jueves, 3 de septiembre de 2015

AL PACINO: LA SOMBRA DE AQUEL ACTOR






TÍTULO ORIGINAL: The Humbling DIRECCIÓN: Barry Levinson GUIÓN: Buck Henry, Michal Zebede (basado en la novela La humillación de Philip Roth) MÚSICA: Marcelo Zarvos FOTOGRAFÍA: Adam Jandrup MONTAJE: Aaron Janes REPARTO: Al Pacino, Greta Gerwig, Dylan Baker, Kyra Segdwick, Dan Hedaya, Charles Grodin, Dianne Wiest
TÍTULO ORIGINAL: Manglehorn DIRECCIÓN: David Gordon Green GUIÓN: Paul Logan MÚSICA: Explosions in the Sky, David Wingo FOTOGRAFÍA: Tim Orr MONTAJE: Colin Patton REPARTO: Al Pacino, Holly Hunter, Chris Messina, Harmony Korine, Natalie Wilemon

   Aunque estrenadas en nuestro país con cuatro meses de diferencia, el que suscribe acaba de visionar (casi consecutivamente y como no premeditado pero siempre necesario homenaje a aquellos programas dobles de los añorados cines de barrio que tanto propiciaron y alimentaron nuestra pasión por el séptimo arte) los dos últimos filmes protagonizados por Al Pacino, a la espera de que llegue (si lo hace) Danny Collins, cuya aparición en DVD está a punto de celebrarse en Suecia (por lo que es posible que en España pase directamente al mercado televisivo y doméstico), y cuando continúa inédita su nueva incursión tras las cámaras, adaptando la poética y arrebatadora Salomé nacida del talento de Oscar Wilde. Nadie podrá negar al veterano intérprete su incansable búsqueda de personajes que le permitan reverdecer su aureola de gran actor, un tanto adormecida (seremos benévolos) en productos alimenticios que ni siquiera su presencia consigue liberar de lo anodino, repetitivo y facilón (cuando no de lo ridículo y/o patético), olvidando en demasiadas ocasiones su oficio para limitarse a pasearse por la pantalla recurriendo a las muecas que le hicieron popular, exagerándolas hasta la extenuación, despojándolas de contenido y sentido dramático, esforzándose mínimamente, echando cuentas de cómo engorda su cuenta corriente mientras pierde crédito, prestigio y admiradores (por fortuna, sus trabajos televisivos demuestran que el talento sigue vivo y madurando –Angels in America (2003), No conoces a Jack (2010), Phil Spector (2013)-); en ese sentido, Pacino puso sus ojos en una novela del en ocasiones exageradamente bien considerado Philip Roth, autor que no tiene recato en publicar cualquier cosa, novelas que no pueden ser consideradas como tal (son relatos un tanto alargados, unas cuantas páginas engoladas que son una mala copia de sus grandes títulos), historias que apenas ocultan la sensación de déjà vu, de auto plagio, de soberbia, de escritura sin fuerza ni contenido, repetición casina y esquemática de sus obsesiones, filias y fobias, argumentos mínimos que sólo buscan epatar, ese es el caso de La humillación, título original tanto de lo escrito por Roth como de la cinta de Barry Levinson, que en España se ha llamado como una estupenda película de Peter Yates que llegó a la final de los Oscar de 1983, al igual que su director, el guionista (Ronald Harwood) y sus dos protagonistas, unos maravillosos Albert Finney y Tom Courtenay (aunque su título original tampoco fuese La sombra del actor, sino The Dresser, es decir, El vestidor).
   Pero del mismo modo que en aquel filme prácticamente olvidado o poco conocido lo de “la sombra del actor” servía para señalar al personaje de Courtenay como para ahondar en la metáfora que representa el de Finney, en esta producción pedante y absurda que ahora nos ocupa, por mucho que se haga referencia a la profesión del rol que asume Pacino (un subrayado obvio), puesto que se ciñe escrupulosamente a lo escrito y desarrollado (o dejado de desarrollar) por Roth, en realidad no se comprende por qué poner el acento en un asunto que el escritor despacha pronto para centrarse en la paranoia de su protagonista y en la consabida historia sexual teñida (por decir inundada) de misoginia, la que imprimía brío y emoción a la espléndida La mancha humana, la que se comprendía aunque no se compartiese en El animal moribundo (que Isabel Coixet trasladó a la gran pantalla con su habitual empeño por quedar por encima de lo narrado, por hacer de cada plano el más alambicado jamás rodado, preocupada sólo del envoltorio, consintiendo que Ben Kingsley no pudiese brillar como debía y sabe, salvada en algunos momentos por una entregada y solvente Penélope Cruz –Elegy se llamó el despropósito/desperdicio-). Barry Levinson saca todo el aparataje de “autor”, se pone un disfraz trascendente que provoca alguna que otra carcajada porque lo que puede ser tolerable (o prescindible, pero cada uno lo imagina a su modo) en una novela resulta risible, falso, incluso habría que decir tonto porque no hay otra palabra que lo defina sin precisión sin caer en el insulto, momentos que se contemplan con estupor porque se piensa que alguien con la trayectoria y la probada sabiduría de Al Pacino tenía que ser consciente de lo irritantes y ridículas que iban a resultar gran parte de sus intervenciones, y eso que en su favor puede decirse que no fuerza la máquina, que no se deja llevar por tentaciones grandilocuentes (esas que, ¡oh, señores de la Academia!, le valieron por fin un Oscar gracias a Esencia de mujer (1992), tras haber sido candidato otras siete veces –una de ellas ese mismo año como secundario por Glengarry Glen Ross (1992), filme, por cierto, en el que se obviaron las portentosas interpretaciones de Jack Lemmon, Jonathan Pryce y Alec Baldwin- y haber sido ninguneado por El Padrino III (1990), aunque su estremecedor grito mudo ya ha quedado para los anales-), que intenta humanizar al estereotipo, al esquema que asume con cierta dignidad.
   Tal vez recordando que en la década de los setenta que le convirtió en estrella e incluso en mito gracias a las dos primeras partes de la saga de Coppola que le transformó para siempre en Michael Corleone o a títulos como Serpico (1973), Tarde de perros (1975) o Justicia para todos (1979) perdió lo que parecía un Oscar cantado por El Padrino II (1974) frente al Art Cartney de Harry y Tonto (1974), Pacino debió creer que un gato y una historia mínima, supuestamente íntima y humana, eran bazas suficientes para hacerse perdonar tanta morralla como abunda en su filmografía. Pero un guión que de querer ser sutil termina por ser inane, embarra en lo afectado, en lo aparentemente sugestivo, en realidad en unos cuantos tópicos que para colmo no se molesta en desarrollar, puesto en manos de un director que quiere huir a toda costa de su pasado al frente de Superfumados (2008) y Caballeros, princesas y otras bestias (2011), deslumbrado por el modo en que la torpe y previsible maniobra titulada Joe (2013) se saldó con el aplauso de esa crítica sesuda e intelectual que no va a reconocer que el emperador va desnudo para no quedar en esa misma situación, acomplejado por sus trabajos para un público adolescente que sólo pide cuatro carcajadas, la combinación entre ambos factores provoca una cinta que aburre, cansa, agota, adormece, resulta falsa casi desde el minuto uno, un ejercicio de estilo totalmente vacuo en el que ni siquiera Al Pacino y Holly Hunter encuentran un asidero para (y mira que lo intentan) inyectar algo de verdad y emoción a lo que, en manos más desprejuiciadas (es decir, en alguien que sepa narrar y recuperar el tono de décadas pasadas –no es nada fácil ser Robert Benton, James L. Brooks, Paul Marzusky o tantos otros que suelen borrarse de un plumazo o reconocer sólo en momentos puntuales y sin demasiado encomio-), permitiendo que los sentimientos se expresen y los personajes vivan, que la narración fluya y el encanto se despliegue, sin miedo al melodrama cuando éste es preciso, sin querer evitar las lágrimas por considerarlas tramposas (como si no recurriese a algunas bien trilladas para conseguir determinados aplausos), de haber consentido en que esa pareja protagonista hubiese desplegado su magia, hubiese sido una película tal vez memorable pero, sin duda, de agradable visión y recuerdo. Ojalá podamos aún cantar, y no en mucho tiempo, las excelencias de Al Pacino en la gran pantalla.

jueves, 20 de agosto de 2015

LINA MORGAN: TONTA DEL BOTE, DESCARRIADA Y CHICA DE REVISTA



  


  
Hubo cómicos que formaron parte de mi banda sonora desde muy temprana edad, nombres populares de los que en casa se hablaba como si fuesen de la familia, artistas que me llegaron como legado de los tíos (por fortuna, aún puedo compartir esa admiración con la tía Carmen –hoy, de hecho, nos hemos lamentado juntos por la pérdida que promueve este escrito-) y a los que conocí a través de sus voces, gracias a las cintas de casete que el tío Miguel iba incorporando a la colección: no faltaban las en ese momento inevitables e imprescindibles cosas de Pepe da Rosa (“Perdonadme que cante al final, pero el arte me empuja a la cosa”), que tantos ratos divertidos nos hicieron pasar antes de las sevillanas dedicadas a los cuatro detectives o de que Dallas se convirtiera en todo un fenómeno; también había chascarrillos y canciones de Tony Leblanc (recuerdo más de ese modo su Cristobalito Gazmoño que por verlo en televisión), monólogos hilarantes de Paco Martínez Soria (especialmente La venida del Mesias –pronunciado así y anunciado como “romance”), la copia (sí, las hacíamos sin recato y comprábamos las cintas vírgenes en las tiendas –hay mucho tonto suelto ahora con el asunto del pirateo, como si nunca hubiesen grabado música o programas de televisión, mezclando churras con merinas y sintiéndose superiores por el hecho de proclamar que todo lo hacen legalmente-) de un LP en que Mari Carmen cantaba y hablaba con sus muñecos o el disco original (éste llegó en ese formato, vaya usted a saber por qué) en que Cassen mezclaba chistes telefónicos entre médico y paciente con un par de cancioncillas, resumía la vida de una persona en unas cuantas frases hechas o parodiaba la serie Kung Fu; con el tiempo, no podía ser de otra manera, llegaron los chistes de Arévalo (que muy pronto me saturó y al que nunca soporté –ni siquiera en el Un, dos, tres-), pero siempre ocupó un lugar muy especial la que casi podría ser llamada LA cinta, con artículo determinado, porque era considerada como una propiedad muy valiosa, una cinta que el tío prestó a uno de sus sobrinos y éste terminó por desgastarla de tanto ponerla (pero se ocupó de proporcionarnos otro ejemplar –de hecho, creo que es uno de los pocos casetes que andan guardados en algún trastero-), y no era otra que aquella en que formaban histórico dúo cómico Lina Morgan y Juanito Navarro. Allí hacían de padre e hija (“A mamá, según dicen, tú le fuiste facilón”, “Fuiste tú la culpable [“¿Siiiii?” exclamaba ella] de que diera el tropezón”), de dos maletillas que se echaban a los caminos para buscar fortuna (el diálogo que menos me gustaba porque terminaba siendo muy melodramático y, sobre todo, porque hablaba de la muerte de un padre y a esa edad, la mía, unos cinco o seis años, no era un asunto, el de la muerte de mis mayores, que me hiciera demasiada gracia –tampoco después, ni ahora mismo, pero la madurez te hace, al menos, enfrentarte a ese miedo de otra manera-), cantaban La Maleva, Lina se presentaba a una entrevista de trabajo para decir que no contasen con ella para nada (tenía que hablar inglés, francés y alemán) o era una clienta en una cafetería que no comprendía que no había magdalenas y, por supuesto, eran el tonto y la tonta, esos a los que al final todo salía bien (y ella lo cantaba toda orgullosa: “Tonta soy, tonta soy, dicen que sí, pero yo no estoy mal me paice a mí. Si me dan a escoger, lo mejor es pa mí… ¡Ay qué ver, mecachis, que tonta nací!”).
   Como ya he contado en alguna otra ocasión, Lina siguió siendo para mí alguien a quien escuchar porque la tía Carmen compró su LP El primer cuplé y así conocí sus versiones de La Lola, La regadera o ¡Ay, Cipriano!, además de marcarse un tango (“una cosa alegra y graciosa”) como Mi caballo murió o hacer una creación muy de Music hall con el Mírame, la archipopular marchiña de la revista Yola y de presentar cada tema con un breve monólogo que todavía hoy puedo recitar prácticamente íntegro (“¡Hola! Sí, ya sé que empezar un disco hablando suena raro, pero soy Lina Morgan y como todos los días no grabo un disco, creo que debo presentárselo a ustedes”, “¡Pues anda que el Cipriano: cajista de imprenta y espía en los ratos libres!”, “Este cuplé de La regadera es de la Belle Époque… ¡de la Belle Époque de mi abuelo! Y tiene su miga, no crean, es muy picarón”). A esas alturas, Lina ya empezaba a descollar con sus revistas (Pura metalúrgica, Casta ella, Casto él), era un rostro habitual en especiales de televisión, emitían sus películas, pero yo seguía adorando a esa mujer por sus historietas con Juanito Navarro y, muy especialmente, por ese disco con el que aprendí que la Lola no dormía sola (o eso decían), que Facundo se marchaba al otro mundo sin decir a nadie nada, que a Sofía terminaba por tocarle el gordo de la lotería (pero no el premio, sino un lotero llamado Antero) o que había una pobre señora con un jardín en su casa la mar de rebonito pero que nunca encontraba quien se lo regase “y lo tengo muy sequito” (me hice mayor cuando, un buen día, comprendí la doble intención de lo que, hasta ese momento, me parecía una canción bonita, tierna y hasta bucólica –y lo que aprendí de cuplé gracias a la maestra Olga Ramos, tanto viéndola en televisión como aplaudiéndola en su mítico local de la calle de la Palma, y a mi amistad con su magnífica heredera, su hija Olga María). Y la leyenda de Lina Morgan (porque así hay que considerarla sin rubor ni medias tintas) empezó a agrandarse, sus espectáculos en el Teatro de La Latina cada vez se mantenían más tiempo en cartel, las colas empezaron a ser quilométricas, había gente que repetía y no una única vez, llegaban autocares desde cualquier lugar de España y, un buen día, aquello se convirtió en algo histórico en todos los sentidos, es decir, llegó ¡Vaya par de gemelas!.
   Al margen de que lo de esa obra era empezar y no acabar (pocas veces me ha repetido la tía Carmen tantos chistes, incluso el tío Miguel que era muy serio y aunque gustaba de ese humor lo exteriorizaba muy poco sonreía más pronunciadamente cuando se mencionaba esa revista), de repente, se sintió una conmoción en la fuerza porque se anunció que Lina había consentido en que TVE grabase una de las representaciones para que fuese emitida como plato fuerte, en plenas Navidades, dentro de un ciclo dedicado a la comedia teatral. Y estuvimos esperando impacientes, hablando en el colegio del tema, comentando lo que sabíamos por adultos que la hubiesen visto (como era mi caso), elucubrando, imaginando, hasta que por fin llegó el día y aquello fue el delirio, resulta imposible hacerse una idea si no se vivió: de un momento para el siguiente todo el mundo empezó a decir “cacho perra”, “¿un vestido muy bonito? Pues sería el negro”, a canturrear lo de “cariño, escucha, que vivo pachucha” y a imitar los gestos, muecas y demás repertorio que conformaban el personaje que fue, es y será Lina Morgan, una categoría propia e inimitable, una cómica de réplica rápida, sorprendida en más de una ocasión por sí misma, teniendo que parar un momento por no ser capaz de contener la risa, provocándola en sus compañeros en infinidad de ocasiones, una estupenda bailarina que, precisamente por su dominio del cuerpo, por su control del mismo, era capaz de dislocarse, caerse, arrastrarse, mover cada extremidad por sí sola, parecer una muñeca articulada, contorsionista inagotable, bailar estrepitosamente mal pero siguiendo un ritmo precisamente porque sabía bailar muy bien y tenía dotes para ello. Y llegó el día en que pude verla en directo, en La Latina, en su templo, en su teatro, porque, curiosamente, jamás fui con los tíos (siempre iban con los Cela, un matrimonio amigo o algo así, y respetaron ese compromiso en todo momento), pero Toñi, ésta sí que era una grandísima amiga, se enfadó cuando lo descubrió (“Pero, ¿nunca habéis llevado al chico a ver a Lina?”) y me regaló una entrada para ver El último tranvía (y no puedo evitar las lágrimas porque cumplí mi sueño gracias a ella en los primeros días de 1989 y antes de que terminase ese mismo año, concretamente en la madrugada del 21 a 22 de diciembre, Toñi murió repentinamente y la llamada con la noticia que nos asoló como un mazazo la recibí yo mientras veía el sorteo de Navidad). ¡Ah, Lina, qué maravilla! El público coreaba, aplaudía, participaba, intervenía, vivía el espectáculo como una fiesta, sorprendiéndose ante las morcillas que se descubrían como tales por las reacciones de los que estaban sobre las tablas; pero, sobre todo, fue un placer confirmar que todo lo que tenía de animal de escenario se quedaba corto cuando sólo lo habías visto por televisión: cómo sabía alargar la broma o ponerme punto y final antes de que resultase pesada, el dominio absoluto del pulso del patio de butacas, cómo se marcaba un tango por derecho después de tantos paródicos, cómo agradecía al público el cariño demostrado y el ánimo inyectado durante su convalecencia (había sido aquel tiempo del desprendimiento de retina), cómo se entregaba a la función, al público, cómo no daba nada por hecho, cómo provocaba las carcajadas como si fuesen las primeras, cómo se imponía y hechizaba. Sí, ha habido muchas películas, un buen puñado de especiales para televisión, algunas series que, confieso, nunca seguí (pero que aumentaron su popularidad -las que lo hicieron-), otras revistas, pero como su voz en esos tesoros que los tíos consiguieron, como aquella noche mágica en que por fin fuimos testigos de ¡Vaya par de gemelas!, como esa ocasión en que (junto a Toñi y su hija Virginia) tuve a Lina frente a mis ojos de espectador rendido y muerto de la risa y me empapé con su carisma no habrá ya oportunidad de igualarlas, pero la Morgan seguirá muy viva ahora y siempre.    

domingo, 16 de agosto de 2015

"MISIÓN: IMPOSIBLE - NACIÓN SECRETA": EN MUY BUENA FORMA







TÍTULO ORIGINAL: Mission: Impossible - Rogue Nation DIRECCIÓN: Christopher McQuarrie GUIÓN: Christopher McQuarrie, Drew Pearce (basado en la serie de televisión creada por Bruce Geller) MÚSICA: Joe Kraemer FOTOGRAFÍA: Robert Elswit MONTAJE: Eddie Hamilton REPARTO: Tom Cruise, Jeremy Renner, Simon Pegg, Rebecca Ferguson, Ving Rhames, Sean Harris

   Brian De Palma, un cineasta capaz del virtuosismo más abracadabrante puesto al servicio de la historia (convirtiéndolo en parte fundamental de lo que se cuenta, precisamente por el modo en que lo hace), un creador de enorme personalidad que sabe impregnarse de los clásicos y aportar su propia visión, dejar su huella aprovechando (y reconociendo) los logros de otros, un esteta que sabe combinar el preciosismo con el horror en simbiosis arrebatadora y definidora de estilo -ahí están, por ejemplo, obras imperecederas e inimitables como Carrie (1976), Fascinación (1976), Vestida para matar (1980) o Los intocables de Elliot Ness (1987)-, es también culpable de algunos de los pastiches más intragables y molestos de las últimas décadas, ejercicios de estilo alambicados en los que sólo se muestra interesado por demostrar su capacidad de metamorfosis, su indudable eclecticismo, su permanente reinvención, sin atender a lo que cuenta, mareando al espectador, saturándole de imágenes, distorsionando el discurso, forzando la maquinaria, crispando e irritando –y, así, desperdició el material original de James Ellroy en la decepcionante La dalia negra (2006), dislocó y descolocó el vitriolo que destilaba La hoguera de las vanidades (1990) convirtiéndola en una parodia de sí misma en lugar de respetar la ironía y rebaba de Tom Wolfe, se traicionó en el tramo final en lo que hasta esos últimos minutos (sonrojantes e inaceptables, estrambote indigno de lo que se estaba narrando, concesión a “los de arriba”, a los biempensantes, a los que se suponía que quería incomodar pero resultaba que no tanto) era una cinta vibrante titulada Redacted (2007), muy medida y sin dejarse llevar por la técnica, por el formato, por lo meramente visual-. Y en medio de esta filmografía un tanto errática, de repente, el de Nueva Jersey aceptó trasladar a la gran pantalla un éxito televisivo que empezó a emitirse tres décadas antes –en concreto, en 1966-, una de esas series con legiones de admiradores nostálgicos, una adaptación a los nuevos tiempos pero respetando el espíritu lúdico y poco aparatoso de una producción que se basaba en el ingenio, en los actores, en los enigmas, en las atmósferas; así, Misión: Imposible (1996) supuso una gratísima sorpresa, un soplo de aire fresco, una victoria sobre otros productos similares apuntalada en el carisma de un actor que siempre parece tenga que pedir perdón por poseerlo (y por ser un intérprete de enjundia y versatilidad, por mucho que haya quien se lo siga negando a estas alturas), un guión muy rápido que no se detenía más de lo debido en explicaciones prolijas que tanto entorpecen y lastran el género en pantalla (confiaba en las convenciones aceptadas, en el conocimiento previo del público de este tipo de aventuras) y un director que jugaba sus cartas con pericia y soltura para lograr algunas de las secuencias más escalofriantes jamás vividas, auténticos hitos que se han convertido en históricos, momentos en que hasta las moscas se detenían y los chavales dejaban su algarabía y regocijo para contener el aliento.
   Tom Cruise vio el filón (como tantas veces, es otra de sus cualidades –no siempre acierta, por supuesto, pero no deja pasar la oportunidad de proporcionar entretenimiento-) y ha ido regresando cada cierto tiempo a lo que ya es una saga cinematográfica, una franquicia que planta cara sin rubor a la del agente secreto más famoso del mundo (ese con el que ya veremos qué sucede cuando el nuevo título por estrenarse próximamente demuestre que, aunque Sam Mendes es un director exquisito y de buen gusto, sin el sustento de Judi Dench como M, sin lo que esta gran actriz aportaba y las carencias que su presencia cubría, el nuevo Bond que ha supuesto Daniel Craig –en lo que a interpretación con matices se refiere- no es más que el mismo personaje arquetípico al que dieron vida otros, sin toda esa trascendencia que algunos han querido ver en lo que sigue siendo una serie hueca y repetitiva); aunque llegar al quinto título supuso tener que soportar la pirotecnia sin sentido ni freno de John Woo (una de esas grandes promesas que nunca llegan a nada, artificioso y rocambolesco, saturando cada fotograma de explosiones, estridencias y fogonazos) y la clamorosa decepción que supuso el desembarco de J. J. Abrams (quien, por fortuna, parece haberse encarrillado y graduado con honores en las lides cinematográficas gracias a Super 8 (2011) y su incorporación a otra saga, la de Star Trek –y a la espera de saber qué ha hecho con la madre de todas las sagas, es decir, Star Wars, en la que tantas esperanzas se tienen depositadas-). Por fortuna, cuando todo hacía pensar que la deriva sería la misma, Brad Bird regresó por los fueros de la primera entrega con Misión imposible: Protocolo fantasma (2011), una película que no tenía ningún complejo en ser una de acción de las de siempre, dibujando una trama fácil de seguir y aprovechando los lugares comunes del género en su beneficio, consiguiendo una de las secuencias más vertiginosas (en el sentido más literal del término) que puedan recordarse, de nuevo un momento en que la sala abarrotada enmudecía y perdía la noción del tiempo, en que todo el mundo se agarraba a la butaca para no caer, un prodigio de tempo narrativo y sin recurrir a efectismos ni montaje precipitado, todo lo contrario, mostrando los rostros de los actores, el escenario, todo lo que dramáticamente aumentaba el interés y la empatía de los espectadores.
   Y tal vez queriendo dar la oportunidad definitiva a Christopher McQuarrie (guionista de la fallida Valkiria (2008), adaptador de una novela de Lee Child y director de la inane Jack Reacher (2012) y uno de los tres escritores de Al filo del mañana (2014), un libreto –inspirado en una novela previa- que partía de una buena idea pero que no tenía un buen desarrollo, perdiendo la novedad en los primeros minutos y llegando a agotar la paciencia del público), Tom Cruise se puso en sus manos para la quinta aventura de Ethan Hunt y el resultado, sin llegar a la cumbre alcanzada por De Palma, está a la altura de lo conseguido en su revitalizante antecesora, perdiendo si acaso un poco de fuelle en los últimos minutos, una persecución muy bien rodada pero tal vez un tanto innecesaria o alargada porque anteriormente ha habido dos clímax esplendorosos, dos momentos prodigiosos que dejan chiquito el tramo final, (en realidad, tanto De Palma como Bird colocaban la mejor secuencia, aquella por la que la película siempre será recordada, bastante antes del colofón): el primero, con la Ópera de Viena como escenario, un claro homenaje al maestro Hitchcock, un alarde de montaje preciso, controlando la tensión, dando tiempo a que lo veamos todo, anticipemos movimientos, busquemos vías de escape, nos mantengamos pegados a lo que sucede en pantalla; el segundo, casi en silencio, en un tanque de agua, contando con la complicidad del espectador, sucediendo lo que uno puede imaginar pero no en el momento en que se cree va a pasar, haciéndonos contener la respiración por varias razones, narrando a la vieja usanza, con brío y contención a partes iguales, sabiendo equilibrar, demostrando que el oscarizado guionista de Sospechosos habituales (1995) está en plena forma. Tom Cruise sabe reírse de sí mismo, hacer su propia parodia con sutileza, como guiño al espectador, dejando clara una vez más su maestría en las escenas de acción a las que (más allá de si las filma él o recurre a dobles) dota de verismo, de humanidad, trasciende lo esquemático y rutinario, crea un héroe que importa y preocupa; junto a él, una competente Rebecca Ferguson, un sólido Jeremy Renner, la necesaria participación de Ving Rhames y un Simon Pegg totalmente alejado de su tono burlesco y cansino, de su sempiterno aire payasesco, una agradable diferencia con respecto a cintas anteriores que el actor saca adelante con habilidad. Con las cosas así, sólo queda desear y esperar una sexta entrega, por mucho que se haya anunciado que aquí terminaría todo (a Cruise le queda sin duda cuerda para rato –aunque no nos importa en absoluto que deje el género de acción un tanto de lado para regalarnos alguna de esas interpretaciones dramáticas que siempre minusvalorarán en determinados lugares pero que tantos admiradores tienen-).