domingo, 6 de diciembre de 2015

"EL CLUB": LO REAL TENEBROSO





DIRECCIÓN: Pablo Larraín GUIÓN: Guillermo Calderón, Daniel Villalobos, Pablo Larraín MÚSICA: Carlos Cabezas FOTOGRAFÍA: Sergio Armstrong MONTAJE: Sebastián Sepúlveda REPARTO: Alfredo Castro, Roberto Farías, Antonia Zegers, Jaime Vadell, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking

   “¡El horror! ¡El horror!” son aquellas estremecedoras palabras que, abiertas a múltiples interpretaciones, hacen zozobrar aún más el ánimo del lector de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad y que un impactante y soberbio Marlon Brando transformó en elegía angustiosa y sobrecogedora, en letanía inquietante que se clava en lo más profundo y se impone como un mantra en el tramo final de la espléndida Apocalypse Now (1979), empeño personal y fanático de Francis Ford Coppola por trasladar a la gran pantalla la electrizante y obsesiva prosa del autor nacido en lo que en 1857 era Polonia (actualmente Ucrania), odisea que trascendió los límites de lo meramente cinematográfico, una de las mayores pruebas de cómo el arte se mezcla con la vida y la condiciona e influencia (aunque a buen seguro más de uno de los involucrados en la gesta hubiese preferido no participar en esta obra maestra, no haber dejado tanto en el camino, no tener que sufrir para crear). El DRAE ofrece cuatro acepciones de la palabra “horror”, aquí nos interesan las tres primeras, las que permiten el uso del término desde lo que experimenta uno mismo (“sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso” o “aversión profunda hacia alguien o algo”) o como sustantivo digamos neutro en el sentido de que expresa algo que está aceptado como tal, es una mera descripción (“atrocidad, monstruosidad, enormidad”). Al igual que sucediera con la terrorífica pero soberbia El hundimiento (2004), en la que Oliver Hirschbiegel utilizaba un escalpelo para diseccionar con pulso de orfebre (y utilizando un estilo aséptico e imperturbable que aún provocaba mucho más pavor que si hubiese recurrido a truculencias) las últimas horas de Hitler y sus más leales en el interior del búnker berlinés en que pensaban mantenerse a salvo y tal vez evitar la derrota o al menos la para ellos insoportable humillación de ser hechos prisioneros, la inapelable constatación de que eran los vencidos, El club de Pablo Larraín es un magnífico ejemplo de cómo plasmar en pantalla lo más deleznable, lo más incomprensible, lo más repugnante, lo más terrorífico porque es algo con lo que, querámoslo o no, convivimos, de ahí viene el inevitable espanto, el dolor que atenaza nuestras entrañas, que nos encoge el corazón, que nos coloca al borde del abismo, porque se está hablando de seres reales, de semejantes, de unos que son iguales a nuestros vecinos, a nuestros familiares, a nosotros mismos, de otros a los que llamar humanos por mucho que nos parezca que no merecen ese apelativo, no podemos aliviarnos pensando que lo que sucede ante nuestros ojos es fruto de la imaginación de un cineasta porque lo que ahí se ve está tomado del natural, de hechos reales, porque su extrema verosimilitud es la que produce más escalofríos, porque por mucho que les pese a algunos eso sucedió (y aún peor: sucede –sólo en el caso de Hitler podemos utilizar el pretérito-).
   Pablo Larraín y sus guionistas han sido conscientes de manejar un material muy sensible en el que es fácil perder pie y despeñarse, con las mejores intenciones, por un maniqueísmo excesivo que haga perder fuerza a la denuncia y dé munición a aquellos empeñados en considerar el asunto como algo puntual, que sólo ha ocurrido en algún lugar, una lacra erradicada y todos los eufemismos que ellos deseen para intentar ocultar una realidad clamorosa de la que apenas conocemos la punta del iceberg, una hidra a la que no dejan de brotarle cabezas; por eso se han trabajado a conciencia la atmósfera ominosa y opresiva en que se ven obligados a convivir cuatro hombres, el enclaustramiento de cuatro almas emponzoñadas que no sienten arrepentimiento ni propósito de la enmienda, que, como diría el cantautor, reposan su miseria en un caldo espeso, que se sienten víctimas y culpabilizan a los demás de su situación. La Iglesia católica mira hacia otro lado y no expulsa de su seno a los sacerdotes a las que aparta de sus cargos porque constituyen “un problema” (lo de no llamar a las cosas por su nombre es algo que tienen grabado a fuego), se limita a esconderlos debajo de la alfombra, a ocultarlos, a alejarlos de la tentación, pero los sigue cuidando, atendiendo, proporcionando un medio de vida, practicando una caridad que olvidan en lo que hace referencia a los feligreses, condenando con enorme laxitud y férreo corporativismo, juzgando inmisericordemente al que no acata su autoridad moral, esa de la que abusan para anular conciencias y trasladar las culpas a la víctima. Y, así, en esa casa aislada de un pequeño pueblo costero de algún lugar de Chile, hay cuatro sacerdotes que no sienten que tengan nada por lo que pedir perdón, o que en todo caso ya han hecho la penitencia necesaria (aunque uno de ellos ha perdido la razón y no es consciente ni del pasado ni del presente), que viven encastillados en su soberbia, en su displicencia, sabiéndose exiliados pero manteniendo impertérrita su altura de miras, la superioridad que les confiere ser representantes de la divinidad en nombre de la que cometen desmanes, abusos, latrocinios, perversidades, todo aquello por lo que amenazan con la furia de los Cielos al resto de los mortales.
   No hace falta explicar demasiado sobre el pasado de estos personajes, sólo unas pinceladas (aunque sí conviene aclarar que no todos están allí por, como ellos dicen, asuntos relacionados con la carne), porque han sido capaces de mantenerse en una burbuja, vulnerando el castigo, encontrando vías de escape, disfrazando de rutinas sus ocupaciones y negocios, alejados de los demás por deseo y preferencia más que por imposición, todo está enrarecido y nada resulta plácido aunque las apariencias parezcan señalar lo contrario, se musitan palabras que convocan miles de fantasmas, se maneja un código restringido que incomoda e inquieta porque los silencios se perciben muy profundos, lo que se omite puede palparse, el aire diríase sólido, se erige como pilar de esa pequeña y obligada comunidad una tal Madre Mónica, posiblemente el personaje más espeluznante, alguien que se siente completa pudiendo ser misericordiosa (lo que establece una jerarquía) con esas ovejas descarriadas, alguien que necesita los pecados de los demás para sentirse superior y encontrar una razón de vida, una persona que espolea y aviva el mal porque así puede intervenir y controlar la información, puede ejercer el poder de la amenaza, el mismo que practicaron esos a los que ahora atiende con solicitud y vocecita candorosa, como si hablase con niños de cortas entendederas, una ambiciosa sin límites que sojuzga, especula, somete y anatemiza sin perder la compostura (y sintiéndose bondadosa y cristiana, aunque uno no la imagina dándose ningún golpe de pecho). Antonia Zegers consigue una interpretación poderosa desde la imperturbabilidad, hablando despacio y suavecito, sin descomponer el gesto más que cuando conviene a sus intereses, casi como pidiendo perdón por existir pero al mismo tiempo dejando claro que sin ella el edificio se viene abajo, provocando temblores en el espectador por sus continuos manejos, por su nula empatía (en contra de lo que proclama), por ser esa agua mansa contra la que advierte la voz popular; junto a ella, el resto del reparto consigue que sus roles no sean un vulgar estereotipo, que todos posean una entidad aunque nos provoquen náuseas, jugando con gran inteligencia la ambigüedad moral que nos pellizca sobremanera porque somos conscientes de que es una frontera muy delgada la que nos separa de aquello que reprobamos, cuyo germen está demasiado cerca de nuestro ánimo. Y el máximo acierto del guión es mostrarlo con sutileza, en ausencia, a través de algunas palabras y muchas actitudes, y con la aparición de una víctima, de alguien que sufrió de niño los abusos de un quinto sacerdote que llega hasta aquel retiro al inicio de la película, un personaje al que se retrata de un modo abrupto, nada complaciente, sin disculpar al verdugo pero explorando el lado más oscuro del trauma, la otra cara de la moneda (un territorio que explora con sumo acierto parte de la novela negra que se escribe en la actualidad, especialmente la escandinava), estrujando aún más la atmósfera enmarañada que nos oprime en la butaca pero nos abre los ojos porque el peligro está a solo un palmo de nosotros. Cine incómodo que, sin embargo, deja un regusto agradable en la conciencia porque es necesario meter el dedo en esa llaga y escarbar sin prudencia.

viernes, 27 de noviembre de 2015

"LOS JUEGOS DEL HAMBRE: SINSAJO. PARTE 2": AYUNOS DE ACCIÓN







TÍTULO ORIGINAL: The Hunger Games: Mockingjay –Part 2 DIRECCIÓN: Francis Lawrence GUIÓN: Peter Craig, Danny Strong, Suzanne Collins (basado en la novela Mockingjay de la tercera) MÚSICA: James Newton Howard FOTOGRAFÍA: Jo Willems MONTAJE: Allan Edward Bell, Michael Yoshikawa REPARTO: Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Liam Hemsworth, Woody Harrelson, Julianne Moore, Philip Seymour Hoffman, Donald Sutherland

   Analizar una película que cierra una serie de cuatro es un tanto complejo porque obliga, necesariamente, a hablar de sus antecesoras ya que, por mucho que se quiera, ésta no es una obra aislada, no puede explicarse en sí misma, no se trata de una nueva aventura con personajes ya conocidos (al modo de, por ejemplo, las de James Bond –aunque hemos de hablar pronto sobre la nueva entrega, Spectre, y será el momento de hablar de uno de los cambios más notorios de la etapa con Daniel Craig como protagonista: la continuidad, la seriación de argumentos-); por mucho que Los juegos del hambre (2012) y Los juegos del hambre: En llamas (2013) puedan considerarse cintas acabadas, ambas reclamaban una continuidad, otra conclusión, un cierre que se percibiese como definitivo (más allá de las posibles resurrecciones con claro afán recaudatorio), un punto y final indudable. Siguiendo la estela de lo que en general resulta una fórmula de éxito (las trilogías), Suzanne Collins presentó una distopía que necesitaba tres volúmenes para desarrollarse por completo, una especie de videojuego literario en que el que seguir superando pantallas (páginas) y subir de nivel hasta el clímax final y del mismo modo (libro a libro) se planificaron las adaptaciones cinematográficas, dividiendo el último capítulo a su vez en dos partes (fórmula que empieza a ser demasiado habitual) para de ese modo estirar un poco más el chicle (los productores de la saga inspirada en los fantásticos –en todos los sentidos- libros sobre Harry Potter que pergeñó una muy inspirada J. K. Rowling alegaron que lo hacían para poder ser fieles a lo narrado, para respetar lo más posible el original, ese que tantas veces habían boicoteado, tergiversado e infantilizado, un esfuerzo inútil que no insufló ni un ápice de vitalidad a lo que resultaba mortecino y en aquella octava entrega aún se agudizó más, esa pesadilla para los lectores que se llamó Harry Potter y las Reliquias de la Muerte –Parte 2 (2011), estrambote incapaz de enderezar la deriva perdida desde el primer título –es el sentir de un fan absoluto del modo en que la autora británica supo crear un mundo propio y hacerlo evolucionar sin traicionar sus intenciones ni plegarse a las presiones del mercado-). Por lo tanto, puesto que, por así decirlo, comienza en tercer acto (o en un segundo muy avanzado), Los juegos del hambre: Sinsajo. Parte 2 no puede juzgarse como independiente, necesita a su antecesora incluso para ser comprendida por el público (sí, es cierto que no es una trama excesivamente compleja -es uno de los aciertos de la saga, no andarse por las ramas, no ponerse estupenda, que los posibles paralelismos con la actualidad, que las segundas lecturas las haga quien quiera sin subrayados ni acotaciones, personajes arquetípicos fácilmente identificables, emociones elementales, escasas sorpresas más allá de lo meramente formal, del punto de partida, de los añadidos y retoques que le impriman su propio sello y la hagan identificable-, pero se antoja complicado llegar sin saber nada y querer tener las cosas claras en pocos minutos, al margen de que la historia no puede detenerse ni repetirse para esos que se empeñan en comenzar la casa por el tejado) y en esa misma necesidad muestra su mayor debilidad: es prescindible, se va agotando, pierde fuelle y fuerza a demasiada velocidad, hubiese sido preferible alargar la anterior y haber cerrado la historia sin darle tantas vueltas o, sobre todo, prometiendo tanto para quedarse en tan poco.
   Gary Ross, responsable de la muy interesante Pleasantville (1998) y de la a ratos vibrante pero lastrada por un excesivo metraje Seabiscuit (2003), demostró encontrarse bastante perdido en la primera cinta, la que sólo se llama Los juegos del hambre, dejando su lugar tras las cámaras en la que añadió En llamas a su título a Francis Lawrence, quien se ha hecho cargo de la saga hasta su conclusión, a la que apenas ha aportado personalidad, puesto que lo importante era reproducir el universo creado por Suzanne Collins, aunque tampoco puede decirse que la tenga muy definida si atendemos a sus trabajos anteriores: aquel despropósito conocido como Constantine (2005), el destrozo cometido con Soy leyenda (2007), una de las obras cumbre del gran Richard Matheson, y la anodina Agua para elefantes (2011). Pero lo cierto es que supo insuflar brío y una limitada pero efectiva concepción del espectáculo, consiguiendo algunas secuencias de acción muy meritorias y que hicieron las delicias de muchos aficionados y de los seguidores de la Collins; aquí, sin embargo, tropieza con un guión que se limita a recoger lo sembrado y que exprime demasiado pronto sus escasas posibilidades de apuntalar una película que sobrepasa las dos horas de duración y cuyos escasos aciertos se concentran en el primer tramo, cuando la acción está bien manejada (sobre todo después de un prólogo excesivamente prolijo y desarrollado), cuando hay tensión bien jugada y dosificada (los primeros avatares del grupo de rebeldes), hasta que se empiezan a desperdiciar posibilidades, escenarios (lo que debería ser claustrofóbico, asfixiante, inquietante –los subterráneos-, sólo resulta confuso, mal resuelto, desaprovechado), hurtando una apoteosis acorde con lo visto, optando por una elipsis ciertamente frustrante (incluso para el que, sin haberse convertido en fan, esperaba un espectáculo de pirotecnia a la altura de los anteriores), pareciendo que se pisa el acelerador a deshora y con precipitación, sin tener demasiado claro por qué justo cuando más deseable sería que los creadores se explayasen.
   El carisma (supuesto) de Jennifer Lawrence sigue siendo un misterio sin resolver para el que esto escribe, su gesto entre compungido y atormentado es agotador e inmutable, sus ojos no expresan ninguna emoción (seamos ecuánimes: en un par de momentos, por primera, vez, pueden apreciarse algunos cambios aunque prácticamente imperceptibles), actores muy limitados por sus roles como Josh Hutcherson y Liam Hemsworth no necesitan esforzarse demasiado para atraer la atención del público, algo que sabe hacer con facilidad una magnética Natalie Dormer, experta en cautivar al espectador más allá de lo que su personaje permita. Queda mucho más diluida que en la entrega anterior la presencia de actores que se aplicaban con pundonor y oficio para presentar interpretaciones por encima de la media (hay tantos que llegan a un título así sólo para embolsarse un cheque y no les importa demostrar su apatía en pantalla), en parte debido a que el trágico fallecimiento de Philip Seymour Hoffman obligó a reescribir algunas secuencias en las que hubiese debido intervenir, aunque Julianne Morre consigue salir bastante airosa del envite, mientras que se echa de menos que el siempre estupendo Donald Sutherland participase en un clímax a su altura; sin destripar nada, esa es la mayor carencia de la cinta: un desenlace que entronque con lo visto hasta ahora, mayores dosis de acción y nervio en ese tramo final, un tanto osado para un producto de este tipo pero que tampoco sabe justificar la elección tomada, quedando como un pastiche que, por un lado, termina demasiado tarde (debería haberse ahorrado este cuarto título) y por otro, en lo que es en sí rubricar esta cinta en concreto, no deja de parecer atolondrado, poco meditado, como si hubiese sonado una sirena indicando que el tiempo de rodaje ya estaba consumido, sin colmar todas las expectativas (pero, honestamente, tampoco hace falta que alguien piense que es necesaria una quinta entrega: estamos bien como estamos).

lunes, 16 de noviembre de 2015

"SINISTER 2": AÚN QUEDA MAL ROLLO





TÍTULO ORIGINAL: Sinister 2  DIRECCIÓN: Ciarán Foy GUIÓN: Scott Derrickson, C. Robert Cargill MÚSICA: tomandandy FOTOGRAFÍA: Amy Vincent MONTAJE: Timothy Alverson, Ken Blackwell, Michael Trent REPARTO: James Ransome, Shannyn Sossamon, Robert Daniel Sloan, Dartanian Sloan, Lea Coco, Tate Ellington

   Más allá del eterno adagio que generaliza (como tantos) el hecho de que las segundas partes no pueden ser buenas simplemente por ser tales (es la frase hecha, lo dejaremos ahí, pero cuánto hay que matizar –por no ir más allá tampoco- sobre aquellos que afirman que una película es “buena” o “mala” y ni explican sus razones para tal consideración ni tan siquiera demuestran el tipo de ciencia infusa que les atribuye la potestad de establecer semejante clasificación –más allá del “porque lo digo yo, que soy muy listo”-), lo cierto es que la predisposición ante la continuación de aquello que nos gustó es ambivalente porque, por un lado (y volviendo al terreno de lo consensuado como cierto –aunque en este caso es la experiencia personal la que motiva y dota de pertinencia a la cita-), sabemos que volver a sentir los placeres que provocó el descubrimiento de algo es tarea ímproba, que nada volverá a ser igual, que la felicidad no es tan fácil de recuperar (y sobre todo de revivir: la mayoría de las veces hemos de conformarnos con un triste remedo que, a la larga, provoca una melancolía más aguda que la sentida en un primer momento) y, por otro, incurriendo de nuevo en una generalización que la taquilla se empeña en demostrar temporada tras temporada, el público se pirra por volver a ver la misma historia, se presupone y confirma que no gusta de excesivas sorpresas, que no acepta innovaciones que no haya refrendado con anterioridad (sí, suena raro, contradictorio, incluso imposible, pero ya sabemos cómo es el asunto de los friquis –dicho con todo el cariño: un servidor confiesa sin sonrojo serlo en multitud de casos-, potenciado a la enésima potencia con los foros, las redes sociales, las páginas de comentarios de noticias y mil opciones más que ponen en valor lo que antes no salía del ámbito doméstico o del grupo de amigos, las demandas que los creadores –y las productoras de ocio, el negocio del espectáculo- atienden hasta límites ridículos, llegando a ponerse en contra de su propia obra, traicionándola, decepcionando en última instancia a propios y extraños); es decir, que los que reclaman/anhelan/exigen una segunda parte suelen ser los mismos que la dinamitan de antemano, aunque hay muchas excepciones, por supuesto, y en general triunfa la primera opción (queremos ver la película aunque sea para indignarnos), de ahí que gran parte de lo que oferta la cartelera sean continuaciones, remakes, precuelas y otras variantes que suponen partir de lo ya visto, de lo que tuvo éxito, de lo que rindió beneficios en taquilla.
   Sinister (2012) supuso en su momento una agradable sorpresa porque, haciendo olvidar su decepcionante El exorcismo de Emily Rose (2005) –excesivamente aplaudida para el que suscribe- y su aburrida Ultimátum a la Tierra (2008) –nos quedaremos con ese adjetivo, aunque eso suponga ser excesivamente benévolo con quien cometió semejante infamia con uno de los títulos que ha concedido merecida inmortalidad al estupendo Robert Wise-, Scott Derrickson nos presentó una cinta de terror muy respetuosa con los parámetros clásicos, tomándose su tiempo para el desarrollo, creando atmósfera, graduando la tensión e integrándola en lo cotidiano (lo que aún atemoriza más) al modo en que lo hacían esos clásicos de la década de los 70 del siglo XX que aguantan con firmeza el paso del tiempo e incluso refuerzan sus virtudes. Para abordar la inevitable continuación (algo casi obligatorio cuando nos movemos en el género del terror y la película goza de éxito), Derrickson ha decidido ceder su sitio tras la cámara a Ciarán Foym autor de varios cortometrajes y Citadel (2013), un largometraje inédito en las pantallas españolas –tal vez se vio en algún festival, muestra o congreso, pero no consta que haya sido estrenado comercialmente-, aunque firma el guión de la misma junto a C. Robert Cargill, como ya hiciese en la primera entrega, consiguiendo de esta manera que la historia no traicione ni eche por tierra lo conseguido hace tres años. En lugar de plegarse a las convenciones más estereotipadas y excesivas o de dejarse llevar por la tentación de eso que podría denominarse “el aburrimiento del guionista” (enfermedad especialmente virulenta en el audiovisual televisivo que a veces sólo precisa de una segunda temporada para hacer su aparición y devastar inconteniblemente lo que hasta ese momento era un disfrute), Derrickson y Cargill mantienen las esencias y los aciertos de Sinister, sin recurrir a lo truculento o excesivamente gráfico, sin necesidad de derrochar litros de sangre, mostrando las escenas más horripilantes y desasosegantes en las películas de Súper 8 que siguen siendo elemento central, sin incorporar elementos innecesarios que distorsionen o varíen el devenir de lo narrado, sin sorpresas forzadas ni absurdas (algo muy agradecer especialmente en el modo natural en que el filme actual encaja con el anterior sin resultar redundante para el que lo conoce ni incomprensible para el que llegue de nuevas), perdiendo inevitablemente capacidad de sobresalto e inquietud, pero conservando buenas dosis de ese escalofrío que uno siente nacer poco a poco, de ese nerviosismo que, aunque algo refrenado, todavía van destilando unas imágenes de las que uno no tiene claro qué esperar (hay un par de momentos en que el sobresalto es inevitable porque ni la causa del mismo aparece por el lugar que se considera obvio y porque, sencillamente, lo que sucede lo hace sin música estruendosa, sin efectismos, tan sólo ocurre), utilizando con tiento y eficacia escenarios y situaciones conocidos, jugando con el conocimiento previo del público (no sólo del primer Sinister sino del propio género) para conseguir su rápida implicación con lo que sucede.
   James Ransome retoma el personaje que incorporó en la anterior entrega para servir como nexo de unión aunque éste ya viene dado por el asunto central, por lo que quedó sin resolver, por esos puntos suspensivos que son seña de identidad de casi cualquier título que quiera hacer sentir miedo más allá de pensar en posibles sagas o no; pero lo importante no es el dibujo de personajes, la película, al igual que su predecesora, no busca justificaciones ni trascendencias que no vienen al caso, no intenta darse aires de lo que no es, los protagonistas son meras excusas (podrían ser de un modo u otro: sólo se definen en función de lo que conviene a los intereses de los creadores para provocar las emociones que buscan en los espectadores), aunque las zonas que pueden quedar oscuras para el que no conozca lo anterior ayudan a que la atmósfera aún se enrarezca más, a que puedan surgir dudas, a que no se tenga todo claro –e incluso el que vio Sinister se replantea algunas cosas, en parte temiendo que el guión tergiverse o ignore lo sucedido y en ese sentido juega limpio y con coherencia, ofreciendo una segunda parte que, sin alcanzar el estimulante nivel conseguido por la primera, no desmerece ni engaña-.