lunes, 16 de febrero de 2015

DIRECTORES NOMINADOS OSCAR 2014: SIEMPRE NOS QUEDARÁN LOS BRITÁNICOS (AUNQUE NO LO SEAN)



  

 Aunque algunos simplistas tiendan a decir tres o cuatro frases hechas y a darlo todo por hecho, resulta difícil concretar cómo ha de ser una dirección para merecer un lugar en la final de los Oscar y llevarse el gato al agua: depende de cómo se haya dado el año, de lo que se vea bien premiar en ese momento, a veces de la trayectoria del galardonado, otras del nombre adquirido o de la novedad aportada, imposible trazar un retrato robot porque no se puede resumir en la misma sentencia lo que supuso el triunfo de Steven Spielberg con La lista de Schindler (1993), las cuatro estatuillas del maestro John Ford (ninguna por un western, por cierto), por qué George Stevens fue el único que hizo diana el año en que Gigante (1956) competía con diez candidaturas y, dentro del mismo análisis, cómo es que Alfred Hitchcock (por citar un solo nombre entre tantos históricos olvidos, ninguneos o demás cegueras) jamás vio recompensado su talento. Por lo tanto, como otras veces, pasemos revista, de uno en uno, a los cinco nominados de esta edición en la categoría de mejor dirección, esbozando sus personalidades, dando un primer apunte, dejando lo demás para el comentario relativo a los filmes seleccionados para optar al premio gordo:
WES ANDERSON POR EL GRAN HOTEL BUDAPEST:
   Uno de esos creadores que, a pesar de contar con el aplauso generalizado de la crítica y con la (supuesta) admiración de la industria, con un bien ganado prestigio entre la profesión, siempre quedaba un tanto relegado a la hora de hacerse un hueco entre los candidatos al Oscar, mencionado sólo como guionista o como autor de una estupenda y sorprendente cinta de animación que hubiese merecido mejor fortuna, no sólo a la hora de cosechar nominaciones: Fantástico Sr. Fox (2009). Por fin ve recompensados sus esfuerzos (y llega, además, muy respaldado por el Globo de Oro a la mejor comedia y/o musical del año) gracias a una cinta que inició su carrera comercial con la fortuna de obtener el Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín de 2014, una de esas locuras visuales que sabe trenzar con brío, uno de esos vehículos para su abracadabrante estilo, una constante caja de sorpresas que termina deviniendo en lo repetitivo y lo hueco (el guión es demasiado esquemático, lo cifra todo a la complicidad de los espectadores, se dirige a los incondicionales), un envoltorio muy elaborado que no fatiga la pupila, sabiendo ser barroco sin resultar histriónico, pero perdiendo fuelle según avanza el metraje.
-ALEJANDRO GONZÁLEZ IÑÁRRITU POR BIRDMAN:
   Tras dejar sin aliento con Amores perros (2000), cinta desbordante, a ratos histérica, tremendista sin recato pero con tiempo para la calma tensa del episodio central (esa joya con tintes cortazianos), el cineasta mexicano ha ido acuñando y retorciendo un estilo cada vez más enfático, más falsario, menos creíble, exagerando sus denuncias hasta estrellarse en lo grotesco, lo forzado, subrayando cada secuencia, haciéndose presente en cada toma, imponiéndose a la historia. Con Birdman quiere rizar el rizo de fingir un casi continuo plano secuencia, dejándolo todo en manos de una coreografía que va en contra de la pretendida (y pretenciosa) naturalidad, de la veracidad que reclama, exhibe y glosa como su mayor aporte, creyendo que el ritmo es cuestión de gritos o de movimientos esforzados de cámara, pensando que hemos olvidado a Hitchcock, Wells, Mankiewicz o, muy especialmente, a Cassavetes.
-RICHARD LINKLATER POR BOYHOOD:
   Un cineasta reputado, un nombre al que siempre suele etiquetarse como creador, innovador o adjetivo similar, un director cuyo mayor mérito es saber desaparecer, desarrollar un estilo personal que no se percibe, que sobrevuela, que imprime carácter sin opacar (todo lo contrario a su máximo competidor en esta noche, es decir, al anteriormente citado Iñárritu –aunque parece que las apuestas se han inclinado a su favor, lo que es todo un alivio porque, al menos, se está premiando a un artesano, a alguien capaz de dar forma a lo volátil, a lo etéreo, a lo anecdótico, sin abandonar la sencillez expositiva y formal), un artista inquieto al que se está aplaudiendo y glorificando por una idea, un esfuerzo, un canto a la fidelidad, lo que se quiere, pero no por auténticos méritos cinematográficos (los que sí quedaban claros en Antes de amanecer (1995) y, aunque en menor medida, en sus dos secuelas). Dejándose llevar por su empeño en reflejar las rutinas de la vida, los momentos vacíos o intrascendentes, la ausencia de lo extraordinario (lo que sin duda consigue, no como en Bridman), olvida que eso debe narrarse (lo que se ha hecho en otras ocasiones e incluso con brillantez), que está filmando una película, que debe contar algo, que no se trata de que el espectador lo ponga todo (por reconocimiento o por lejanía).
-BENNET MILLER POR FOXCATCHER:
   Con apenas cinco títulos (dos de ellos, documentales), este neoyorquino se ha labrado un prestigio gracias a Truman Capote (2005) y a su posterior colaboración con el sobrevalorado guionista cinematográfico (lo de televisión es otra cosa) llamado Aaron Sorkin en la agotadora y muy pagada/pegada a un código excesivamente restringido Moneyball (2011). Poseedor de unas ínfulas autorales que superan a las de Iñárritu (el tufillo intelectualoide ahoga las pituitarias del que observa sin dar tregua –al menos el mexicano intenta hacer un cine a pie de calle, obviando las referencias, en parte porque todo lo ofrece como hallazgo o invento propio, pero sin cargar las tintas en ese aspecto-), Miller diseña sus filmes para dejar claro lo mucho que sabe, lo inteligente que es, el subtexto que posee, lo bien que maneja las elipsis (que es, por cierto, lo que con más elegancia y estilo se sabe hacer en Birdman –qué paradoja: justo cuando se deja claro que el plano secuencia es fingido es cuando mejor se explica y menos exagera-), en definitiva, abigarrando la narración, haciéndola compleja a fuerza de negar información, jugar al despiste, consentir que Steve Carell perpetre la que tal vez esté destinada a perpetuarse como peor interpretación del siglo (de éste, del pasado o de los que estén por venir).
-MORTEN TYLDUM POR THE IMITATION GAME:
   Al modo en que hiciera el taiwanés Ang Lee en la esplendorosa, vivificante y mágica Sentido y sensibilidad (1995), continuando el camino trazado por la danesa Lone Scherfig en la contundente y deliciosamente perversa An education (2009) -¡Menudo caramelo envenenado! ¡Qué cargas de profundidad sabía lanzar!-, el noruego Morten Tyldum sabe captar esencias, recoger tradiciones, mimetizarse con un estilo y una manera de hacer a priori ajenos para construir una película bendita, asombrosa, necesaria y cautivadoramente británica, un prodigio de elegancia, buen gusto, sabiduría para narrar una historia compleja, con muchas aristas, con diferentes tonos, alternándolos con maestría, dotando a la narración de un empuje y una capacidad hipnótica que la transforman en una de las experiencias más gratificantes que pueda vivir un espectador en estos momentos.

domingo, 8 de febrero de 2015

GOYAS 2014: MEJORANDO, PERO BAJO MÍNIMOS



  



 Aunque ya lo he comentado en alguna ocasión (pero nadie tiene la obligación de leer todos mis desvaríos y, por otro lado, algunos se encuentran en redes sociales a las que sólo tienen acceso los contactos que uno elige), comenzaré diciendo que no comparto los discursos triunfalistas en torno a la cosecha de cine español durante 2014; me alegra muchísimo que la cuota de espectadores haya sido tan alta, que se haya recuperado la afición, la costumbre, las ganas de ver películas hechas aquí, incluso aunque algunas (especialmente el fenómeno social, la que ha batido récords, la que ha superado cualquier expectativa –es decir, Ocho apellidos vascos-) me resulten un auténtico dolor, sobre todo por ese empeño de la crítica especializada por ponerse del lado del caballo ganador, negando en ocasiones lo publicado y opinado anteriormente sobre títulos similares: el público es muy libre de elegir lo que desee, tiene todo el derecho del mundo y hay que darle oportunidades (porque lo de la distribución y exhibición es para tratarlo en profundidad un día de estos), porque no es de recibo negar la mayor sin otro argumento, ser categórico e incluso denostar sin conocer (porque se alardea de no verlo, de no pagar, se mete todo en el mismo saco, pero no se deja de vilipendiar y escupir sobre lo que, se pongan algunos como se pongan, es cultura –sí, va por ti, Alfonso Ussía (y por tantos de tu cuerda)-), no es posible decir “no me gusta el cine español” (o de cualquier otra nacionalidad) porque, en contra de lo que algunos piensan y otros difunden, no todas las películas son iguales, aunque haya rasgos que las caractericen, que las identifiquen como inequívocamente nuestras (lo mismo pasa con Francia, Italia, Gran Bretaña, Suecia, Argentina e incluso EEUU: hay señas de identidad, idiosincrasias, un aire común). Pero esos buenos augurios en lo que a taquilla se refiere (deseables y cada vez más comunes, ojalá siga la tendencia en 2015 y años venideros) tampoco pueden despeñarnos por la errónea deriva de aplaudir todo como si no hubiese un mañana, de repetir loas y elogios que suman tres y cuatro aumentativos por adjetivo, de pontificar como si no hubiese un pasado, unas tradiciones, unos pioneros, unos géneros, de querer descubrir cada día al nuevo maestro (sea en el ámbito que sea: dirección, interpretación, fotografía, música), de contagiarse del entusiasmo, de responder a intereses meramente comerciales, de agradecer la publicidad contratada, de rendir pleitesía al amo, y no tolerar ni la más mínima palabra disonante ni la crítica más velada o la puntualización menos ofensiva (porque no encontrar una obra perfecta o redonda –o cualquier otra etiqueta que, como tantas, es muy personal y en realidad apenas define- no implica que no se la considere meritoria, divertida, bien acabada, un montón de matices, los más abundantes, entre lo mejor y lo peor). Y es que por eso que un servidor (que consume mucho cine español –del de antes y del de ahora-) no se ha sentido demasiado motivado para acudir a las salas (en ocasiones porque no es nada fácil, no sólo por el exorbitante precio de las entradas excepto determinados días, sino porque hay películas condenadas directamente a la periferia, a muy pocas pantallas, a horarios complicados), desconfiando especialmente de esos que alaban sólo para que lo vean/sepan los involucrados, los artistas, los creadores, los que te dicen, por ejemplo, en conversación informal y privada, que puedes ahorrarte El Niño pero luego en sus artículos no osan ni tan siquiera un fruncimiento de letras, no vaya a ser que Daniel Monzón se ponga a hacer limpieza de contactos de Facebook.
   Pero, al igual que el cine, me interesa el asunto de los premios, ver por dónde van los tiros, si repiten el guión o deciden improvisar, si las gentes que lo hacen coinciden con los que lo ven, es parte del asunto, da igual que sólo rescate cuatro títulos o que me haya tropezado con filmes que siempre llevaré en el corazón (podría pasar, claro, pero de verdad, es decir, mirando hacia otro lado y ya, no como tanto acomplejado que no para de hacer campaña en contra de, por ejemplo, los Oscar, pero todos sus esfuerzos se le van en replicarlos, afearlos, despreciarlos, ser monotemáticos, vivir en realidad para estar enfrentado a ellos –o sea, poco sería y/ haría sin considerarlos sus oponentes-). Y el caso es que el inicio de la gala hizo albergar muy buenas expectativas –tampoco era difícil subir el listón tras las patéticas, cansinas, insulsas ceremonias precedentes-, sobre todo con la espectacular aparición de una maravillosa Ana Belén entonando el Acompáñame que hiciera inmortal la añorada Rocío Dúrcal, toda una declaración de intenciones que se vio refrendada con un acertado Eduardo Noriega, dando paso a la imprescindible Lola Flores con A tu vera, recogiendo el testigo una Lolita a la que gustaría ver más como actriz formando dúo con un poderoso Miguel Poveda, apareciendo el incombustible Raphael con su histórico Yo soy aquel que Hugo Silva supo continuar con gracia y en el que Fran Pera estuvo más bien perdido para cerrar la presentación con el Resistiré del Dúo Dinámico que, desde ese espléndido final de Átame!, Dani Rovira atacó como un absoluto himno para ser coreado por los artistas citados y al menos veinte más (Antonio Resines, Loles León, Asunción Balaguer, Daniel Guzmán, Macarena García), con todo el patio de butacas puesto en pie convirtiendo en bandera el grito que debe ser motor e impulso de cualquier artista: resistir, no dejarse abatir, continuar creando, seguir en pie, no rendirse (lástima que el playback desluciese un poco este número tan estupendamente concebido y planificado, apuntalado con un montaje abracadabrante y magnífico con momentos destacados del cine español –y que la penosa realización de TVE no supiera ni ahí ni después, aunque en este inicio las carencias aún se notasen poco, qué o a quién enfocar, por dónde aparecería el siguiente en salir a escena, cómo hacer transiciones, mostrarnos planos sin sentido o el momento en que un cámara se preparaba para ser pinchado y no el encuadre deseado-). Y después empezó Dani Rovira a hacer de las suyas, un poquito sobreactuado al comienzo, refrenando el ímpetu y consiguiendo un tono adecuado y sin énfasis, alargando demasiado (¿quién lo diría?) su monólogo inicial (de hecho, el primer galardón se entregó 29 minutos después del primer golpe de orquesta y Rovira ocupó casi 20), recurriendo a chistes manidos, dando algunas pinceladas de frescura, gracia natural, no abusando de sus muletillas, sabiendo retirarse para regresar con empuje, siendo a ratos un tanto soso, bailando claqué con cierta gracia (por cierto, sí hay, al menos que uno recuerde así a bote pronto, una película española en la que aparezca el claqué, esa mentira bonita sobre la posguerra que Garci tituló Tiovivo), creando como si fuese sobre la marcha unos tráilers de filmes imposibles con acierto y, sobre todo el segundo, dominio de sus capacidades vocales, haciendo un papel aceptable aunque no sabiendo imprimir ritmo a un espectáculo que, innecesariamente, duró casi cuatro horas en lugar de las tres previstas.  
   Gracias a la errática, absurda y poco ensayada realización, vimos cómo la pobre Asunción Balaguer perdía la letra de Resistiré, hicimos contorsiones con las pupilas, captamos aplausos y carcajadas un tanto exageradas (la palma se la llevaron Macarena Gómez y Clara Lago), pudimos asistir al modo en que bostezaba sin recato la mujer sentada detrás de Daniel Monzón justo cuando le nombraban desde el escenario (debía ser la esposa, pareja o acompañante –desconozco su estado civil, no me interesa (como el de nadie)- de Eduard Fernández) y vimos un montón de butacas vacías, con lo feo que eso queda, excepto la que ocupaba Pedro Almodóvar en primera fila junto a Penélope Cruz, ya que cuando el director se marchó, es de suponer que a prepararse para la entrega del Goya de Honor (aunque estuvo fuera mucho tiempo), ocupó el hueco su jefe de prensa, ese Javier Giner que aparece como gay influyente en la última lista elaborada al uso identificado como “cineasta en ciernes” (aunque no apareció en el anuncio de películas por estrenarse, mira tú), muy en la pomada, claro, pero por brillo de otros, por esfuerzo y trabajo de otros (poco tiene que hacer para promocionar al manchego, que no me diga lo contrario, por favor), por menospreciar a los que osan discrepar del genio, por quitarles importancia (que no la tenemos) pero dándosela al reaccionar furibundamente ante cualquier disidencia (ya del varapalo ni hablamos, da igual el tono, no importan los argumentos –tampoco ellos los dan: se limitan a insultar-). Y mientras la gala se iba alargando (Miguel Poveda, siempre impecable y arrebatador, cantó dos canciones, vaya usted a saber por qué; Álex O´Dogherty apareció un año más para ocupar demasiado tiempo –es como cierto ser infernal, dicho literalmente por su mendacidad, victimismo, oscurantismo, imposición desde altas instancias, que habita en las noches de RNE y allí permanece, dirija el programa de turno quien lo dirija: viene adscrito a la gala y ha de aparecer-), la disposición de las escaleras complicaba la existencia a casi todo el mundo, especialmente a las mujeres con sus vestidos largos, no se entiende cómo no hacen un diseño más cómodo de escenario que agilice movimientos y no ocasione problemas (y se eviten momentos bochornosos como obligar a que El Langui, ayudado precisamente por O´Dogherty, tuviese que bajar esos escalones que, al menos, le permitieron lanzar un dardo necesario al bochornoso IVA cultural) y algunos premiados (sí, es su momento de gloria, se pierde la noción, tal vez convenga ensayar con el bote de champú –aunque hay quien afirma que, llegado el momento, se te queda la mente en blanco-) querían acordarse hasta de su comadrona, Antonio Banderas leía un discurso bien trenzado pero excesivamente largo y con mucho envaramiento (hubiese debido ser todo lo espontáneo que él sabe, Goya de Honor más merecido por trayectoria, años de oficio, créditos, versatilidad, apoyo a otros creadores, que muchos de los entregados a lo largo de los años), Enrique González Macho estuvo bien (incluso precipitado por aquello de no ocupar demasiado tiempo) aunque él más que nadie debería saber que lo de tener un modelo al modo francés o estadounidense también requeriría que variasen muchos de los esquemas, actitudes, comportamientos y personalidades de las gentes del cine (no sólo se trata de política o de espectadores).
   En cuanto a los premios, satisfacción por el éxito de La isla mínima, película que no necesita ser comparada con nada, que asume una tradición y sabe darle nuevos bríos, una interesante y en los momentos adecuados vibrante cinta que Alberto Rodríguez sabe conducir con pulso firme y olvidando su tono histérico y crispante habitual, encontrando tiempo para la mesura y para crear atmósfera. Javier Gutiérrez es uno de los pocos actores pertenecientes a la familia de Animalario que no tenía Goya y éste le llega por una interpretación estupenda, muy medida, dando con la mirada páginas de guión, adecuando su cuerpo y voz al personaje sin que se le vea el truco (todo lo contrario que su compañero Raúl Arévalo, al que eclipsa incluso sin pretenderlo); en ese deseado (por ellos) reparto de premios para los de cierta “cuchipandi”, Carmen Machi también consigue su “cabezón” por rebajar algunos tonos su característico y crispante “tono Aída” y, aunque se sorprendió un tanto tontamente (“¡Un Goya por hacer reír”; se olvidó de los 4 de Verónica Forqué –todos por comedias-, de los de Carmen Maura –aunque un cien por cien, en sus cuatro interpretaciones premiadas ha de demostrar sus grandes recursos como comediante-, de los 2 de Rosa María Sardá, de uno de Juan Diego, del de Amparo Rivelles, de los de Penélope Cruz –ninguno es por un drama en sentido estricto-, de uno de Javier Bardem –Boca a boca-,…), al menos tuvo un merecido, sentido, sincero y necesario homenaje para la última grande que nos dejó: Amparo Baró (tampoco su Goya fue por un dramón, por cierto). Machi, Karra Elejalde (ya tiene dos y, sobre todo el primero –También la lluvia-, por exagerar acentos y quedar más bien ridículo) y el propio Dani Rovira sirvieron a la Academia para hacer una sonora pedorreta a Clara Lago, la única no nominada del reparto de Ocho apellidos vascos, quien se desquitó siendo casi protagonista de la gala al apoyar, aplaudir, besar, llorar por su novio, al ser reivindicada por el mismo (“hay una ausencia clara”), al ser presentada por él con un gesto muy significativo y una pausa especial. Como, a excepción de Ricardo Darín en el apartado masculino protagonista y José Sacristán en el secundario, a ninguno de los candidatos y candidatas puedo considerar favorito (incluso, como ya señalé, hay títulos que no he tenido ninguna gana de ver, como espectador he decidio quedarme al margen), digamos que poco tengo que recriminarle a la Academia (y en el caso de Gutiérrez, como ya se ha dicho, me alegro de la elección); en el caso de la actriz revelación, aunque Nerea Barros está espectacular y convierte su personaje secundario de La isla mínima en una presencia constante, perturbadora e imprescindible, vuelvo a decir que lo de Yolanda Ramos en Carmina y amén ha ingresado directamente en las antologías, que su secuencia (las dos en las que interviene, pero especialmente la primera) queda para la historia, y que ya todos decimos lo del arte amatorio de los negros, lo que ella ha comido, qué es un “pavo colgón” o el aura tan bonita que se puede llegar a tener. Bárbara Lennie era el premio esperado a la mejor actriz, un nombre reputado y muy prestigiado, aunque resulte tan falsa, ajena y estereotipada como toda Magical Girl, esa cinta pretenciosamente abstrusa, falsamente provocadora, inútilmente críptica, huecamente “artística”. Y ahora, a ver qué pasa este año con la taquilla, la crítica y las películas (como espectador, cruzo los dedos y albergo los mejores deseos –aunque ya se sabe que lo malo es que a veces se cumplen-) y con la gala de los Goya, puesto que, aunque mejorando algo, seguimos en niveles muy bajos
P.D.: ¡Y que alguien le diga a Carlos del Amor que no hace falta hacer pausas tan largas entre palabra y palabra! ¡Que no es Jesús Hermida! ¡Que no es tan apasionante como se cree! ¡Que sus comentarios son de lo más ramplón e incluso innecesarios, por no decir absurdos (destaca que la canción galardonada se escribió directamente para El Niño; ¡toma, claro, por eso premian una original y La niña de fuego que canta Manolo Caracol y que han usado en Magical Girl no puede competir!)!

sábado, 7 de febrero de 2015

ACTORES NOMINADOS OSCAR 2014: ¡LOS HAY TAMBIÉN DE RAZZIE!




   La elección de la Academia en lo que a candidatos a los premios de interpretación masculina se refiere es una de las más pobres y ramplonas que se recuerda en mucho tiempo, apareciendo tan sólo tres o cuatro nombres que ofrezcan méritos para tal distinción, existiendo muy pocas interpretaciones que puedan ser consideradas como tales y que merezcan quedar para la posteridad.

INTERPRETACIÓN MASCULINA PROTAGONISTA



-STEVE CARELL POR FOXCATCHER:
   Causa auténtico estupor que, como tantas veces, sean los propios actores los que sancionen, encumbren y recompensen actuaciones grotescas, abundancia de muecas, histrionismos desaforados, esfuerzos físicos o alardes de caracterización bajo los cuales no hay ni un mero atisbo de veracidad. Steve Carell, quien a fuerza de querer un cómico diferente transformó lo que fue en sus inicios un agradable laconismo, un sorprendente hieratismo en contención forzada e irritante, en puro guiño a base de pretender no hacer ni uno, intenta graduarse como actor dramático con algo que difícilmente puede calificarse sin caer en el insulto: estomagante hasta decir basta, recargando cada movimiento, colocándose de perfil para que se compruebe la transformación llevada a cabo (aunque parece más un muñeco de Spitting Image que una persona), intentando remedar a Marlon Brando en El Padrino, en definitiva, alguien indigno de ocupar una plaza en cualquier terna convocada para elegir la que se considera mejor interpretación del año.

-BRADLEY COOPER POR EL FRANCOTIRADOR:

   Una agradable sorpresa, puesto que, aunque contaba en las primeras quinielas, su candidatura parecía haber perdido fuelle en las semanas previas a que las nominaciones se hicieran públicas en favor del Jake Gyllenhaal de Nightcrawler (quien hubiese merecido también un lugar en esta mención previa al Oscar, especialmente teniendo en cuenta al citado Carell). Sin prisas pero sin pausas, sin pretender venderse como más de lo que es, sin meterse en camisas de once varas, Bradley Cooper va conformándose una interesante carrera, destacando por encima de cintas aburridas y/o pretenciosas, merendándose con su naturalidad y adecuación a los roles encomendados a compañeros/-as de reparto mucho más valorados/-as (conviene, en este caso, utilizar ambos géneros, ¿verdad, Jennifer Lawrence?), dejándose moldear por el maestro Eastwood para reflejar con gran economía de recursos, con sumo acierto, poniendo un nudo en la garganta, incomodando y revolviendo, el drama moral, la dicotomía de un héroe que no quiere serlo de ese modo, que se plantea preguntas, que obedece órdenes mientras se va envenenando con el humor purulento que supura su cerebro.

-BENEDICT CUMBERBATCH POR THE IMITATION GAME:

   En estos últimos años se ha convertido en un actor necesario, imprescindible, heredero de la grandeza de esos intérpretes clásicos capaces de cualquier alarde sin que se notase el esfuerzo, camaleones que sólo necesitan su voz, su rostro, su cuerpo para transformarse de un fotograma al siguiente, para resultar diferentes en cada película, para sorprender con un nuevo matiz, para seguir sacando de su chistera prodigios sin fin que se traducen en encarnaciones tan abracadabrantes como la que lleva a cabo dando vida a Alan Turing. La manera en que transmite cómo esa mente prodigiosa piensa, analiza, sopesa, crea, investiga, procesa, su tendencia a la misantropía, su febril dedicación a su trabajo, su enfermiza soledad, su sufrimiento emocional porque no sabe dar rienda suelta a sus sentimientos, su cárcel mental porque es consciente de que hacerlos públicos provocará su caída (tal y como le sucedió: acusado de los mismos cargos que Oscar Wilde, su homosexualidad –todavía ilegal en el Reino Unido en 1952- le sentenció a la castración química), sus momentos cómicos por inesperados, por ridículos, por la seriedad con que lo hace todo, lo que Benedict Cumberbatch logra en este film es, sencillamente, inmejorable y antológico.

-MICHAEL KEATON POR BIRDMAN:

   Es el nombre a reivindicar, el de repente gran actor, el intérprete tantas veces zarandeado, criticado, la estrella que se apagó incluso antes de brillar con fuerza, un falso prestigio agigantado por ser el epicentro de una de las cintas más alabadas y encumbradas de los últimos tiempos (lo que no implica que uno comparta el entusiasmo, todo lo contrario). Dentro de la tesitura que plantea Iñárritu, del tono rimbombante exigido, del disparate y la exageración como caldo de cultivo, al margen de lo reseñado en su momento sobre Emma Stone, es cierto que Keaton se refrena en algunos momentos, se contiene, intenta graduar, pero no puede evitar dejarse llevar por la corriente imparable de gritos, aspavientos y demás ostentaciones que desvirtúan cualquier verismo.

-EDDIE REDMAYNE POR LA TEORÍA DEL TODO:

   El único contrincante que Michael Keaton puede encontrar en el camino que algunos le han alfombrado hacia el Oscar (por desgracia, salvo sorpresas cada vez menos frecuentes, Cumberbatch parece condenado a ser un convidado de piedra –y a buen seguro, si el maestro de ceremonias lo precisa, será un magnífico cómplice, participará con entusiasmo en la gala-). Eddie Redmayne aplica mesura, buen gusto, prudencia, dosificación, asume el personaje, lo incorpora a su cuerpo (una coreografía impactante le va deformando, los estragos de la enfermedad degenerativa se van plasmando poco a poco), no se queda en lo imitativo: emociona, impacta, sobrecoge, todo con esa elegancia británica que tantas alegrías continúa dando en lo que a lo audiovisual se refiere.

INTERPRETACIÓN MASCULINA SECUNDARIA:


-ROBERT DUVALL POR EL JUEZ:

   Con su séptima nominación, con el Oscar conseguido por Gracias y favores (1983), el veterano y estupendo actor confirma que lo suyo con la Academia es un casi permanente desacuerdo, puesto que suele ser seleccionado, e incluso premiado, por filmes que apenas merecen ser recordados (con la excepción de El Padrino (1972) y Apocalypse Now (1979), ambas dirigidas por Coppola), en los que hasta su interpretación resulta deslucida y sin brío. En este drama judicial que podría ser más intenso e interesante si prescindiese de todo lo “humano” con lo que intenta alejarse de una tradición y marcar diferencias, Duvall apenas tiene ocasión para dejar clara su categoría en dos o tres secuencias, quedando muy por debajo de su oponente (un estupendo y recuperado Robert Downey Jr., quien olvida sus tics más irritantes, el abandono que tantos réditos le ha dado en taquilla, para imprimir personalidad y hondura a un personaje muy esquemático –como el resto, como la totalidad del guión-).

-ETHAN HAWKE POR BOYHOOD:

   Lo inane del modo en que Linklater cuenta la historia, lo poco que en realidad le interesan los personajes porque se trata de captar el paso del tiempo y lo poco interesante que en general es la existencia cotidiana de cualquiera (algo que infinidad de cineastas y escritores han transformado en apasionante sin disfraces ni engolamientos), ayuda muy poco a Ethan Hawke, actor que incluso con buenos personajes suele naufragar por su clamorosa incapacidad para resultar creíble, escudado en una permanente y muy forzada sonrisa, muy lejos de la grata sorpresa que supuso en El club de los poetas muertos (1989).

-EDWARD NORTON POR BIRDMAN:

   En alguna ocasión se le ha considerado heredero de Marlon Brando (hay mucho osado –por no decir otra cosa- que escribe lo primero que se le ocurre) y él está empeñado en demostrarlo reproduciendo todo lo negativo del enorme actor con tendencia a autoparodiarse, a desbarrar, a chirriar, un torrente incontenible para bien y para mal, olvidando interpretaciones superlativas, llenas de matices, con tiempo para el grito y con cabida para el susurro, con gusto por la sensibilidad -causa pavor pensar que Norton quisiera reproducir lo alcanzado por Brando en Un tranvía llamado Deseo (1951), La ley del silencio (1954) o El Padrino (1972)-. Si durante el resto del metraje supiese pisar el freno (pero es algo imposible ya que Iñárritu quiere que el plano secuencia no se quiebre a fuerza de que todo el mundo corra, golpee, vocee), tendrían sentido y podrían apreciarse sus momentos febriles, desatados, histéricos, pero como está en pose y tensión desde el principio (imitando también a De Niro, aprendió lo malo de ambos cuando coincidió con ellos en The Score (2001)) tan sólo provoca hartazgo.

-MARK RUFFALO POR FOXCATCHER:

   Un actor versátil y muy efectivo que tampoco tiene suerte con la Academia, puesto que su primera nominación le llegó por intentar salvar los muebles al tener que bailar con la parte más fea de Los chicos están bien (2011) y ahora se ve obligado a defender esta candidatura por ser el personaje más desdibujado e incomprensiblemente poco y mal desarrollado de una cinta muy pagada de sí misma a la que sólo parece importarle el concepto, la composición, no el dibujo de personajes ni la historia que hay detrás (puestos a buscar una nominación en el apartado interpretativo, sólo Channing Tatum sería merecedor de la misma, precisamente al que se ha dejado fuera de cualquier mención porque se le sigue viendo como un cuerpo, una presencia, alguien al que no se valora –ni considera- como actor, cuando ya ha dado muestras en varias ocasiones de poseer más facultades que otros).

-J. K. SIMMONS POR WHIPLASH:

   Aunque con carácter protagónico, el rol que assume Simmons es uno de los clásicos que sólo compitiendo en esta categoría tiene verdaderas opciones de llevarse el gato al agua (como parece claro que hará, tal y como ha sucedido en casi todos los galardones, menciones y demás que se llevan repartiendo en estos meses). Manteniendo el tipo con oficio y temple, Simmons, otro de esos veteranos a los que gusta recompensar en algún momento, poco más puede hacer que darlo todo en su primera aparición, dibujar su personaje con precisión con un par de frases, una sonrisita socarrona que hiela la sangre, una mirada penetrante y taladradora, un cuerpo tenso como una vara con la que golpear rostros y cuerpos, una voz con la que zahiere y avergüenza sin remisión, porque el resto es una mera repetición de todo ello hasta el infinito y más allá.