lunes, 10 de febrero de 2014

GOYAS 2013: FUENTE SIN AGUA







   Pensaba que hoy andaría mejor de la gripe, pero resulta que no; confié en un supuesto bálsamo de Fierabrás y me topé con la peor purga de Benito, aunque en realidad ni siquiera noté sus efectos perniciosos, ya estoy inmunizado, aunque el mal sabor de boca es inevitable. Uno, que sigue siendo ingenuo para muchas cosas, creía que anoche sudaría con profusión y sin poder evitarlo -y así eliminaría toxinas y virus-, porque me reiría hasta desencajarme, aplaudiría con fervor, se me dispararían los niveles de adrenalina ante la emoción de asistir a un espectáculo que te agrada, y como mucho sentí un tenue rubor cubrir mis mejillas (no era la fiebre, por fortuna) en algunos momentos, aunque ya ni siquiera me asalta la vergüenza ajena, la propia, de que al lado de muchos de los que pisaron el escenario aparecerá la palabra “español” para identificarlos (total, menos a cuatro, nadie los conoce fuera de aquí y los que son identificados, por suerte para ellos, no lo son por la gala de los Goya). Lo peor es la sensación de hastío, de día de la marmota, de eterno retorno, de volver cada año a lo mismo; ¿la prueba? Que, con ligeros retoques (premiados y películas), podría publicar mi entrada de hace casi un año y, entre que no tengo muy buen día y que lo contemplado anoche me ha sumido en el desaliento, por mucho que algunos piensen lo contrario (que me regodeo e incluso deseo que todo salga mal para sacar la zapatilla a airearse) y otros me cataloguen (como a cualquiera que lo critica) de amigo de Federico (Jiménez Losantos, por supuesto –y, mira, no sería nada malo, ¿no?, al fin y al cabo eso lo espetan los mismos que gustan de que Alaska participe –o participase, que no tengo el dato preciso- en su programa), eso es precisamente lo que voy a hacer: recuperar aquellos párrafos que, prácticamente, pueden reproducirse íntegros aunque sean del año pasado (y lo peor es que me temo que podré entrar en este bucle durante muchas ediciones); por lo tanto, cuando vean comillas ya saben que me estoy plagiando y, por lo demás, iré rapidito que tampoco tengo humor para perder demasiado el tiempo (ya lo hice frente al televisor).
   Empezaremos, pues, por lo diferente, por la mayor decepción de la noche, o sea, el presentador: sinceramente, esperaba mucha más chispa de Manel Fuentes, mayor presencia e implicación (exceptuando los cansinos vídeos en que era un intruso en las cintas que competían por el máximo galardón, ¿cuánto tiempo estuvo en pantalla? ¿A cuántos minutos se redujo su participación?), mayor gracejo, una muestra, por lo menos un atisbo, de su rapidez verbal, sentido del ritmo, manejo del directo. Lo único que es de agradecer es que no se enredase demasiado en la ausencia del ministro de Cultura, eje vertebrador de los discursos de gran parte de los entregadores y de muchos de los ganadores, reivindicativos a destiempo, viviendo permanentemente enfrentados, enfadados, aupados a su propio pedestal (actitud que el toro bravo que Wert afirma ser les pone en bandeja y propicia al crecerse con el castigo y echar leña al fuego), viendo la vida bajo el prisma de la dicotomía y la separación por bandos, sólo consensuando con los suyos, con los de siempre, cayendo en lo que se supone denuncian (no hay más que ver cómo, de repente, Daniel Sánchez Arévalo, a pesar de haber hecho uno de los pocos títulos que han logrado espectadores para el cine patrio, es arrinconado o cómo la película más galardonada de la ceremonia, Las brujas de Zugarramurdi, otra que tal baila en lo relativo a la taquilla, no competía por los premios más destacados, debe ser que Álex de la Iglesia –que no es santo de mi devoción- aún tiene mucho que penar por su gestión –algo hay que llamarlo- al frente de la Academia). Ya que, para mal, aunque luego se les va la vida en hablar con displicencia y por encima del hombro, tanto miran lo que pasa en Hollywood, deberían caer en la cuenta de que allí no hay ministros ni secretarios de estado ni nadie por el estilo –como mucho, la primera dama entrega un Oscar y ese gesto en sí mismo despierta muchas suspicacias-, porque los invitados, los involucrados, los presentes son la gente del cine, los que se la juegan día a día, los que creen en el concepto/sentido de industria, los que demuestran su valor sin ayudas exógenas a la propia creación o recibidas de otros como ellos, o sea, empresarios que, obviamente, buscan beneficios en lo que, por mucho que a algunos les pique, sigue siendo el séptimo arte que llega desde un lugar que, con todo merecimiento, ha de ser considerado como la meca del cine (y aquí se reconoce lo justo a guerreros numantinos como los que sacan adelante La herida o Stockholm para rendirse ante un apellido de tronío con productora propia). Y el señor presidente de la Academia, Enrique González Macho, el mismo que se ve obligado a cerrar su empresa de producción y distribución, uno de los escasos baluartes del cine español (aunque en sus salas, en las que aún mantiene abiertas como en las que cerró, ya hace mucho tiempo que las grandes producciones, las que se supone no son para el público objetivo al que él se dirige, copan la programación, desterrando a títulos pequeños y supuestamente artísticos y/o elitistas), entona un discurso plañidero, pésimamente argumentado incluso en lo incontestable, aferrándose una vez más a la piratería como madre de todas las batallas perdidas (y resulta que uno tiene interés en ver determinada película que sólo dura una semana en cartel, que es candidata a premios, que piensa “bueno, la descargaré y así puedo juzgar, ya que no hay otra opción”, y se topa con la cruda realidad: la mayoría de las pirateadas, por eso lo son, están en lo más alto de las recaudaciones, son las que interesan a mucha gente).
   Jaime de Armiñán, a quien sólo por Mi querida señorita (1972) habría que rendir pleitesía –pero es que, además, por no salirnos de la gran pantalla, le debemos El nido (1980), Stico (1985) o El amor del capitán Brando (1974), hizo un discurso muy a lo Blake Edwards cuando alzó un Oscar honorífico, pero estuvo deliciosamente despistado (y sin duda muy emocionado), con ese punto de abuelete simpático que cuenta alguna batallita (es lo que siempre ha hecho de manera fantástica: narrar historias) y se llevó un Goya de Honor justo y necesario (y recordó a su gran amigo y cómplice José Luis Borau, cuyo nombre despertó un aplauso que, por cierto, un tal Antonio de la Torre tardó en secundar –y pudiera ser que lo hiciese al advertir que las cámaras apuntaban hacia la platea-). Y ya va resultando tristemente habitual que debamos aguantar la intervención de “Ernesto Sevilla, otro de esos llamados cómicos aureolados por el prestigio y la etiqueta de “humor inteligente”, (..) torpe (…) sobre el escenario, sin gracia ni garra, dando paso casi entre tartamudeos” a las gracietas de Raúl Arévalo, Carlos Areces o Julián López, este grupete de cómicos que repite el chiste o la ausencia del mismo hasta límites irritantes, salidos de museos Coconut, horas chanante y demás muchachadas. “Y para colmo se empeña(n) en cantar y bailar al más puro estilo “fiesta de fin de curso” (…) junto a unos cuantos que, como en el caso de” Secun de la Rosa, “ni siquiera se preocupan de dar bien alguna nota” o de saberse mínimamente la coreografía, momento en que fue clamorosa la torpe y nada ensayada realización, vistas las veces que las cámaras autónomas manchaban el plano pinchado.
   Sólo La herida me parece una película digna de recuerdo y encomio, pero al menos Vivir es fácil con los ojos cerrados es el mal menor para lo que podían haber premiado; y por mucho que no sea su mejor trabajo, duele que una vez más se ignore de esa manera a Gracia Querejeta quien supera a David Trueba con sus 15 años y un día en los dos apartados en los que éste fue premiado (especialmente en el de guión original pero, claro, la hija de Elías no siquiera era candidata). Por fin Javier Cámara, y por un papel que ya es legendario en su trayectoria, se lleva el Goya a casa, al igual que la fabulosa Natalia de Molina (quien, con sólo una frase, enarboló el mejor discurso de la noche y, además, representando a una chica que, en la película, decide ser madre –aunque imagino los gestos de gallardones, roucos o juanas samanes ante la afirmación de la actriz y la tranquilidad con que la hizo-); lástima que no optase a premio el tercer vértice del impresionante triángulo actoral sobre el que Trueba centra su historia, Francesc Colomer, quien hubiera sido un plausible triunfador como actor de reparto, no como Roberto Álamo, otro de “los actores españoles a los que consideran suyos, parte de la familia, pertenecientes a la tribu, galardonad por un rol arquetípico, llenos de tópicos y brocha gorda, y (…) por repetir hasta la saciedad tonos, voz, composición, gestos y decires”. La inmensa Terele Pávez recibe un Goya que se ha hecho esperar demasiado, otra más en la larga nómina “de nombres olvidados a los que de repente se vuelve la cabeza y se homenajea por el título más olvidable de su carrera” (muchos de los que se pusieron en pie formaban parte de la Academia cuando la ignoraron por La Celestina (1996) o le negaron el galardón por La comunidad (2000)), pero teniendo en cuenta que aún no tiene un Fotogramas (así, por ejemplo), al menos recibe el cariño y respeto del público, que ha vivido este momento como algo propio.
   Lo de Marian Álvarez en La herida ya ha sido suficientemente glosado por éste que escribe (y sufrido e interiorizado), esa manera de actuar sin que se note, esa naturalidad que no se aprende, que se perfila, se acentúa, se aumenta, pero que hay que tener de fábrica, ese dominio y control, esa permanente interpelación por las zonas más oscuras de cada espectador (entre ellas y las otras tres candidatas había un abismo imposible de salvar y que, excepto Nora Navas, ninguna va a lograr saltar jamás –ojalá el tiempo me quite la razón-) y lo de Javier Pereira en Stockholm también, precisamente por todo lo contrario (y ya vieron que mantuvo su sonrisa, ¿verdad?, tal y como señalábamos en la crítica de Ismael, su gesto característico, tal vez el único).  En fin, perdón por el chiste fácil, pero, como suele suceder todos los años (¿Dónde estás, Rosa María Sardá?), se esté más o menos de acuerdo con el palmarés, lo que sobra es la gala”.    

domingo, 9 de febrero de 2014

"ISMAEL": ¡CUIDADO CON LOS NIÑOS!









DIRECCIÓN: Marcelo Piñeyro GUIÓN: Verónica Fernández, Marcelo Figueras, Marcelo Piñeyro FOTOGRAFÍA: Xavi Giménez MONTAJE: Irene Blecua REPARTO: Mario Casas, Belén Rueda, Larsson Do Amaral, Ella Kweku, Juan Diego Botto, Mikel Iglesias

   Siempre se recuerda la advertencia del maestro Hitchcock de no rodar con niños ni con animales (también incluía en la enumeración a Charles Laughton por razones que desviarían el objeto de este texto), aunque él se la saltó más de una vez y, al margen de esa maravilla llamada Los pájaros (1963) y de algún otro ejemplo posible, no conviene olvidar uno de los episodios que dirigió para su siempre gratificante Alfred Hitchcock presenta (1955-1961), el escalofriante ¡Bang, estás muerto! (1961), en el que en apariencia inocente juego de un niño con una pistola que él cree de mentira se convierte en una ruleta rusa de imprevisible final; lo cierto es que conviene tener mucho cuidado con lo de colocar una historia sobre los hombros de un chaval porque a las primeras de cambio ésta se puede despeñar por el barranco de lo edulcorado, de lo infantilizado en exceso, de esa ñoñería con que muchos adultos hablan a los críos, como si no comprendiesen las cosas, como si no las fueran a entender nunca o cargar las tintas en huir de este extremo y llegar al contrario, es decir, a que no resulte creíble un jovencito que hable, piense, actúe de cierta manera. Sin embargo, han sido muchos los cineastas que han sabido acercarse con inteligencia, veracidad, honestidad y sensibilidad al mundo infantil, que han desarrollado guiones con enorme peso dramático o una comicidad tan desopilante como los razonamientos sencillos y certeros de esos pequeños observadores que aprehenden lo más insólito o ajeno con la facilidad de una esponja, y una enumeración sería demasiado prolija e innecesaria, porque en realidad queríamos llegar a otro punto, ese en el que surgen las dudas sobre premiar, aplaudir, encomiar a los jóvenes intérpretes, ya que suele afirmarse que se lo toman como parte de un juego, demostrando su capacidad para fabular, imaginar, pensarse otros, soñar, y se tiende a minusvalorar o no encontrar mérito, hay una resistencia a considerar actores a los muy pequeños, como si los demás no hubiesen sido novatos, debutantes, haya sucedido esto a la edad en que haya sucedido, parece que cuesta reconocer el talento natural, disfrazándolo de facilidad, espontaneidad, adecuación al personaje (lo cual, en sí mismo, ya es plausible en un actor tenga la edad que tenga); al igual que antes, podríamos hacer una lista muy abultada con niños a los que se consiente todas sus muecas, mal dirigidos, peor integrados en el conjunto y, de la misma manera, una columna paralela en la que destacar a todos aquellos que han dejado impresos sus valores, su capacidad cómica, su hondura dramática, su desparpajo puesto al servicio del guión, algunos para iniciar una carrera imparable, otros para continuar en el negocio pero no alcanzar jamás aquella altura, muchos para no superar el reto de crecer, de cambiar la voz, de alterar su físico, ciertos de ellos para no repetir la experiencia de ponerse delante de las cámaras, pero nadie puede negarles su hueco en la memoria de los espectadores y su derecho a ser llamados actores.
   Todo este exordio viene a cuento porque, tal vez intentando evitar determinadas comparaciones o no queriendo apreciar lo que puede haber de bueno en una interpretación infantil (o no soportado la competición), desde hace un par de ediciones los Goya decidieron poner una edad mínima para competir, para optar al galardón de mejor actor/actriz revelación, el mismo para el que, desde la primera ocasión en que lo entregaron, no tenían en cuenta sus propias bases, en las que se indicaba que estaba dirigido a aquellos/as que ofreciesen su primera interpretación (por otro lado, exigencia un tanto absurda ya que no es fácil destacar si debutas en un personaje episódico); no se sabe muy bien a quién le sobrevino esta picazón, pero si echamos una mirada a los premiados en estas categorías el porcentaje de, digámoslo así, tiernos infantes es mucho menor de lo que pudiera pensarse (o temerse por algunos) y nadie puede discutir la dignidad herida pero no abatida de Juan José Ballesta en El Bola (2000), el encanto de Ivana Baquero en El laberinto del fauno (2006), transformando su mirada para mirar la realidad y distinguirla/mezclarla con el mundo imaginario, o el dolor y la emoción que imprimían a sus roles Francesc Colomer y Marina Comas en Pa negre (2010) –por no hablar de clamorosos errores como fue el hecho de preferir a José Luis Torrijos por La soledad (2007) en lugar de a Roger Príncep por El orfanato (2007). Y, así, de este modo, llegamos a la edición que en unas horas entronizará a los considerados mejores de la (pobre) cosecha de 2013 en la que esas consideraciones, esas indicaciones o reglas que ahora sí se respetan (porque lo de la primera película, que sea un debut, lo seguimos ignorando), han impedido que el protagonista de Ismael, el actor que da vida al personaje que titula el filme, es decir, Larsson Do Amaral pueda ser candidato a un premio que merece mucho más que cualquiera de los nominados, a saber, Javier Pereira por Stockholm (2013) –casi con toda seguridad el ganador, a pesar de tener el mismo gesto y esa perenne sonrisilla en todas sus películas-, Hovik Keuchkerian por Alacrán enamorado (2013) –borrado de la mente de uno, como todo lo relacionado con una cinta olvidable-, Berto Romero por Tres bodas de más (2013) –mejor pasar página- y Patrick Criado por La gran familia española (2013) –el único que merece distinción de ese reparto, el que sería triunfador más justo aunque tampoco haya que tirar cohetes-.
   Y lo cierto es que Larsson no lo tiene fácil porque Marcelo Piñeyro sigue demostrando el mismo envaramiento, el mismo anquilosamiento, el mismo esquematismo de que adolecieron sus últimos títulos, especialmente El método (2005), adaptación ramplona y sin fuelle de la estupenda obra de Jordi Galceran, sorprendente y un tanto incomprensible involución de un cineasta que supo imprimir fuerza a cada fotograma de Plata quemada (2000) y, muy especialmente, que supo plasmar con un verismo escalofriante y claustrofóbico los primeros momentos de la dictadura que asolaría Argentina desde 1976 hasta 1983, mezclando el desconocimiento y angustia de los adultos que no sabían qué estaba pasando con la obligada y temprana madurez de un niño que aun desconociendo el significado debe ampliar su vocabulario con términos extraños y debe buscar en su interior sentimientos para los que no posee referentes. Ismael presenta estereotipos, personajes con apenas dos trazos, recurre sin rubor a tópicos y lugares comunes para que el espectador pueda sentirse identificado, interpelado, y el ritmo se hace moroso, sin fuelle, coadyuvado por una fotografía demasiado perfecta en el sentido de que parece irreal, como retocada, como embellecida y por un sonido en el que los diálogos resultan huecos, con eco incluso en exteriores o en el interior de un coche, como si hubiesen sido doblados en estudio. Es en este sentido como destaca la naturalidad de Larsson Do Amaral, un chaval que quiere respuestas porque tiene derecho a ellas y que apabulla a los adultos con su capacidad para analizar los hechos sin dramas ni reproches, sólo queriendo comprender y saber; junto a él, Juan Diego Botto aporta aire fresco, es el único que dice sus frases (en general, como las del resto, sacadas de uno de esos libros de autoayuda sonrojantes y éxitos de ventas) imprimiéndoles verdad, impregnándolas de emociones, provocando que el espectador se pregunte cómo reaccionaría él en una situación parecida, permitiendo constatar la solidez alcanzada por el actor, la misma que ya quedó clara en aquel despropósito llamado Todo lo que tú quieras (2010) en el que tan sólo su dignidad, su empaque, su manera de interpretar, quedaban fuera del ridículo en que Achero Mañas sumía el resto. También es justo destacar la frescura de Mikel Iglesias, su acierto a la hora de colocar cada frase, una manera de actuar sin que lo parezca, en el extremo contrario de una Belén Rueda que no encuentra su sitio en un rol pensado para Victoria Abril al que rehacer, maquillar, adecuar a ella ha hecho perder entidad y sentido y un Mario Casas que, conforme con haber encontrado una forma de hablar que camufla en gran parte su mala dicción, habla mecánicamente, sin tonos, monocorde, desperdiciando las posibilidades de su personaje, dejándolo todo al hecho de caminar con la ayuda de un bastón; Sergi López vuelve a hacer de sí mismo, resultando previsible antes de que hable, antes de que actúe, antes casi de que aparezca, teniendo para colmo que lidiar con alguna de las escenas más ridículas e innecesarias que ofrece la película.
   Si uno piensa en lo que el creador de Kamchatka podría haber hecho con el mismo material en aquel momento de esplendor, apenas puede dar crédito a lo que ve en pantalla; es mérito de algunos de sus intérpretes, como queda señalado, que el sin duda excesivo metraje pese un poco menos y proporcione algunos destellos de interés. Confiemos en que Marcelo Piñeyro salga pronto del pozo en que parece sumido y en que, a pesar de que el Goya ha servido para poco en otros casos y la revelación quedo en poco más que eso, Larsson Do Amaral pueda encontrar un vehículo que le merezca más o en el que, al menos, podamos comprobar si tiene más recorrido o es tan sólo Ismael (por el momento, también está en Aquel no era yo, su carta de presentación, el cortometraje de Esteban Crespo que, tras ganar un Goya, opta a un Oscar el próximo 2 de marzo).

jueves, 6 de febrero de 2014

PHILIP SEYMOUR HOFFMAN: THE MASTER






   Hay sucesos inesperados de los que cuesta reponerse, que no son fáciles de digerir, que te dejan durante un tiempo con la misma sensación de angustia, estupor y/o dolor que experimentaste al conocerlos, impresiones desagradables que, precisamente, se te quedan muy grabadas, como si llevasen tinta indeleble, y cuyo recuerdo te perturba y conmociona como el primer día; aunque puede sonar exagerado, así me siento desde que conocí la muerte de Philip Seymour Hoffman, uno de los actores que más admiraba (y admiro porque no voy a dejar de hacerlo), tal vez el que me parecía más grandioso de entre los que en la actualidad se suben a las tablas o se ponen delante de la cámara, sin duda casi el único al que considero heredero de aquellos Spencer Tracy, Broderick Crawford, Lee J. Cobb y similares, intérpretes capaces de conmover, impactar, emocionar con un solo gesto, con un movimiento casi imperceptible, sin necesidad de disfraces, por encima de cualquier caracterización por muy perfecta e imperceptible que resulte. Y, no se puede negar, las circunstancias de su fallecimiento han provocado que la conmoción aún sea mayor, tal vez porque alguien que te resulta tan inteligente emocionalmente (sólo comprendiendo, estudiando, empapándose de ellas se pueden expresar de esa manera, se diría que vivirlas encarnando a otras personas te coloca en una posición privilegiada para reconocer y expulsar las negativas), alguien que consigue que su trabajo dé fruto y alcanza una consideración casi unánime, alguien que merece tanto aplauso, alguien así (por más tristes ejemplos que se sigan sucediendo) sigue sin parecerte el tipo de persona que se deja arrastrar por lo oscuro, por lo que destruye, por lo que corrompe, por lo que pudre, por lo que incapacita, por lo que mata (y hago especial hincapié en lo que nace en la mente de cada uno, en lo que anida en el corazón, en lo que provocamos nosotros mismos que en las sustancias que en tantas ocasiones son el detonante, el punto de partida y de llegada a las profundidades de las que tantos no regresan). Sin embargo, asistiendo a los debates que a raíz de esta noticia han incendiado las redes sociales, me causa auténtico pasmo (dejémoslo ahí) que algunos aprovechen el momento para, de una manera u otra, mantener un discurso tan apologético como el que cerraba Drugstore Cowboy (1989), echando toda la culpa a los demás, justificando en gran medida que a las primeras de cambio uno recurra a las drogas como vía de escape, o que otros nieguen el pan y el sal al actor, el crédito concedido, rebajen sus elogios por razones que no afectan a sus interpretaciones, a lo que se valoraba de él, e incluso que haya quien ahora magnifique los adjetivos para incluirle en la nómina de artistas atormentados, depresivos, límites, como si sólo de esa manera fuera posible lograr las cimas coronadas y como si sólo por hacerlo así mereciesen los laureles que se les negaría en caso contrario (lo que sucede, por ejemplo, con muchos que hablan de Kafka sin haberle leído, pero con dos o tres estereotipos desarrollan todo un panegírico sobre la necesidad de entregarse de ese modo a su arte –es llevar hasta las últimas consecuencias esa frase absurda que afirma que sólo se puede crear desde el dolor-). Sin entrar en ese tipo de consideraciones, me gustaría hablar, tan sólo, del actor, que creo es lo que corresponde.
   Quedó grabado en mi retina gracias a la espléndida Boogie Nights (1997) y desde ese momento se convirtió en un seguro, en el convencimiento (que quedaba constatado al final de cada proyección) de que, pensase lo que pensase del conjunto, su aparición sería un disfrute, un momento para evocar y apuntalar mi creciente admiración; y así sucedió en El gran Lebowski (1998), uno de los títulos en los que los Coen más se han mirado el ombligo, El talento de Mr. Ripley (1999), filme que revisaré y estoy convencido apreciaré mucho más, pero en el que siempre me fallará Matt Damon (no responde para nada a cómo Patricia Highsmith describe, hace moverse a su gran creación, por eso Jude Law, Cate Blanchett y Seymour Hoffman se meriendan la función) o Casi famosos (2000), excesiva y arrítmica crónica de Cameron Crowe en la que Frances McDormand y él imprimían electricidad. Pero, sin duda (y sin olvidar la a ratos escalofriante Happiness (1998), cinta a reivindicar), la interpretación que en esos años más me zarandeó, conmovió, estremeció, entusiasmó, fue la que llevó a cabo en la magnífica Magnolia (1999), por la que seguimos perdonando a Paul Thomas Anderson todo lo que ha venido después, a la altura de lo que hubiese hecho el Montgomery Clift de ¿Vencedores o vencidos? (1961) y en un personaje mucho menos lucido sobre el papel, en el que el mérito era no estorbar, mantenerse en el segundo plano, casi en el fondo desenfocado, pero conseguir algunos de los momentos que más arañan, que laceran, que te causan temblor, imponiendo su presencia desde el encogimiento, la timidez, la servidumbre, el silencio, en definitiva, entrando en la leyenda.
   Debo reconocer que el hecho de que fuese elegido para interpretar el único personaje que me motivó en la novela original (ese que, de broma, como tantas veces, me pedía yo en un delirante casting), que encarnase al periodista de El dragón rojo (2002) fue otro punto a su favor porque comprendí (o así quise verlo) que de alguna manera estábamos en la misma onda, teníamos maneras similares de pensar a la hora de estudiar los personajes (sólo eso, claro, porque soy muy consciente de mis limitaciones), por eso siempre escogió roles que tan atractivos me resultan y de los que él extraía lo mejor, potenciándolos, enriqueciéndolos, transformándolos en imperecederos. Y así llegamos a su definitiva entronización, a la interpretación a la que siempre irá asociado su nombre, a una de esas lecciones que no se olvidan, que crean escuela, adeptos, fanáticos, ese Truman Capote (2005) del que, por encima de lo mucho que podría decirse, me quedaré con la secuencia en que le vemos sólo en parte (magnífica composición por parte de Bennett Miller que coloca la cámara en el pasillo, con pudor, con tiento, permitiéndonos atisbar lo que sucede en la habitación a través de una puerta entreabierta), cuando recibe la noticia que no querría escuchar, que no quería asumir aunque sabía que iba a suceder, ese segundo en que se quiebra, se deja caer, no puede dejar de llorar aferrado al teléfono, ese punto de no retorno en que Truman Capote se desmorona emocional, pasional, sentimental pero también, y sobre todo, intelectualmente, en que pudiera decirse que le arrancan de cuajo las ganas por seguir viviendo, le despojan de sus facultades porque apenas volverá a publicar nada más que esa elegía, esa obra maestra electrizante y sin concesiones que es A sangre fría.
   Y sobrevivió a un personaje de ese calibre porque después llegaron Antes que el diablo sepa que has muerto (2007) –la despedida del gran Sidney Lumet, una brillante película que sólo descompensa el nada afortunado Ethan Hawke-, La familia Savages (2007) –en la que consentía, porque era necesario, que la maravillosa Laura Linney fuese la reina de la fiesta-, La guerra de Charlie Wilson (2007) -¡Lástima de guión trenzado para el lucimiento de la estrella (Tom Hanks), aunque los careos entre Julia Roberts y Hoffman sean los que dan carácter, peso y brío al filme!- o La duda (2008) –en un personaje que a priori no era adecuado para él, pero al que supo ajustar las costuras y, junto a las impresionantes Meryl Streep, Amy Adams y Viola Davis, elevar el arte de la interpretación más allá de cualquier cumbre-. Ardo en deseos de verle en El último concierto (2012) para quitarme el mal sabor de boca de cómo su grandeza fue desperdiciada en The master (2012), aunque sólo él y, de nuevo, Amy Adams, consiguieron interesarme y arrancarme algún elogio, y espero que lleguen pronto a España dos películas que deja terminadas aunque sea indigno que lo último que hayamos de ver de él sea su participación en la aburrida saga de Los juegos del hambre, como una comparsa más de la nueva niña mimada de Hollywood, la anodina Jennifer Lawrence. ¡Gracias, Philip Seymour Hoffman!