jueves, 1 de enero de 2015

2014: EN CLAVE FEMENINA


    Es difícil resumir un año cinematográfico en unos pocos títulos, pero conviene hacer el ejercicio ya que, de ese modo, uno toma verdadero partido, se ve obligado, digámoslo así, a cortarse dedos que le duelen (aunque, por desgracia, no abunden esos títulos que se convierten en imprescindibles desde el primer momento, esos que ya nos van a acompañar siempre), confirma si las primeras impresiones sentidas se sostienen un tiempo después, y en el caso de lo que le parece olvidable comprueba que hay cosas que dejan su huella nefasta y casi indeleble y que, precisamente por ello, merecen ser destacadas para ser sometidas, al menos, al escarnio de un sufrido espectador, éste que suscribe. Es, por supuesto, una visión parcial, particular, sesgada, propia, pero al menos se intenta argumentar, se mantiene, se explica, no como la de tantos absurdos que se mueven cual veleta y sólo pretenden hacer amigos (llamando así a los que, como mucho, siguen en Twitter o saludan en algún preestreno o rueda de prensa), esos que sólo entienden la crítica como manera de medrar en no se sabe qué terreno, esos de los que no puedes fiarte jamás, esos que dicen una cosa al terminar la proyección pero luego escriben/hacen pública otra radicalmente distinta, esos que dictaminan como si no existiese la hemeroteca (o el historial de las redes sociales); uno prefiere ser leal consigo mismo y, sobre todo, con aquellos que tienen la deferencia de otorgarle su fidelidad (incluso para opinar lo contrario, pero manteniendo la adecuada y deseada dialéctica, las ganas por seguir amando el cine).

 

PELÍCULAS ESPAÑOLAS E HISPANOAMERICANAS DESTACABLES:

 

-CARMINA Y AMÉN:

 

   Paco León se consagra como cineasta con una cinta que abunda y amplifica los méritos y hallazgos de su ópera prima, con un guión sutil que va variando el tono imperceptiblemente pero sin remisión, jugando sus bazas con enorme honestidad, encajando las piezas con maestría. Carmina Barrios es una fuerza de la naturaleza que demuestra tener más cualidades interpretativas de las que algunos pronosticaron o minusvaloraron, María León tiene un decir difícilmente imitable, Yolanda Ramos deja clara su categoría cómica logrando una secuencia antológica desde el mismo momento de su concepción y el elenco de secundarios (haciendo hincapié en el femenino porque es el universo que explora/muestra/quiere el director) confirma que Paco León tiene muy buen ojo y mejor mano para extraer lo mejor de cada uno de ellos (ellas, especialmente ellas).

 

-LA ISLA MÍNIMA:

 

   Aunque enfrentada a True Detective (por culpa de ellos mismos, por algunas cosas que se dijeron desde la producción, porque el propio director empezó a disculparse/distanciarse antes del estreno, por esa estúpida –pero creíble- anécdota que retrata a un Raúl Arévalo llegando un día al rodaje con fotografías de la todavía inédita serie de la HBO y clamando “¡Nos han copiado!” –muy creíble, repito, por el tono fatuo y sobrado del actor-), aunque los parecidos acaban en el minuto dos (y en una tradición en la que ambas se inscriben y que ninguna niega –aunque los complejos pudieron en el caso español y, al final, hubo muchos que vieron la película condicionados por la justificación no pedida de “nosotros ya estábamos rodando y, además, la idea es muy anterior”-), La isla mínima es una película sólida que se sostiene por sí misma y que sorprende por su buen gusto formal, por el cuidado con que está rodada (aunque, ya que ellos sacaron el tema, no se puede obviar que, aunque la serie en su conjunto no resulte tan esplendorosa como la mayoría ha aplaudido, la dirección de Cary Fukunaga en True Detective es una de las más apabullantes, portentosas y emocionantes vistas en los últimos cinco años y, sin paliativos, la más prodigiosa contemplada en 2014 en cualquier pantalla y/o formato), por el salto cualitativo que supone en la filmografía de Alberto Rodríguez, autor de filmes caóticos recubiertos con la pátina de “visión de autor”, remedos muy por debajo de la media de cintas de acción hollywoodienses. Una historia bien contada, con una atmósfera opresiva y a ratos irrespirable, con el tono y el ritmo preciso, que sólo hace aguas en el apartado interpretativo, base fundamental porque, como todos los grandes policiacos, como el género negro que sigue arrasando en ventas, importan tanto o más sus circunstancias, sus implicaciones, sus secretos, su pasado, el contexto social y geográfico en que se mueven que la propia investigación en sí: Raúl Arévalo vuelve a hacer gala de esa intensidad forzada que le caracteriza, lastrando y desequilibrando el tono contenido de un Javier Gutiérrez muy en la línea (él mismo lo ha declarado sin dolerle prendas) de un José Luis López Vázquez o del Alfredo Landa de El crack (1981); Antonio de la Torre (por fortuna no sale demasiado) vuelve a emplear los truquitos que le han otorgado prestigio y categoría de gran actor pero es barrido de pantalla por la fuerza de una apabullante Nerea Barros, quien merecería más tiempo (el propio personaje lo demanda), a la que le bastan dos miradas y su mera presencia para grabarse a fuego en la retina del espectador.

 

-RELATOS SALVAJES:

 

   Con la inevitable irregularidad de una película de episodios (en la que, sobre todo, falla el orden de los mismos, provocando más arritmias de las que serían perceptibles de estar colocados de otra manera), estos Relatos salvajes de Damián Szifrón suponen un huracán de aire fresco, una sátira despiadada y descarnada pero lapidariamente verosímil de la sociedad de cualquier país que se considere civilizado, un esperpento deformante que, al modo de Valle-Inclán, expone sin pudor nuestra miseria moral y lo mucho que esa gente obediente hasta en la cama que cantaba Jarcha aguanta, se reprime, no cae en la provocación (porque se sufren muchas a diario por parte de instituciones, organismos oficiales, políticos, potentados, vecinos, los que se llaman amigos, parientes, amantes). Sólo por su prólogo o por la cocinera a la que da vida una inmensa Rita Cortese merecería la pena recordarla pero, además, nos ofrece el mejor Ricardo Darín jamás soñado quien, encarnando a Bombita (por derecho propio, un hito, un personaje para la Historia), olvida sus tics o eso que algunos han dado en llamar “sentimentalidad” para despertar, progresivamente, incomprensión, fastidio, simpatía, empatía, aplauso enfervorecido.

 

-UNA MERIENDA EN GINEBRA:

 

   Rodada para TV3 y emitida en 2013, este año tuve ocasión de ver esta estupenda película de Ventura Pons con una prodigiosa Vicky Peña recreando a la maravillosa escritora Mercè Rodoreda y no me resisto a incluirla en este resumen para, como ya se hizo en su momento, animar a cualquiera que tenga acceso a ella a dejarse envolver por las palabras, por la personalidad de una autora a la que hay regresar las veces que sea necesario, al modo sencillo en que el cineasta explica su figura, su literatura, su vida, huyendo de cualquier pedantería o hermetismo, transmitiendo el amor por la letra impresa, la necesidad de abrir un libro sin didactismos ni reduccionismos.

 

PELÍCULAS ESPAÑOLAS E HISPANOAMERICANAS OLVIDABLES:

 

-OPEN WINDOWS:

 

   Nacho Vigalondo tiene que dejar su huella en cada fotograma que filma, pone el aparataje por encima de la historia, y en esta ocasión riza el rizo porque construye la película a través de una pantalla de ordenador en la que se van abriendo diferentes ventas, dificultando la mera lectura visual al espectador que no domine ese lenguaje, hastiando el ojo en el minuto cuatro, fascinado por lo que le parece ingenioso, sin preocuparse de la tensión, el misterio, la angustia que se supone quiere narrar y usar como base primordial de la cinta. No cabe duda que a Elijah Wood debió gustarle el guión (aunque considerar tal a lo que vemos traducido a imágenes), pero tal vez sería aún peor preguntarle por qué, ya que igual se pone a explicarlo.

 

-LA HERMANDAD:

 

   Nunca he ocultado mi predilección por El orfanato (2007), nunca he dudado de lo que me parecieron excelencias en su primer visionado, las que se han refrendado y reforzado con otro posterior, el modo en que supo beber de diversas fuentes y darles un aire personal, la escalofriante interpretación de Belén Rueda como columna vertebral de un filme perturbador y envolvente, y aún me reafirmo más cuando compruebo cómo, negándole el pan y la sal, se la copia, plagia, utiliza como base, se toma como modelo para entregar una película torpe, sin brío, facilona y previsible y, para colmo, con una Lydia Bosch a la que no necesitábamos recuperar.

 

-MAGICAL GIRL:

 

   Una Concha de Oro que, a buen seguro, dormirá el sueño de los justos dentro de poco (todo dependerá de lo que suceda con las nominaciones a los Goya –y con la entrega de premios), una de esas cintas que reclama ser considerada “cine de autor” desde el primer plano para situarse en una categoría inaccesible y, así, tener diseñada su defensa (basada en considerar inferior, no preparado, carpetovetónico y algunas lindezas más al que osa señalar al emperador desnudo). Un supuesto descenso a los infiernos que resulta frío, desangelado, alambicado y que no posee ni un ápice de fuerza, descontrol, furia, provocación ni osadía, una sinfonía monótona que sólo un entregado José Sacristán consigue dotar de veracidad e intención.

 

-OCHO APELLIDOS VASCOS:

 

   Un éxito de taquilla insospechado (en realidad, un fenómeno, eso es lo que nadie podía prever ni en el mejor de los sueños de sus artífices), una comedia que se limita a estirar unos cuantos tópicos y chistes manidos hasta la saciedad, imitando mal películas honestas y facilonas que tantos vejan y califican peyorativamente como “españoladas”, una cinta sustentada en un Dani Rovira que hace de Dani Rovira (fuerza y exagera el acento andaluz como máxima expresión de su comicidad, resultando el mismo en monólogos, series e incluso anuncios de televisión), una mera diversión que podría resultar simpática si no fuese tan plana, tan sosa, tan inane.

 

-LA VIDA INESPERADA:

 

   Un buen ejemplo de lo que es una película átona, que termina igual que empieza, que chirría en el minuto tres en su supuesta verdad, que es falsa porque se basa en estereotipos, en esquemas, que tiene todos los defectos en que cae Elvira Lindo cuando escribe para adultos y pierde la gracia y la acidez que caracterizan su gran creación de Manolito Gafotas, absolutamente impersonal, sin emoción ni gracia, lastrada además por un doblaje que ha uniformizado voces y tonos (más terrorífico que el utilizado en la década de los 70 cuando Nadiuska parecía a punto de recitar a Lope de Vega y todas las muchachas que lucían palmito hablaban igual), cuando los personajes, necesariamente, deben hablar idiomas diferentes. Raúl Arévalo, como ya se dijo antes, enerva más en su energía reprimida que cuando se desata y Javier Cámara poco puede hacer con un rol en el que se esfuerza lo justo (¡Gracias, Gloria Muñoz, por existir!).

 

PELÍCULAS EXTRANJERAS DESTACABLES:

 

-PHILOMENA:

 

   Stephen Frears hace una denuncia atroz, no se reprime, pero desde la elegancia y exquisitez, desde la invisibilidad, confiando en el magnífico libreto de Steve Coogan (también espléndido como actor, sosteniendo y apuntalando la creación de su compañera) y Jeff Pope, prodigio de sensibilidad y equilibrio, ejemplo de concisión, un alegato en primera persona que respeta la personalidad de su protagonista, a la que da vida una Judi Dench que vuelve a dejar pequeño cualquier adjetivo elogioso. Otra muestra de por qué la cinematografía británica (no importa el tamaño de la pantalla) sigue en lo más alto de la consideración del público y de la crítica que no tiene en cuenta nacionalidades para escribir antes de ver (ni después, que algunos pregonan lo contrario de que luego queda delatado en sus parrafadas).

 

-NEBRASKA:

 

   Un auténtico regalo de Alexander Payne, una cinta oxigenante, una ficción que parece un documental (o viceversa, nunca se sabe) que fluye, que acuna la retina, una absoluta belleza, un regocijo, un guión de Bob Nelson que parece no existir porque (aquí sí) es la vida la que pasa antes nuestros ojos, un Bruce Dern que nos conmueve, un Will Forte que quita el hipo (la generosidad hecha actor en uno de esos roles desagradecidos en los que nadie se fija a la hora de dar premios), una June Squibb inolvidable que no importa si no vuelve a rodar nunca más (aunque sí lo ha hecho) porque su nombre quedará en la Historia del Cine pasen los siglos que pasen.

 

-HER:

 

   Spike Jonze se olvidó de sí mismo, se puso al servicio de la historia, y con una dirección artística abracadabrante como máximo acierto, consiguió una película emocionante, a ratos dolorosa, en otros insoportablemente veraz, pero sin desbarrar, sin perder la mesura, trabajando lo subterráneo, sugiriendo y dando a entender. Joaquin Phoenix se despoja de su tendencia a la sobreactuación, de su querencia a dejarse llevar por lo esforzado, a dejar ver el truco, para estremecer con un mero movimiento de la comisura de los labios, para interpretar lacónicamente pero transmitir emociones hasta con el blanco de los ojos.

 

-DOS DÍAS, UNA NOCHE:

 

   Los hermanos Dardenne logran la fusión perfecta entre su estilo pseudodocumental, cámara en hombro, fagocitando a los actores, agobiándolos, haciendo notar su presencia, y la intencionalidad crítica y política de lo que quieren contar. Una cinta asfixiante, que hurga en las entrañas, que mete los dedos en la herida y escarba, que aborda el problema laboral desde todos los ángulos posibles y consiente que las diferentes posturas expongan sus razones, que rehúye los maniqueísmos, que habla a los espectadores sin paños calientes, una película que se vive y se sufre porque Marion Cotillard está en pantalla y su mirada, sus hombros, sus piernas, su respiración arrastran la condena de la humillación, la cruel ceremonia de sentir que pide limosna, la atalaya desde la que la miran los que podrían regalar su misericordia (y de este modo quieren que se reciba), la situación de penuria que comparte con sus iguales.

 

-AL ENCUENTRO DE MR. BANKS:

 

   Un deleite para cualquiera que ame Mary Poppins (la película de Disney, esa por la que estuvo peleando veinte años, de eso es de lo que se habla aquí), el regreso de la estimulante Emma Thompson a la liga de las grandes que nunca debió abandonar (aunque los que votan en los Oscar no se dieron por enterados), un Tom Hanks como pocas veces hemos visto (tal vez por eso tampoco fue candidato), una de esas cintas que han de ser calificadas como “de siempre”, “de toda la vida”, dicho con la boca muy ancha y con gran admiración.

 

PELÍCULAS EXTRANJERAS OLVIDABLES:

 

-CUANDO TODO ESTÁ PERDIDO:

 

   ¿Éste era el gran regreso de Robert Redford a la interpretación? Y no es que el hombre no se esfuerce pero, pobre mío, no merece la pena: una cinta muy fea (en el peor sentido: en el de filmada de cualquier manera, justificándolo todo en aras de la verosimilitud), aburrida, da igual que no se conozca El viejo y el mar para bostezar sin recato (pero si se conoce, aún peor).

 

-9 MESES… DE CONDENA:

 

   Un canto a la mueca, a la estridencia, a lo grotesco, lo peor de la comedia francesa reunido en una sola película, una absoluta sandez que convierte a los filmes de Louis de Funes en juguetes cómicos brillantes, un estupor al pensar que obtuvo el Cesar al mejor guión original y que la crispante Sandrine Kiberlain (en un registro al más puro estilo Kristen Wiig) arrebató el premio a Fanny Ardant, Bérénice Bejo, Emmanuelle Seigner y Catherine Deneuve.

 

-EN UN LUGAR SIN LEY:

 

   Puede que haga tiempo que Terrence Malick ha perdido el norte, pero eso no da carta blanca a nadie para plagiar su fantástica ópera prima –Malas tierras (1973)- y para colmo hacerlo sin ni un atisbo de su exquisitez, su riqueza visual, su manera de integrar los paisajes como un personaje más. Tampoco es fácil seguir el ritmo de Arthur Penn en su Bonnie and Clyde (1967), pero menos aún si piensas que Casey Affleck y Rooney Mara pueden cubrir las ausencias de Warren Beatty y Faye Dunaway.

 

-DOS MADRES PERFECTAS:

 

   Cómo destrozar un relato de la nunca suficientemente alabada Doris Lessing y quedarse tan panchos, cómo filmar una cinta pseudoerótica y resultar burda (¡Ay, esa Anne Fontaine!), provocar vergüenza ajena, incomodar porque ni el erotismo barato de algunas producciones para consumo rápido son tan patéticas, cómo desperdiciar el talento de dos actrices maravillosas como Naomi Watts y Robin Wright (quien ha tenido uno de sus años más catastróficos –aunque no levanta cabeza y sigue sin encontrar vehículos adecuados- al protagonizar ese otro engendro titulado El congreso, esa película que empieza de buena manera hasta que Ari Folman se aburre y empieza a experimentar y a repetirse-).

 

-BIG EYES:

 

   Tim Burton elige un drama para tratarlo casi como una comedia, dirige con desgana, sin implicarse, deja a la pobre Amy Adams (que hace todo lo que puede por insuflar verdad, que a pesar de lo que le rodea consigue algunos momentos a la altura de su grandeza interpretativa) al servicio de un desmedido Christoph Waltz, quien transforma al villano en una caricatura, diríase que está en una de Tarantino, gracias al cual ha ganado dos Oscar por hacer prácticamente lo mismo, con la salvedad de que en Malditos bastardos (2009) graduaba, sorprendía, creaba un personaje con tonos, luces y sombras, y en Django desencadenado (2012) repetía lo mismo sin saber pisar el freno, aunque lo de Big Eyes es, directamente, para reservarle el Razzie al peor actor no sólo de este año sino de muchas ediciones: su sonrisita no tiene nada (y debería) de meliflua, de encantador de serpientes, de seductor, de embaucador, porque es una mueca forzada que dice a las claras “hola, soy muy malo, pero mucho, mucho, pero nadie se da cuenta” (y de la parte del juicio, mejor no hablar). Una historia real apasionante y con muchos tintes sombríos y perversos queda reducida a una parodia sin sentido ni recato.

domingo, 28 de diciembre de 2014

"LA SEÑORITA JULIA": SEÑORAS ACTRICES


TÍTULO ORIGINAL: Miss Julie DIRECCIÓN: Liv Ullmann GUIÓN: Liv Ullmann (basado en la obra de teatro homónima de August Strindberg) FOTOGRAFÍA: Mikhail Krichman MONTAJE: Michal Leszczylowski REPARTO: Jessica Chastain, Colin Farrell, Samantha Morton, Nora McMenamy


   El rostro de Liv Ullmann, su presencia, el modo en que abordó los diferentes cometidos que el que con toda justicia ha de ser considerado su Pigmalión cinematográfico le fue encomendando a lo largo de las diez ocasiones en que trabajaron juntos para la gran pantalla (y da igual que el origen de dos de los proyectos fuese televisivo porque uno –Secretos de un matrimonio (1973)- fue reconvertido en film comercial por su propio hacedor y otro –Saraband (2003)-, la última vez que coincidieron, la historia que posibilitó que la actriz volviese a serlo tras años de dedicación exclusiva a la dirección, fue estrenado en los cines de varios países, España entre ellos), la manera en que la intérprete expresa, matiza, da vida a sus personajes sirve para definir la cinematografía de Ingmar Bergman, sus diferentes tonalidades, los temas que le interesan y en los que escarba sin piedad, exponiendo tormentas morales, anímicas y afectivas sin que le tiemble el pulso pero sin abandonar una elegancia formal a la que imprime hondura, vehemencia, dramatismo, humor cuando es necesario (sí, Bergman tiene mucha sorna, es tremendamente irónico, ácidamente crítico con costumbres y rituales, con los poderosos, los perversos subidos a las tribunas u ocultos en la aparente paz familiar, pero destila su mordacidad con cuentagotas, no busca la carcajada sino la amarga sonrisa que a veces pesa como una condena, se acepta como una penitencia), una medida y deseaba imperturbabilidad que sólo alteran a veces las múltiples corrientes subterráneas que recorren sus fotogramas, una frialdad de estilo que no evita latigazos, duelos inacabables, llagas supurantes, dolores ancestrales, miedos patológicos, culpas que abaten como losas, crueldades despiadadas, susurros del pasado que intentan acallar el grito que pugna por estallar, ese que no suena pero no deja de sacudir el alma (es una tradición muy arraigada en las diferentes formas de narración de lo que solemos denominar “la Europa del Este” -englobando en la misma en ocasiones a los países nórdicos, con su propia idiosincrasia pero con muchos puntos en común-, la que recoge con acierto la muy interesante Ida (2013), tal vez demasiado glorificada por los que añoran esta manera de contar, muy alabada como novedad y ruptura por los que ignoran quiénes fueron Dreyer, Troell o el propio Bergman). En manos del maestro sueco, los actores llevan hasta extremos casi imposibles el comedimiento, el hieratismo, la inexpresividad para, así, baquetear con más virulencia el ánimo del espectador, inocularle profundamente sus pasiones, ausencias, incapacidades emocionales, castraciones mentales, el amplio abanico de emociones que se reprimen en los interiores (precisamente el título de una de las grandes películas de Woody Allen, homenaje confeso a Bergman, demostración palpable de su enorme talento a la hora de radiografiar grupos familiares, constatación de lo bien que había aprendido la lección), sutileza y exquisitez interpretativa que Liv Ullmann ejemplifica como pocas (y que una Ingrid Bergman a la que tales características no lo eran ajenas supo reverdecer en uno de los duelos más impactantes que puedan contemplarse, un prodigio de equilibrio que sabe dónde incidir, en qué momento preciso descontrolarse, para que la disonancia chirríe lo conveniente pero sus efectos se perciban con más aspereza en la tensa calma en la que se enfrentan las dos mujeres de Sonata de otoño (1978), amargas, cargadas de reproches, deseosas de un cariño que no saben expresar, una madre desabrida porque no quiere resultar débil, porque es competitiva hasta la médula –especialmente consigo misma, con la imagen que desea proyectar-, una hija que quiere comprenderla, conquistarla, hacerse querer, pero a la que no han enseñado a amar).

   Y puede decirse que la alumna ha igualado al maestro en el sentido de saber aplicar sus enseñanzas, de no resultar un mero remedo, una pálida copia del talento de aquel, puesto que su reconversión en directora de cine posee ecos bergamanianos, intereses parejos, delicadeza y buen gusto a la hora de filmar, preocupación por lo que sucede y cómo afecta a los involucrados, un bagaje cultural que no interfiere ni pesa, que no estorba al no iniciado, una querencia por determinados asuntos que, en realidad, quedan englobados en esa categoría que hemos dado en llamar “los universales”. Y ahora se ha atrevido con uno de los textos capitales de un autor al que Bergman puso sobre las tablas en más de una oportunidad y al que consideraba “un compañero de viaje a lo largo de mi vida", a pesar de que "a veces me inspiraba una especie de repulsión y otras me atraía”, y todo porque “expresaba unas emociones que yo también sentía, pero que era incapaz de formular": August Strindberg y La señorita Julia, una obra compleja, con múltiples aristas, todo un catálogo de misoginia, una mirada cargada de crueldad sobre las clases pudientes del momento (escrita a finales de XIX) pero que tampoco tiene misericordia con las trabajadoras, un texto por momentos abstruso puesto que él mismo habló de una “lucha de cerebros”, de un enfrentamiento entre psicologías, enredado a veces en lo metafórico, en lo que los personajes simbolizan, poniendo el foco en el significado y descuidando la acción en sí (llegó a reconocer que “el diálogo anda sin rumbo” porque, exacerbando los postulados naturalistas bajo los que escribió esta obra, quería ser muy realista y no pautar ni determinar comportamientos imprevisibles). Liv Ullmann firma también la versión del texto y le aporta una luminosidad inusitada, una claridad que, sin traicionar los postulados de Strindberg ni los trazos con los que caracteriza los tres roles, le permiten ir más allá para equilibrar un tanto el pie forzado y el desafuero originales, especialmente gracias a los insertos relacionados con la criada, pieza básica pero que desaparece demasiado en escena y que aquí supone una nueva perspectiva para abordar el estudio de lo que sucede en esa noche de San Juan.

   Uno de los máximos aciertos de la película es encomendar un rol de semejante calibre y en el que es muy fácil desbarrar o llevar por caminos absurdos (no hay más que recordar la manera fatua con que quiso darle vida Magüi Mira, pareciendo más la reina de Saba que una mujer tormentosa y atormentada) a una actriz que continúa demostrando es capaz de salir airosa del reto más estrambótico y que ya posee un aura legendario comparable al de Meryl Streep a pesar de haber debutado en cine hace apenas siete años: Jessica Chastain (de la que se espera con impaciencia El año más violento (2014) por la que algunos pronostican, incluso, ese Oscar que parece reacio –perderlo ante la Jennifer Lawrence de El lado bueno de las cosas (2012) es un mal chiste que, tal vez, Hollywood comprenda algún día- pero que nadie duda terminará por lograr). En manos de la californiana, la señorita Julia resulta vulnerable sin perder su altivez, la atalaya desde la que se ha acostumbrado a regir los destinos de los demás, expresa con dolor su dicotomía entre lo que le han dicho que merece y su incomprensión hacia sí misma, a ratos conmueve y en otros espanta, se comporta con histeria, adquiere un tono irritante como el de una cuerda de violín desafinada, la muestra cruel cuando es conveniente y víctima cuando es necesario contemplar el envés, la hace comprensible porque la humaniza, porque le inyecta sangre, veracidad, sentimientos que sólo una intérprete tan inteligente y osada puede concretar en unas cuantas secuencias, asumiendo su parte de culpa, sembrando interrogantes que ya Strindberg desplegó en su día. La excelencia de Jessica Chastain encuentra un contrapunto insólito en una Samantha Morton que olvida su cansino repertorio de muecas y sonrisitas para construir un personaje que conmueve, interesa y amplía el horizonte del original, aportando con su mera presencia o con el recuerdo de la misma una mirada de censura hacia lo que está ocurriendo, una reprensión callada pero decisiva e irrebatible, una brisa suave pero irresistible que por un lado apuntala y hace más palmaria la atmósfera opresiva y claustrofóbica y por otra imprime nuevos bríos a la historia. Sin embargo, el verdadero antagonista, el que debería ser un motor de cilindrada pareja al que da nombre a la cinta, ese complemento desde la oposición, ese polo opuesto que marcha al mismo ritmo pero por un camino divergente (de ahí la complejidad añadida de conseguir una pareja de actores que se entiendan desde lo distinto, que creen química donde no debe existirla –han de ser sutiles donde Strindberg exige desbordamiento-), es decir, Colin Farrell está muy por debajo de lo que su papel requiere (como le sucedió a Raúl Prieto, muy desubicado al enfrentarse a una más que meritoria María Adánez cuando Miguel Narros repuso la función en 2008, mientras que José Coronado era una grata sorpresa en el montaje dirigido por Miguel Hernández en 1993 y que se mencionó antes al hablar de Magüi Mira); aunque la directora consigue quitarle ciertos vicios y fruncimientos de cejas (su recurso habitual para intentar expresar emociones), Farrell se muestra en todo momento incapaz de seguir el ritmo marcado por Chastain y tampoco consigue encajar con Morton, por lo que su presencia (casi constante) lastra el conjunto, ofreciendo una blandenguería que no casa con el personaje encomendado (cometido en el que brilló un muy acertado Peter Mullan en la versión un tanto abigarrada y forzada que dirigió Mike Figgis en 1999 y que coprotagonizó Saffron Burrows).

   Liv Ullmann orquesta con pericia y sencillez una cinta que juega sus bazas con acierto, sabiendo pasar de lo necesariamente teatral a otros escenarios sin que se note el esfuerzo o el añadido, confiando en la vehemencia del texto y en el buen hacer de los actores, imposible de refrenar en algunos tramos la primera (aunque ha conseguido limar ciertas disonancias sin que se note el trabajo), inalcanzable en lo que al protagonista masculino se refiere lo segundo. Por lo demás, estamos ante una película que, a buen seguro, hubiese hecho pasar un buen rato a Ingmar Bergman (quien, además, hubiese aplaudido las variaciones que, sin caer en el extremo contrario, sacan los colores a la clarísima misoginia de Strindberg).  

viernes, 19 de diciembre de 2014

"RELATOS SALVAJES": GOLPE A GOLPE, CUENTO A CUENTO


 

 
 
DIRECCIÓN: Damián Szifron GUIÓN: Damián Szifron MÚSICA: Gustavo Santaolalla FOTOGRAFÍA: Javier Juliá MONTAJE: Pablo Barbieri Cabrera, Damiñan Sziforn REPARTO: Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Érica Rivas, Óscar Martínez, Rita Cortese, Julieta Zylberberg, Darío Grandinetti

 

   De pronto, la actualidad copia una película, lo que en realidad demuestra el acierto de los que pusieron en pie una historia que pretendía ser un reflejo de lo que sucede: Relatos salvajes (un film compuesto por seis episodios) da rienda suelta a la indignación, el hartazgo, la incomodidad, la necesidad de decir “basta ya” en muchos momentos, no sólo ante altas instancias, instituciones, aparatos burocráticos, entidades, empresas, entes abstractos que ejercen su poder, sino ante el rechazo, insulto, desprecio, crueldad, burla, injusticia cometida por el semejante, por el de al lado, por el cercano, por el considerado amigo, por la persona amada. Y no es necesario compartir las reacciones, los comportamientos, los estallidos para sentirlos como propios, comprendiendo que cuando a uno le oprimen, comprimen y reprimen, cuando sólo se sienten golpes, sangrías económicas y vitales, cuando los muros cercan y aplastan, cuando no hay diálogo posible (se niega, se evita, la única respuesta es un círculo vicioso), a veces sólo queda transformarse en un personaje kafkiano y sufrir/consentir las consecuencias, intentar sobrellevarlas con resignación (lo que provoca frustración e ira con y hacia uno mismo) o permitirse una vía de escape por el lado más bravío sin importar lo que venga después (porque lo del coche que hace unas horas se empotraba en la sede del PP en la calle Génova de Madrid parece una acción llevada a cabo por el personaje que interpreta Ricardo Darín en esta cinta que, además, hoy mismo se ha sabido está entre las seleccionadas por la Academia de Hollywood para seguir en la carrera por el Oscar destinado a las producciones en lengua no inglesa –la opción española, Vivir es fácil con los ojos cerrados de David Trueba, ha sido descartada-).

   Con un tono claramente paródico y desopilantemente tremendista, equilibrando la exageración esperpéntica con el apunte del natural, exacerbando tonos, situaciones y personajes reconocibles pero sabiendo en qué punto frenar para no terminar prisionero del hallazgo, de la gracieta, de la chispeante ocurrencia, a veces con ecos de Julio Cortázar o José Saramago, con una profundidad e intención crítica y/o sarcástica que no ahoga lo meramente divertido, la comedia física, el absurdo cotidiano, Damián Szifron reúne en Relatos salvajes seis metáforas de la realidad (tal y como él las ha calificado) que no tienen tapujos en mostrar a las claras lo mucho que tienen de lo segundo por más que pueda dolernos, perturbarnos, inquietarnos, avergonzarnos, y en ese reconocimiento despiertan nuestra empatía, nuestra hilaridad, nuestra participación, nuestra admiración. Aunque una película de episodios es irregular casi por definición, porque siempre habrá uno que nos toque más, que se erija como favorito, que nos marque de manera especial, lo cierto es que el cineasta y guionista mantiene bastante bien el tipo durante todo el metraje, a pesar de que una de las historias (La propuesta, protagonizada por Óscar Martínez) no tiene el desarrollo adecuado para entroncar con el resto (pierde fuelle en su avance y desperdicia la posibilidad de aplicar su afilado escalpelo en una familia adinerada cuyo patriarca está dispuesto a salvaguardar a su retoño sólo hasta cierta cantidad de dinero) y que el último tramo (Hasta que la muerte nos separe) se alarga demasiado, pudiera pensarse que no sabe cómo terminarla, y ahí es donde se agudiza la única rémora que puede reprocharse a la película: otro orden de los episodios hubiera potenciado las virtudes y aciertos del conjunto, especialmente si se hubiera dejado como colofón el brillante Bombita con un espléndido Ricardo Darín alejado de su afectación habitual, controlando tonos y haciendo uso de su mejor vis cómica, poniéndose en la piel de un sufrido ciudadano, dando voz en pantalla al común de los mortales (y, tal y como se señaló antes, aunque se imponga el raciocinio –o el conformismo, la obediencia, el comulgar con ruedas de molino-, aunque la reacción pueda ser calificada como desproporcionada o salvaje, lo cierto es que hay muchos Bombitas en ciernes o que, sin recurrir a procedimientos tan drásticos, se van cobrando las deudas del ánimo, que son las que más intereses de demora generan).

   El breve prólogo que sirve como presentación (Pasternak) es tan efectivo, tan rápido, tan hilarante, que hace temer que lo venga a continuación no esté a la altura, pero en cuanto comienza Las ratas y entra en escena la maravillosa Rita Cortese (una de esas comediantes que dice con naturalidad, tomándose el género en serio, interpretándolo como si no le costase) los enteros siguen subiendo (y qué chiste personal pero inolvidable supone que el ser abyecto de la historia se apellide Cuenca -¡Gracias, Damián Szifron!). El más fuerte es una especie de vuelta de tuerca de ese hito llamado El diablo sobre ruedas (1971) que supuso el debut cinematográfico del gran Steven Spielberg, un absurdo desgraciadamente real que podría suceder más veces de lo deseado, una oportunidad para Leonardo Sbaraglia de quitarse de encima muchos de sus tics y transformar su sonrisa meliflua y relamida, su sempiterno gesto entre cautivador y amoroso, regalo que no desaprovecha para ofrecer en pocos minutos y con enorme sencillez interpretativa las dos caras de la moneda sabiendo resultar, al mismo tiempo, víctima y verdugo, atacado y atacante. Bombita, estratégicamente situada en el centro de la cinta, merecería ser el remate, poner el punto y final en todo lo alto, mantener en el ánimo del espectador el aplauso y las carcajadas que provoca, mientras que La propuesta rompe la atmósfera conseguida y Hasta que la muerte nos separe recupera pulso y mordiente a pesar de esas pequeñas arritmias que le afectan en cierto momento.

   Damián Szifron confía en el texto, en lo que cuenta, en sus actores, en sus personajes y en lo que éstos representan y se gana el favor del público con ingenio, con honestidad, con sorna, con inteligencia, al margen de con su eficacia como montador y su medida pero rotunda audacia como cineasta, imponiendo el tono que desea, el que Relatos salvajes precisa, pero sin recrearse en la suerte. Los efectos de su estupendo trabajo se perciben en la sala en cuanto comienzan a aparecer los créditos: algarabía, mil comentarios, aquiescencia, una película que se gana de inmediato su lugar en la memoria y el corazón del espectador.

  

 

martes, 2 de diciembre de 2014

"PERDIDA": DESORIENTADA Y SIN BRÚJULA







TÍTULO ORIGINAL: Gone Girl DIRECCIÓN: David Fincher GUIÓN: Gillian Flynn (basado en su novela homónima) MÚSICA: Trent Reznor, Atticus Ross FOTOGRAFÍA: Jeff Cronenweth MONTAJE: Kirk Baxter REPARTO: Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris, Tyler Perry, Carrie Coon, Kim Dickens

   Una novela se escribe para ser leída una vez, una película se filma para lo mismo, es cierto, y si ese primer visionado (quedémonos en lo cinematográfico, pero no perdamos de vista que lo que decimos es extrapolable a lo literario, puesto que en este caso ambas cosas están muy interrelacionadas –como tantas veces-), esa experiencia es placentera, divertida, sorprendente, satisfactoria, nada obliga a una revisión, no hay por qué enfrentar el recuerdo al paso del tiempo, pero el analista, el investigador, el que trabaja con el arte, se ve obligado a regresar a lo ya conocido, a contemplarlo bajo los prismas de cada momento para comprobar/confirmar/acreditar su vigencia, su perdurabilidad (o falta de ella), a poner en común obras similares o totalmente opuestas, a encuadrar cada una dentro de su corriente, su género, la trayectoria de su autor, miles de variables que ayudarán a conformar una opinión contrastada, ni superior ni inferior a ninguna otra, pero la deseable en alguien que asume su tarea con profesionalidad, sentido del rigor y preparación (lo que, por otro lado, no debería ser óbice para que expresase/mantuviese/incluyese su visión como mero espectador, las emociones como fluyen sin coartadas, sin prejuicios, sin adscripciones, sin influencias –de esa dialéctica entre una parte y otra resultan conclusiones muy certeras y dignas de tener en cuenta, sin necesidad de adoctrinamientos o dogmatismos, rémora y peligro del oficio crítico-). Y esta reflexión viene al hilo porque, a la hora de juzgar una obra sustentada en una sorpresa (o varias), en un giro que da la vuelta al argumento, en un golpe de efecto que descoloca las piezas que el espectador creía tener ordenadas, en un abracadabrante desenlace, en la repentina e inesperada inserción de un elemento que obliga a repensar toda la narración, no siempre se juega limpio con la platea, no siempre se es honesto, no siempre se siembran las pistas correctas, la mayoría de las ocasiones se trata de un rapto de ingenio más o menos acertado o verdaderamente deslumbrante (un destello, puede, pero sabe fascinar por un rato) que desbarata lo conseguido hasta el momento, que decepciona, que hace trampas, que se salta sin comedimiento la verosimilitud, que provoca interrogantes de estupor e incredulidad, que conlleva ese ejercicio de repaso, de reconstrucción (que demasiadas veces precisa la propia obra para intentar justificarse), incluso de reconocimiento de la argucia, alterando lo ya expuesto para ajustar la historia a la conveniencia del autor, quien cree demostrar su superioridad a base de vulnerar ciertos derechos del público (al que le gusta ser engañado pero no ser tomado por tonto o comulgar con ruedas de molino –bueno, hay ciertos fanáticos de algunos “autores” que se lo consienten todo, pero ese es asunto para otro día-).
   Perdida, la novela de Gillian Flynn, se sustenta en un alarde literario bastante sólido, dos narraciones que se alimentan aunque transcurren en paralelo y desconociendo la existencia de la otra, dos voces muy bien trazadas con mano vigorosa y firmeza en forma y fondo, un texto bien armado que fluye y atrapa, que crea una atmósfera ambigua y que obliga al lector a ir posicionándose en uno u otro lado según las versiones difieren y los personajes se muestran con todas sus sombras; ese es, precisamente, el máximo acierto de la escritora: el matrimonio que protagoniza la historia (la mujer perdida y el hombre que no la encuentra) habla en primera persona sin tapujos, disecciona sus pensamientos, rebusca en sus rincones más ocultos, hace prospecciones en sus oquedades más profundas, sin que el principal sospechoso haga nada por resultar simpático, siendo el primero que socava su supuesta inocencia, muy frágil, en precario equilibrio, casi impeliendo al lector para que demuestre su culpabilidad y, así, evitarle el calvario, aunque tampoco la posible víctima (a través de un diario que da a conocer el pasado de la pareja) desarrolla empatía porque es altiva, despectiva, un tanto ególatra, soberbia, convencida de sus capacidades, en definitiva, Flynn ha sabido dotar de entidad y matices a sus personajes, jugando con las palabras, con los tonos, con el modo de contar. A la hora de transformar su texto en guión (ese paso que muy pocos escritores saben dar, especialmente complejo en este caso porque, como señalamos, Perdida está endemoniada y admirablemente para ser leída), la autora ha optado por suprimir la voz del personaje masculino, dejando tan sólo la del rol femenino, desequilibrando la historia, tomando un claro partido, casi indicando al espectador lo que debe pensar/esperar, cayendo en un efectismo que se evitaba con bastante pericia en el original (no hay una única sorpresa, aunque sea una la que actúe como fuerza perturbadora, pero la tensión se mantiene una vez ésta queda a la luz y deja sentir sus efectos) porque fílmicamente todo se fía al giro, al quiebro forzado y exagerado por cómo se inserta y muestra, por cómo se explica y ofrece (al margen de que, desde ese momento, todo resulta excesivamente gráfico, nada sutil, muy alejado del tono malsano que va alternando diferentes gradaciones de negrura para no tambalearse y que dota a la novela de viveza para que se siga leyendo no dando nada por cierto).
   David Fincher opta por una dirección muy distante, ciertamente fría, que al menos aleja las tentaciones de abigarramiento y truculencia que tanta fama le han dado, el subrayar su presencia en cada secuencia que tanto lastra lo que en otras manos podrían haber sido, a buen seguro, filmes realmente estimulantes y menos epatantes, el estrépito con que estrella trayectorias interesantes como las de Seven (1995) o The Game (1997), el peso con que lastra e impide despegar planteamientos apasionantes como los de La habitación del pánico (2002) y sobre todo Zodiac (2007), el modo en que es incapaz de aportar algo propio al verborreico y engreído libreto de Aaron Sorkin para La red social (2010) –aunque es lo mejor porque bastante aparataje trae de por sí el guión como para que él se hubiese puesto a rizar el rizo como sí ocurrió en El club de la lucha (1999), exacerbando la crispación y haciendo más patente lo inane, facilón y pretenciosamente provocador del texto de Palahniuk-; al no tener voz narrativa que sustente y conduzca todo lo que se refiere al personaje masculino, al estar tan marcada la presencia de la voz femenina, al haber tanta disonancia entre las dos piezas del puzle, el artificio pergeñado por Gilian Flynn (ingenioso sin duda, pero falto por momentos de la solidez de Agatha Christie, capaz de saltarse las convenciones del género, de inventar otras, pero que en sus obras mayores –y en muchas de las demás-, en aquellos títulos que la han convertido en imprescindible, espejo y guía, maestra que aún deja con la boca abierta, siembra el camino de detalles que podrían hacer que el lector imagine/intuya/averigüe lo que está por suceder o lo que ha sucedido), lo que leído despierta interés es absurdamente rutinario, ramplón, creando socavones bien cubiertos de cemento en el original, explicaciones que sería fácil ofrecer en pantalla para no dejar el argumento tan desguarnecido, tan sin fuelle, tan al aire. En este sentido, la interpretación plana y sin aristas de Ben Affleck, su escasa talla como intérprete (descendiendo y en caída libre, todo lo contrario a los talentos que va demostrando como director), la abulia con la que asume su cometido (y no, no es algo del personaje: es que él no es capaz de nada más) contrasta con el despliegue efectuado por la siempre eficaz y en ocasiones brillante Rosamund Pike –Orgullo y prejuicio (2005), An education (2009), haber tenido la fortuna de disfrutarla como la Madame de Sade de Mishima junto a la maravillosa Judi Dench refrendan la admiración por esta actriz a la que ahora tantos descubren-, quien consigue sortear los escollos de un rol desdibujado, a ratos grotesco, que ha perdido el brío y sus variadas facetas en el traspaso al celuloide, carencia en la que también embarranca el estupendo Neil Patrick Harris, puesto que, aunque se aplica a la tarea con su solvencia habitual, no puede desplegar su versatilidad y multiplicidad de tonos, algo que hubiera sido sencillo de haber respetado la ominosa ambigüedad de su personaje (del mismo modo, es una lástima cómo desperdicia la apasionante nómina de secundarios que enriquece y dota a la trama original de verosimilitud, ampliando la paleta de colores, añadiendo matices).
   Queriendo huir de las convenciones del género, seguir su propio camino, establecer otras, destacar, Perdida abunda en muchas de ellas, pierde aciertos del original, agranda errores, cae en otros que eran inexistentes y, por encima de todo, olvida la máxima casi diríase imprescindible: el espectador no puede quedarse con cabos sueltos, reclamando explicaciones que no se dan, dinamitando con continuos interrogantes hechos sin lógica.