miércoles, 28 de diciembre de 2016

"ANIMALES FANTÁSTICOS Y DÓNDE ENCONTRARLOS": POR FIN, J. K. ROWLING





TÍTULO ORIGINAL: Fantastic Beasts and Where to Find Them DIRECCIÓN: David Yates GUIÓN: J. K. Rowling MÚSICA: James Newton Howard FOTOGRAFÍA: Philippe Rousselot MONTAJE: Mark Day REPARTO: Eddie Redmayne, Katherine Waterston, Dan Fogler, Alison Sudol, Colin Farrell, Carmen Ejogo, Samantha Morton, Ezra Miller, Ron Perlman, Jon Voight

   Resulta inevitable hacer comparaciones cuando nos enfrentamos a una película que toma como punto de partida una obra literaria que conocemos, pero no deja de ser un debate un tanto huero puesto que hablamos de dos disciplinas artísticas con códigos muy diferentes (por más que no dejen de influenciarse mutuamente) y porque, al fin y al cabo, de una novela (dejemos fuera en este caso el teatro, puesto que todo depende de qué montaje concreto -o en plural- hemos visto o dejado de ver) hay tantas posibilidades fílmicas como lectores, por muy preciso y prolijo que sea el autor, por más que deje constancia del más mínimo detalle, en otras ocasiones porque es necesariamente ambiguo para que la historia funcione, cada uno ha imaginado unos personajes, los ha hecho moverse de cierta manera, ha pensado (más o menos conscientemente) en el encuadre que más le satisfacía en cada momento, ha ido cambiando la ubicación de la cámara a su conveniencia, ha evocado imágenes que las palabras le inspiraban, ha aportado sus emociones (sean del signo que sean) y las ha vinculado a lo narrado. Por otro lado, la voz popular afirma con rotundidad (generalizando como suele) que nunca una película iguala (no digamos supera) a la obra que la inspira -no deben haber leído Psicosis de Robert Bloch o Los puentes de Madison County de Robert James Waller, por poner un par de ejemplos-, obviando de un plumazo parte de la historia del séptimo arte, puesto que ahí están Lo que el viento se llevó (1939), El Padrino (1972), El nombre de la rosa (1986), Doctor Zhivago (1965), Al este del edén (1955), Los santos inocentes (1984), Muerte en Venecia (1971), La colmena (1982), Las horas (2002), filmes que, teniendo en muchos casos una entidad y autonomía propia (eliminando partes difícilmente traducibles a imágenes, recortando por necesidades meramente temporales -o de presupuesto-, vertiendo a imágenes sólo una parte de la obra original, reinventando la historia), respetan la esencia de lo adaptado, el tono, se permiten mil y una licencias (también hay adaptaciones enormemente fieles que incluso reproducen diálogos escritos previamente) pero sin tergiversar ni alterar sensiblemente lo que el espectador que primero ha sido lector conoce. El caso de la saga que tiene a Harry Potter como protagonista fue especialmente lastimoso ya desde el primer título porque no se tuvo en cuenta que en el momento de la adaptación de Harry Potter y la piedra filosofal existían tres volúmenes más y la autora había anunciado que la serie constaría de un total de siete, historias que se iban complicando y oscureciendo (y aún lo harían más) porque se dirigía especialmente a lectores que tuviesen la edad de su personaje, once años cuando todo comienza, lectores que celebraban cumpleaños e iban creciendo y madurando según se sucedían los cursos en Hogwarts, historias que, aunque al principio eran más o menos autoconclusivas (no así en los últimos tomos que se cerraban abruptamente y con muchos puntos suspensivos que hacían la espera hasta la siguiente publicación larga y angustiosa para los millones de seguidores en todo el mundo), dejaban cabos sueltos y enigmas por resolver, cuentas pendientes, preguntas en el aire, nadie puede negar que J. K. Rowling tenía muy bien diseñado el conjunto y el modo en que las piezas debían ir encajando por mucho que, obviamente, fuese añadiendo elementos, prescindiendo de otros, alterando el plan original según lo desarrollaba, ampliando y ramificando el férreo esquema seguido y que se hace patente una vez leída toda la serie, concepto que no pareció tenerse claro a la hora de llevarla a la gran pantalla (tal vez poniéndose la venda antes de la herida, temiéndose lo peor en lo que a recaudación se refiere), tratando el primer filme como si no tuviese continuación (o, en todo caso, no más allá de poder filmar más aventuras con los mismos personajes), dejando de lado subtramas o personajes que iban a tener relevancia posteriormente, infantilizando más de la cuenta, quedándose en la superficie, llegando a extremos lastimosos según se avanzaba en la saga y los libros eran más extensos, estaban mucho más elaborados, se complicaban argumental y estilísticamente, transformando en espectáculo hueco y grandilocuente lo que negro sobre blanco estaba repleto de emociones, matices, personalidades arrebatadoras, plenitud creativa.
   J. K. Rowling no participó en ninguno de los guiones de la saga, aunque supervisó la elaboración de los mismos e incluso desveló algunos secretos que aún no se conocían en los libros publicados a Steve Kloves (que firmó los cuatro primeros libretos) o algunos de los actores para ayudarles en sus interpretaciones; sorprende sobremanera que consintiese que apenas quedase el esqueleto de su creación, que diese por buenas tantas reducciones, eliminaciones, decisiones erróneas que han contribuido a que haya espectadores que no se contagian de la efervescencia y adicción de tantísimos lectores y hayan renunciado a leer el original (también se conocen casos de lectores previos que disfrutan las películas, las cosas como son, circunstancia que quien suscribe no termina de comprender). Ya sólo por eso fue una grata noticia saber que la propia autora iba a debutar como guionista escribiendo una historia perteneciente al universo Potter, ni precuela ni secuela, centrada en la figura de Newt Scamander, autor de Animales fantásticos y dónde encontrarlos, uno de los libros de texto utilizados en Hogwarts para la formación de magos, título asimismo de la película que empezaba a fraguarse en ese momento (que, según se anunció poco antes de su estreno, es la primera de una serie de cinco). Y aunque detrás de la cámara esté de nuevo David Yates (culpable de los cuatro filmes que cerraron la saga Potter con estridencia, parafernalia, espasmos de cámara, épica hueca), el resultado es muy estimulante porque Rowling se muestra fiel a sí misma y exhibe su inagotable imaginación mientras dibuja con brío una serie de personajes que conquistan al espectador, dando los trazos precisos para hacerlos identificables y particulares, sin renunciar a los tonos sombríos cuando conviene, ahondando en miedos y dolores reconocibles, consiguiendo una perfecta mixtura entre lo mágico y lo mundano, imprimiendo emoción y aventura con facilidad pero sin descuidar el contenido, haciendo que incluso lo más aparentemente anecdótico cobre sentido y tenga un porqué, por más que Yates siga recurriendo a la pirotecnia y cifrándolo todo a unos muy bien utilizados y a ratos sorprendentes efectos especiales, mostrándose incapaz de aportar un ápice de frescura a lo que, gracias a un guión que sabe dosificar y pisar el acelerador cuando conviene, discurre ante nuestros ojos con velocidad, asombro permanente y diversión implícita y explícita.
   Eddie Redmayne es todo un acierto puesto que le toca lidiar con un héroe al más puro estilo Rowling, un héroe a su pesar o sin plena conciencia de ello (como lo es Harry Potter aunque Scamander sí conoce y sabe utilizar sus poderes), pero despliega su impagable carisma para que el personaje nos importe, nos interese, nos preocupe, esos ojos llenos de vida y capaces de expresar emociones con apenas un guiño taladran al espectador, consiguen su implicación, se lo ganan desde el primer momento, aportan personalidad a un rol cuya mayor característica (y virtud) es la de no tenerla o, cuando menos, muy desdibujada, ser el epicentro en torno al que gira todo, propiciar el lucimiento y desarrollo de la espléndida plétora de secundarios con que Rowling siempre nos obsequia y cautiva. Katherine Waterston cumple el mismo cometido como protagonista femenina y también consigue superar esta limitación para dar la réplica perfecta a Redmayne, mientras que Dan Floger y Alison Sudol, juntos o por separado, sacan todo el partido a dos personajes jugosos y divertidos, evitando la parodia y el ridículo, llegando hasta el límite de lo caricaturesco pero sin sobrepasarlo; Ezra Miller sólo puede dejar atisbos de su talento puesto que encarna un personaje que a buen seguro eclosionará y mostrará todo su potencial en futuras entregas (ya es mucho con que nos haga olvidar su paso por la aburrida adaptación de Madame Bovary que firmó Sophie Barthes con la siempre inadecuada Mia Wasikowska), gusta ver a Samantha Morton, Ron Perlman y Jon Voight (no tanto a Colin Farrell) y es casi imposible dejar de relamerse con alguna de las sorpresas que el filme va dando y que nos hacen albergar muchas esperanzas en esta saga, siempre que J. K. Rowling se encargue de la escritura de los guiones (o, al menos, se implique verdaderamente, como ha hecho en la obra de teatro Harry Potter y el legado maldito con un libreto esplendoroso y plagado de sus aliento, oficio y maestría).

jueves, 22 de diciembre de 2016

"EL FARO DE LAS ORCAS": CUESTIÓN DE NATURALEZA







DIRECCIÓN: Gerardo Olivares GUIÓN: Gerardo Olivares, Lucía Puenzo, Sallua Sehk (basado en el libro Agustín Corazón abierto de Roberto Bubas) MÚSICA: Pascal Gaigne FOTOGRAFÍA: Óscar Durán MONTAJE: Iván Aledo REPARTO: Maribel Verdú, Joaquín Furriel, Joaquín Rapalini Olivella, Ana Celentano, Osvaldo Santoro, Federico Barga, Ciro Miró

   De las diecisiete acepciones que el DRAE recoge en torno al vocablo “naturaleza” ponemos el acento en la tercera y la cuarta ya que, respectivamente, señalan como tal la “virtud, calidad y propiedad de las cosas” y el “instinto, propensión o inclinación de las cosas” (matizando “con que pretenden su conservación o aumento”, pero eso sólo parece necesario en lo relativo a la supervivencia, no en aquello que podemos equiparar con la vocación, la pasión, el interés que uno siente hacia una actividad y su dedicación a la misma -o, si se quiere, tómese como una metáfora: uno crece y se mantiene vivo porque es capaz de dar cauce a esas pulsiones-), pero sin perder de vista la segunda porque es ahí donde se habla de ese “conjunto de todo lo que existe y que está determinado y armonizado en sus propias leyes” y porque adentrarse en lo que podemos calificar sin rubor como “universo Olivares” hace atender a la polisemia de la palabra, puesto que él siempre atiende a todos estos aspectos, comenzando por aquel que le lleva a ponerse detrás de la cámara con una mirada particular, es su instinto, su propensión o inclinación más allá del género utilizado para narrar y siempre se fija en las virtudes y calidades de otros, explora y saca a la luz la relación, la convivencia, la supervivencia, la interacción, la lucha, el necesario entendimiento entre esa naturaleza inabarcable con un solo vocablo y los seres que habitan en ella (o la avasallan, asolan, invaden, pretenden adecuarla a ellos). Gerardo Olivares es un reputado y espléndido documentalista que siempre ha narrado con emoción e implicación, que no se ha limitado a plasmar imágenes bellas, impactantes o imposibles por el mero hecho de dar testimonio o buscando epatar, es un director que ha dejado su sello en el género, que lo ha engrandecido, que no se ha quedado en la carcasa, que lo ha respetado sin hacer concesiones a lo fácil, a lo barato, a lo trivial, a lo redundante, a lo por desgracia tan abundante (aunque afortunadamente cada vez menos) y que ha provocado el alejamiento del público ante lo que se presenta como algo solemne, aburrido, sin fuerza ni atractivo; Olivares se hace preguntas y consigue que nosotros también nos las planteemos, nos descubre historias, paisajes, personajes, realidades, destila humanidad, comprensión, afán integrador, procura y consiente que la naturaleza (la de cada uno, la que nos rodea) se explique por sí misma, no juzga a priori (ni a posteriori, suele dejar que cada espectador extraiga sus propias conclusiones), atiende, observa, filma, se nota su empatía pero consigue refrenarla para no cargar las tintas, marca de fábrica también presente en sus películas de ficción (o que así llamamos para distinguirlas de las puramente documentales).
   El faro de las orcas, como el resto de su producción, parte de un hecho real, una historia de superación -o varias- que en las manos inadecuadas se habría transformado en algo empalagoso que tal vez hubiese conquistado a audiencias más numerosas, distorsionando para ello lo que es importante e interesante, aquello por lo que la película merece ser rodada, es decir, su verdadera naturaleza, las murallas que abate con sencillez y honestidad, las mismas que demostraron y derrocharon los personajes que la protagonizaron en su momento, ganando la partida y torciendo la mano a una naturaleza adversa cuando no directamente hostil, tanto la interna como la externa, estrechando lazos con las diferentes, comprendiendo y descubriendo, no dando nada por sentado, experimentando, sin dejar que los límites físicos y psíquicos fuesen barreras infranqueables, sirviendo de ejemplo y guía a otros, haciendo efectiva la convivencia sin que nadie tenga que renunciar a nada, recolocando piezas, prescindiendo de algunas, añadiendo otras, respetando la naturaleza de cada uno y esa a la que llamamos madre aunque tantas veces la obviemos, la maltratemos, la aniquilemos sin reparos y sin caer en la cuenta de que acabar con ella es hacerlo con el resto, incluidos nosotros. Si algo se le puede reprochar a Gerardo Olivares en esta cinta es pecar demasiado de prudente, de sutil, de contagiarse en exceso de la frialdad, de los silencios, del anacoreta emocional que es Beto, el rol principal, el guardafauna de Península Valdés que ha encontrado su lugar en el mundo en medio de ninguna parte, alejado de todo y de todos, entregado a su labor, volcado en los animales a los que atiende y comprende, esos que le han aceptado como uno más, totalmente integrado en un hábitat que es fiel reflejo de su esencia (de la que ha ido conformando y eligiendo a lo largo de los años); aunque evite con acierto, como ya se señaló, adoptar un tono que le haría perder credibilidad y verdad, en ocasiones resulta forzada esa lejanía, sería deseable que, igual que los personajes van perdiendo capas, salen de sus corazas, abandonan la crisálida tras una metamorfosis elegante y emocionante, la cámara rompiese el escudo del documentalista más ortodoxo para imprimir a determinadas secuencias una mayor calidez, esa que poco a poco va recobrando Beto gracias al contacto con Lola, la madre que llega hasta ese lugar remoto en busca de una mejor calidad de vida para Tristán, su hijo autista. Pero, por otro lado, Olivares sabe que tiene en sus actores su baza principal y no la descuida, no quiere perturbarlos ni desviar la atención de la platea, de ahí que se mantenga con sus proverbiales contención y humildad detrás de la cámara, prescindiendo de cualquier embellecimiento superfluo, confiando en sus miradas, en cómo Joaquín Furriel sabe llenar de contenido un silencio (afirma que fue poder trabajar con el auténtico Beto Bubas lo que le ayudó a manejarlos de ese modo), en cómo Maribel Verdú radiografía cada personaje que encarna y sólo con el modo de caminar retrata a la perfección sombras, traumas, dolores superados o, como en este caso, transformados en cotidianos, diluidos en rutinas, en algo con lo que convivir -y aún perturba más esa resignación, esa aceptación, aunque no suponga una rendición-, en cómo Quinchu Rapalini da una lección a tanto actor laureado por exagerar sin freno y caer en el ridículo de la mueca y el estrambote.
   Filmada en condiciones extremas (las que impone la Patagonia), El faro de las orcas apabulla aún más por su ausencia de rimbombancia, por su tono medido y contenido, por la ingenuidad que Gerardo Olivares sabe mantener en primer plano en todos sus trabajos, porque es capaz de conservar intacta la frescura e incluso la espontaneidad que todo documental que se precie de ser tal debe exudar, que los ensayos y los trucos (si los ha habido) no se noten, porque no consiente que lo meramente estético se imponga, porque impide que la imprescindible dramatización para contar una historia en los términos en que aquí se hace no vaya en detrimento de la verosimilitud; el director ya ha demostrado sobradamente su oficio y grandeza, por eso se echa de menos aquí en determinados momentos algo más de fuerza y hondura, aunque es muy de agradecer que se eviten los lugares trillados y, muy especialmente, que el cineasta sea consecuente con su propia naturaleza del cineasta, que no engañe al público y que, en cierta manera, sea una película un tanto a contracorriente, que no lo cifre todo -y mira que tiene mimbres para ello- a la taquilla, que tenga otro ritmo, otro tono, otro estilo, ¿por qué no repetirlo una vez más?, otra naturaleza.    

viernes, 9 de diciembre de 2016

"ALIADOS": SIEMPRE NOS QUEDARÁ "CASABLANCA"






TÍTULO ORIGINAL: Allied DIRECCIÓN: Robert Zemeckis GUIÓN: Steven Knight MÚSICA: Alan Silvestri FOTOGRAFÍA: Don Burgess MONTAJE: Mick Audsley, Jeremiah O´Driscoll REPARTO: Brad Pitt, Marion Cotillard, Jared Harris, Lizzy Caplan, Daniel Betts, August Diehl, Simon McBurney

   Vivimos unos tiempos en los que todo aquello que puede ser sancionado como “novedoso”, “revolucionario”, “original”, “rompedor”, “innovador” o adjetivo similar se promociona y celebra de forma exagerada, más allá de sus verdaderas virtudes, atendiendo sólo a la carcasa, a lo externo, sin preocuparse de que el indudable avance que supone a nivel tecnológico, expresivo o estético (hablamos de lo audiovisual, de lo cinematográfico en concreto -pero también de lo televisivo-) venga acompañado de una historia, de unos personajes, de ese algo un tanto intangible que hace que nos involucremos, que gustemos de ello, que lo sigamos, que lo convirtamos en algo propio, eso que provoca que, por encima de generaciones, de tendencias, de movimientos, de épocas, una expresión artística permanezca y siga sumando admiradores y aumentando su valor (en realidad, en lo que al arte se refiere eso ha ocurrido siempre, así han ido evolucionando -o devaluándose- las diferentes disciplinas, así se han forjado cánones y obras consideradas clásicas, así han ido prosperando corrientes, así han sido borradas, superadas, fagocitadas o abandonadas otras, también las ha habido que han debido esperar a que el paso de los siglos les otorgase el esplendor negado en su momento o perdido demasiado pronto, necesitando la suficiente perspectiva para poder apreciarlas en sí mismas, ignorando o dejando a un lado el contexto en que fueron denostadas o encumbradas, razones -o normas, sociedades, cotidianeidades- que ya no tienen validez ni influyen en un sentido o en otro, aspectos exógenos que sólo tienen valor histórico a la hora del estudio pormenorizado). Y, sin embargo, más de uno de esos que presumen de ir siempre un paso por delante, en realidad recurren a esquemas clásicos, reconocibles (por mucho que haya quien lo niegue, otros tienen la decencia de reconocerlo), vuelven una y mil veces sobre aquello que pervive y es referente e inspiración para tantos (que no lo ocultan), sobre esas historias de siempre que no pierden eficacia ni éxito, para poder construir “una película como las de antes”, así se dice, no sin un deje nostálgico que, sobre todo, habla de cuando había mucho (y de muchos géneros, con diferentes estilos, con abundancia de nombres estelares) donde elegir. Robert Zemeckis es un cineasta que, siguiendo la estela de su gran amigo y protector Steven Spielberg, casi nunca ha dejado de atender a ambos aspectos, aunque durante demasiado tiempo se dejó arrastrar por las innovaciones técnicas, tropezando estrepitosamente en la misma piedra, abundando en los errores y sin enmendarlos, preocupándose sólo del envoltorio, descuidando la narración, barroquizando cada secuencia, siendo puntilloso en lo estético hasta llegar al hartazgo, vaciando las emociones (incluso las más elementales) y cayendo en un virtuosismo hueco como el de Polar Express (2004) o Cuento de Navidad (2009), sin olvidar el abigarramiento exagerado y torpe de Beowulf (2007), tal vez el punto más bajo de su carrera porque su habitual estilo amable (por no decir ñoño e incluso untuoso) era totalmente inadecuado con lo que se pretendía contar.
   Es fácil comprobar, y es un detalle que Zemeckis jamás oculta (en ese sentido es muy honesto y, como se señaló, sigue el camino marcado por Spielberg), que los títulos mencionados se recurría a temas universales, a clásicos incontestables, a puntos de partida similares a los de otras narraciones, a argumentos ya desarrollados, a mimbres con los que se tejieron historias que se han demostrado imperecederas y que mantienen intacta (cuando no van revalorizando constantemente) su capacidad fascinadora más allá de lo que esté en boga en cada momento concreto (ahí está, como ejemplo máximo, la narración de Charles Dickens a la que se regresa una y mil veces y que tantas y diversas adaptaciones ha tenido hasta ahora y las que, a buen seguro, aún veremos aparecer). Y ese afán, ese gusto, esa reivindicación, ese ponerse bajo los auspicios de lo que funcionó en su día y mantiene sus bondades intactas, ese aliento épico generado en el pasado, ese reencuentro con las aventuras “de toda la vida” es el germen y el puntal más firme sobre el que asientan dos taquillazos como en su día fueron Tras el corazón verde (1984) y Regreso al futuro (1985) -una jugada nostálgica brillante que funcionaba en audiencias de cualquier edad (fue durante un tiempo prolongado “la película del momento” y, sin embargo, ya destilaba el embriagador aroma de la nostalgia que provocaría con el paso de los años, acentuado por el hecho de que gran parte de la acción tuviese lugar en 1955, aspecto que motivó su éxito entre el público que conoció esa época), título representativo de aquella década de los 80 que tanto se invoca y convoca (pero no basta con eso: hay que saber crear complicidad y combinar con pericia los diferentes elementos para conformar un producto tan emocionante y satisfactorio como Stranger Things), paradigma de un cine que por encima de todo buscaba el entretenimiento, la diversión, la evasión-. ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988) -al que su aire ingenuo y nada pretencioso ha ayudado a conservarse como un filme agradable y simpático que acepta una revisitación- fue un paso de gigante en la querencia de Zemeckis por combinar el aparataje técnico, lo más o menos novedoso, lo visualmente abracadabrante con historias de corte clásico o que bebían de esa fuente sin recelo ni disfraces y, al margen de dos secuelas de Regreso al futuro carentes de la espontaneidad de la primigenia, excesivamente mecánicas y poco afortunadas (especialmente la tercera), llegaron la tristemente lamentable La muerte os sienta tan bien (1992) -Meryl Streep y Goldie Hawn optaron por este guión y no por el de Thelma y Louise para trabajar juntas- y el triunfo absoluto que supuso Forrest Gump (1994), Oscar incluido para el cineasta, un éxito muy bien medido y diseñado en todos los aspectos, una cucharada rebosante de melaza y de patriotismo que funcionó en todo el mundo.
   Tras los experimentos comentados en lo que a animación se refiere, Zemeckis optó por volver a dirigir acción real con El vuelo (2012), una historia que merecía un guionista osado y sin prejuicios capaz de recorrer todo el arco de oscuridades que la historia precisaba, no limitarse a amagar, a crear expectativas que no se veían satisfechas, a precisar más de dos horas de metraje y, así, hacer aún más patente la falta de ritmo, de emoción, de necesaria ambigüedad, haciendo palpables y notorias (excepto en un prólogo espectacular, magníficamente rodado, un prodigio de síntesis narrativa al ser capaz de integrar una segunda historia que debería apuntalar, matizar y complementar la principal) las carencias habituales del director, su escasa garra, su poco brío, su clamorosa falta de personalidad, su opacidad como creador puesto que los méritos que se le pueden atribuir por cintas a las que nos hemos referido no le corresponden más que en un pequeño porcentaje, siendo atribuibles en general a los intérpretes, los guionistas, los técnicos y demás equipo delante o detrás de la cámara, desperdiciando oportunidades como El desafío (2015), diluyendo en planos alambicados o directamente inapropiados las posibilidades dramáticas de la historia, mostrándose incapaz de transmitir vértigo cuando sería preciso (e imprescindible), minimizando el impacto que a pesar de todo poseen ciertas secuencias gracias a una magnífica recreación de las azoteas de las Torres Gemelas y al impactante carisma que despliega Joseph Gordon-Levitt. Aliados se coloca sin rubor ni ocultamientos a la sombra de Casablanca (1943), icónica y legendaria, fruto del azar y la improvisación, carambola irrepetible precisamente por ello, consiguió la siempre esquiva fórmula del éxito porque no la buscó, porque no se planificó con ese objetivo, porque se rediseñó tantas veces y no dejó de hacerse a lo largo de su accidentado rodaje que nadie parecía tener claro lo que se quería hacer (de ahí que Ingrid Bergman dijese que lo mejor que podía pasarle a su carrera es que quemasen todo el celuloide filmado), porque supo hacer de la necesidad virtud (o ni fueron conscientes de ello aquellos que, fuese como fuese, a tientas y sin rumbo, se empeñaron en terminarla, montarla y estrenarla); sin embargo, todo en Aliados apesta a tiralíneas, a esquema, a trillado, a copia, a estudios previos, lo que no es necesariamente negativo siempre que el resultado tenga aliento propio, resulte interesante, emocionante, no sea, como en este caso, una carcasa vacía, un vulgar pastiche, un remedo poco afortunado, no ya de títulos inolvidables, sino de alguno de los libretos que han otorgado injustificado prestigio al guionista Steven Knight -si por algún sitio hacían aguas las sobrevaloradas Negocios ocultos (2002) y Promesas del este (2007) era por esos guiones estrambóticos y pagados de sí mismos-. Con un diseño de producción que a veces espanta por lo desangelado, lo poco lucido, lo excesivamente estilizado cuando menos conviene, Aliados no es capaz de ocultar en ningún momento su incapacidad para, ni de lejos, alcanzar los logros de El americano impasible (2002) o El topo (2011), avanzando a trompicones y alargando una historia que de resolverse con mayor celeridad podría al menos transmitir una sensación de emoción, nunca una emoción pura porque todo es arquetípico, elemental, no hay vida en sus personajes, apenas la que inyectan dos o tres secundarios, no la hay en imágenes mortecinas y por momentos escandalosamente mal rodadas (o editadas, tratadas, montadas o todo a la vez), ninguna vida se encuentra en el hieratismo esforzado o forzoso (o ambas cosas) de un Brad Pitt que no conserva nada del brillo que le transformó en estrella, poco puede hacer la a pesar de todo esplendorosa Marion Cotillard, imprimiendo verosimilitud y alma a una simple mirada, apropiándose de la atmósfera y desplegando su fascinante aureola, dignísima heredera de Ingrid Bergman a la que jamás imita, de la que toma el aire, la esencia, aportando más de lo que su personaje, tal y como está escrito, reclama y merece, es un soplo de aire fresco en medio de una película que fatiga e incluso molesta por lo desafortunada y elefantiásica.