky Peña recreando a la maravillosa escritora Mercè Rodoreda y no me resisto a incluirla en este resumen para, como ya se hizo en su momento, animar a cualquiera que tenga acceso a ella a dejarse envolver por las palabras, por la personalidad de una autora a la que hay regresar las veces que sea necesario, al modo sencillo en que el cineasta explica su figura, su literatura, su vida, huyendo de cualquier pedantería o hermetismo, transmitiendo el amor por la letra impresa, la necesidad de abrir un libro sin didactismos ni reduccionismos.

 

PELÍCULAS ESPAÑOLAS E HISPANOAMERICANAS OLVIDABLES:

 

-OPEN WINDOWS:

 

   Nacho Vigalondo tiene que dejar su huella en cada fotograma que filma, pone el aparataje por encima de la historia, y en esta ocasión riza el rizo porque construye la película a través de una pantalla de ordenador en la que se van abriendo diferentes ventas, dificultando la mera lectura visual al espectador que no domine ese lenguaje, hastiando el ojo en el minuto cuatro, fascinado por lo que le parece ingenioso, sin preocuparse de la tensión, el misterio, la angustia que se supone quiere narrar y usar como base primordial de la cinta. No cabe duda que a Elijah Wood debió gustarle el guión (aunque considerar tal a lo que vemos traducido a imágenes), pero tal vez sería aún peor preguntarle por qué, ya que igual se pone a explicarlo.

 

-LA HERMANDAD:

 

   Nunca he ocultado mi predilección por El orfanato (2007), nunca he dudado de lo que me parecieron excelencias en su primer visionado, las que se han refrendado y reforzado con otro posterior, el modo en que supo beber de diversas fuentes y darles un aire personal, la escalofriante interpretación de Belén Rueda como columna vertebral de un filme perturbador y envolvente, y aún me reafirmo más cuando compruebo cómo, negándole el pan y la sal, se la copia, plagia, utiliza como base, se toma como modelo para entregar una película torpe, sin brío, facilona y previsible y, para colmo, con una Lydia Bosch a la que no necesitábamos recuperar.

 

-MAGICAL GIRL:

 

   Una Concha de Oro que, a buen seguro, dormirá el sueño de los justos dentro de poco (todo dependerá de lo que suceda con las nominaciones a los Goya –y con la entrega de premios), una de esas cintas que reclama ser considerada “cine de autor” desde el primer plano para situarse en una categoría inaccesible y, así, tener diseñada su defensa (basada en considerar inferior, no preparado, carpetovetónico y algunas lindezas más al que osa señalar al emperador desnudo). Un supuesto descenso a los infiernos que resulta frío, desangelado, alambicado y que no posee ni un ápice de fuerza, descontrol, furia, provocación ni osadía, una sinfonía monótona que sólo un entregado José Sacristán consigue dotar de veracidad e intención.

 

-OCHO APELLIDOS VASCOS:

 

   Un éxito de taquilla insospechado (en realidad, un fenómeno, eso es lo que nadie podía prever ni en el mejor de los sueños de sus artífices), una comedia que se limita a estirar unos cuantos tópicos y chistes manidos hasta la saciedad, imitando mal películas honestas y facilonas que tantos vejan y califican peyorativamente como “españoladas”, una cinta sustentada en un Dani Rovira que hace de Dani Rovira (fuerza y exagera el acento andaluz como máxima expresión de su comicidad, resultando el mismo en monólogos, series e incluso anuncios de televisión), una mera diversión que podría resultar simpática si no fuese tan plana, tan sosa, tan inane.

 

-LA VIDA INESPERADA:

 

   Un buen ejemplo de lo que es una película átona, que termina igual que empieza, que chirría en el minuto tres en su supuesta verdad, que es falsa porque se basa en estereotipos, en esquemas, que tiene todos los defectos en que cae Elvira Lindo cuando escribe para adultos y pierde la gracia y la acidez que caracterizan su gran creación de Manolito Gafotas, absolutamente impersonal, sin emoción ni gracia, lastrada además por un doblaje que ha uniformizado voces y tonos (más terrorífico que el utilizado en la década de los 70 cuando Nadiuska parecía a punto de recitar a Lope de Vega y todas las muchachas que lucían palmito hablaban igual), cuando los personajes, necesariamente, deben hablar idiomas diferentes. Raúl Arévalo, como ya se dijo antes, enerva más en su energía reprimida que cuando se desata y Javier Cámara poco puede hacer con un rol en el que se esfuerza lo justo (¡Gracias, Gloria Muñoz, por existir!).

 

PELÍCULAS EXTRANJERAS DESTACABLES:

 

-PHILOMENA:

 

   Stephen Frears hace una denuncia atroz, no se reprime, pero desde la elegancia y exquisitez, desde la invisibilidad, confiando en el magnífico libreto de Steve Coogan (también espléndido como actor, sosteniendo y apuntalando la creación de su compañera) y Jeff Pope, prodigio de sensibilidad y equilibrio, ejemplo de concisión, un alegato en primera persona que respeta la personalidad de su protagonista, a la que da vida una Judi Dench que vuelve a dejar pequeño cualquier adjetivo elogioso. Otra muestra de por qué la cinematografía británica (no importa el tamaño de la pantalla) sigue en lo más alto de la consideración del público y de la crítica que no tiene en cuenta nacionalidades para escribir antes de ver (ni después, que algunos pregonan lo contrario de que luego queda delatado en sus parrafadas).

 

-NEBRASKA:

 

   Un auténtico regalo de Alexander Payne, una cinta oxigenante, una ficción que parece un documental (o viceversa, nunca se sabe) que fluye, que acuna la retina, una absoluta belleza, un regocijo, un guión de Bob Nelson que parece no existir porque (aquí sí) es la vida la que pasa antes nuestros ojos, un Bruce Dern que nos conmueve, un Will Forte que quita el hipo (la generosidad hecha actor en uno de esos roles desagradecidos en los que nadie se fija a la hora de dar premios), una June Squibb inolvidable que no importa si no vuelve a rodar nunca más (aunque sí lo ha hecho) porque su nombre quedará en la Historia del Cine pasen los siglos que pasen.

 

-HER:

 

   Spike Jonze se olvidó de sí mismo, se puso al servicio de la historia, y con una dirección artística abracadabrante como máximo acierto, consiguió una película emocionante, a ratos dolorosa, en otros insoportablemente veraz, pero sin desbarrar, sin perder la mesura, trabajando lo subterráneo, sugiriendo y dando a entender. Joaquin Phoenix se despoja de su tendencia a la sobreactuación, de su querencia a dejarse llevar por lo esforzado, a dejar ver el truco, para estremecer con un mero movimiento de la comisura de los labios, para interpretar lacónicamente pero transmitir emociones hasta con el blanco de los ojos.

 

-DOS DÍAS, UNA NOCHE:

 

   Los hermanos Dardenne logran la fusión perfecta entre su estilo pseudodocumental, cámara en hombro, fagocitando a los actores, agobiándolos, haciendo notar su presencia, y la intencionalidad crítica y política de lo que quieren contar. Una cinta asfixiante, que hurga en las entrañas, que mete los dedos en la herida y escarba, que aborda el problema laboral desde todos los ángulos posibles y consiente que las diferentes posturas expongan sus razones, que rehúye los maniqueísmos, que habla a los espectadores sin paños calientes, una película que se vive y se sufre porque Marion Cotillard está en pantalla y su mirada, sus hombros, sus piernas, su respiración arrastran la condena de la humillación, la cruel ceremonia de sentir que pide limosna, la atalaya desde la que la miran los que podrían regalar su misericordia (y de este modo quieren que se reciba), la situación de penuria que comparte con sus iguales.

 

-AL ENCUENTRO DE MR. BANKS:

 

   Un deleite para cualquiera que ame Mary Poppins (la película de Disney, esa por la que estuvo peleando veinte años, de eso es de lo que se habla aquí), el regreso de la estimulante Emma Thompson a la liga de las grandes que nunca debió abandonar (aunque los que votan en los Oscar no se dieron por enterados), un Tom Hanks como pocas veces hemos visto (tal vez por eso tampoco fue candidato), una de esas cintas que han de ser calificadas como “de siempre”, “de toda la vida”, dicho con la boca muy ancha y con gran admiración.

 

PELÍCULAS EXTRANJERAS OLVIDABLES:

 

-CUANDO TODO ESTÁ PERDIDO:

 

   ¿Éste era el gran regreso de Robert Redford a la interpretación? Y no es que el hombre no se esfuerce pero, pobre mío, no merece la pena: una cinta muy fea (en el peor sentido: en el de filmada de cualquier manera, justificándolo todo en aras de la verosimilitud), aburrida, da igual que no se conozca El viejo y el mar para bostezar sin recato (pero si se conoce, aún peor).

 

-9 MESES… DE CONDENA:

 

   Un canto a la mueca, a la estridencia, a lo grotesco, lo peor de la comedia francesa reunido en una sola película, una absoluta sandez que convierte a los filmes de Louis de Funes en juguetes cómicos brillantes, un estupor al pensar que obtuvo el Cesar al mejor guión original y que la crispante Sandrine Kiberlain (en un registro al más puro estilo Kristen Wiig) arrebató el premio a Fanny Ardant, Bérénice Bejo, Emmanuelle Seigner y Catherine Deneuve.

 

-EN UN LUGAR SIN LEY:

 

   Puede que haga tiempo que Terrence Malick ha perdido el norte, pero eso no da carta blanca a nadie para plagiar su fantástica ópera prima –Malas tierras (1973)- y para colmo hacerlo sin ni un atisbo de su exquisitez, su riqueza visual, su manera de integrar los paisajes como un personaje más. Tampoco es fácil seguir el ritmo de Arthur Penn en su Bonnie and Clyde (1967), pero menos aún si piensas que Casey Affleck y Rooney Mara pueden cubrir las ausencias de Warren Beatty y Faye Dunaway.

 

-DOS MADRES PERFECTAS:

 

   Cómo destrozar un relato de la nunca suficientemente alabada Doris Lessing y quedarse tan panchos, cómo filmar una cinta pseudoerótica y resultar burda (¡Ay, esa Anne Fontaine!), provocar vergüenza ajena, incomodar porque ni el erotismo barato de algunas producciones para consumo rápido son tan patéticas, cómo desperdiciar el talento de dos actrices maravillosas como Naomi Watts y Robin Wright (quien ha tenido uno de sus años más catastróficos –aunque no levanta cabeza y sigue sin encontrar vehículos adecuados- al protagonizar ese otro engendro titulado El congreso, esa película que empieza de buena manera hasta que Ari Folman se aburre y empieza a experimentar y a repetirse-).

 

-BIG EYES:

 

   Tim Burton elige un drama para tratarlo casi como una comedia, dirige con desgana, sin implicarse, deja a la pobre Amy Adams (que hace todo lo que puede por insuflar verdad, que a pesar de lo que le rodea consigue algunos momentos a la altura de su grandeza interpretativa) al servicio de un desmedido Christoph Waltz, quien transforma al villano en una caricatura, diríase que está en una de Tarantino, gracias al cual ha ganado dos Oscar por hacer prácticamente lo mismo, con la salvedad de que en Malditos bastardos (2009) graduaba, sorprendía, creaba un personaje con tonos, luces y sombras, y en Django desencadenado (2012) repetía lo mismo sin saber pisar el freno, aunque lo de Big Eyes es, directamente, para reservarle el Razzie al peor actor no sólo de este año sino de muchas ediciones: su sonrisita no tiene nada (y debería) de meliflua, de encantador de serpientes, de seductor, de embaucador, porque es una mueca forzada que dice a las claras “hola, soy muy malo, pero mucho, mucho, pero nadie se da cuenta” (y de la parte del juicio, mejor no hablar). Una historia real apasionante y con muchos tintes sombríos y perversos queda reducida a una parodia sin sentido ni recato.