jueves, 12 de noviembre de 2015

"ISLA BONITA": FERNANDO COLOMO, ESE CHAVAL






DIRECCIÓN: Fernando Colomo GUIÓN: Fernando Colomo, Olivia Delcán, Miguel Ángel Furones MÚSICA: Fernando Furones FOTOGRAFÍA: Alfonso Sanz MONTAJE: María Lara REPARTO: Fernando Colomo, Olivia Delcán, Nuria Román, Miguel Ángel Furones, Lilian Caro, Lluís Marqués, Tim Bettermann

   “Un director nunca podrá competir contra sus películas anteriores, por eso tiene que ser joven siempre”, declaró Francis Ford Coppola en su reciente visita a Oviedo para recoger el Premio Princesa de Asturias de las Artes; y nadie podrá negar que, en lo estrictamente artesanal, en lo puramente creativo, en su pasión por seguir haciendo cine ha sido fiel a este precepto, puesto que se ha arruinado las veces que ha creído convenientes para sacar adelante aquellos proyectos en los que creía, empeñándose (en toda la polisemia de la palabra) más allá de lo exigible, poseído por el afán de conseguir la obra que soñaba, dejando en un momento dado de atender a la taquilla o a lo que el público esperaba de él, funcionando por impulso, por instinto, por huir de sí mismo (sin renegar de su filmografía, pero sin aprovecharse de los privilegios que podría tener gracias a algunos títulos de la misma). Sin embargo, el último cine de Coppola se caracteriza por una pretenciosidad y un componente filosófico-esotérico-grandilocuente que, por desgracia, entronca directamente con el modo en que muchos cineastas han encarado/encaran su ópera prima, como si no fuese a haber más oportunidades, queriendo soltar todo lo que llevan dentro, adoptando un estilo ampuloso, queriendo epatar en cada plano, con cada frase, enredados en el simbolismo, sin naturalidad ni personalidad (a fuerza de querer ser autor a toda costa), todo lo contrario a lo que, en realidad, sería una muestra de juventud, de inicio, de aprendizaje, de prueba, de titubeo (por mucho que haya talentos que desborden desde el principio y dejen en pañales a otros más experimentados, por mucha ambición que se tenga –si así se quiere, léase, por ejemplo, Orson Welles-, por experta que parezca la mano que dirige el asunto, se percibe el aire fresco, la novedad, lo intuitivo, la honestidad del creador). Y, por el contrario, con la humildad que siempre le ha caracterizado, renaciendo de sus cenizas, no dando nada por sabido y/o merecido, aligerando su equipaje, sin tener nada (más) que perder, redescubriendo su oficio, permanentemente enamorado del mismo, Fernando Colomo, a sus 69 años, se enfrenta a su crisis personal y profesional con energía, con impudicia sana, espoleando su creatividad, sacudiéndose el peso de la amargura y el conformismo con el declive (¡Ay, esos que justifican cualquier quiebra, error, despiste, mancha o deuda con el sambenito de la edad! ¡Qué dolor cuando se reprime o impide el desarrollo de una idea (en lo cotidiano o en lo trascendente) sólo porque quien la propone “ya es mayor” y se le ignora sin más contemplaciones –eso por no hablar de cuando ni tan siquiera se le da la oportunidad de exponer su proyecto-!), ofreciendo la película más vital y rabiosamente joven que pueda encontrarse en la cartelera, una obra libérrima y deliciosamente libertina, un trozo de vida recogido por su cámara en el que es maravilloso refugiarse, hipnotizado por unas imágenes que llegan prístinas, sin filtro, espontáneas, como si asistiésemos a ellas en tiempo real.
   Durante la proyección (en realidad, durante el viaje, sólo con la primera secuencia Colomo captura al espectador y éste se siente en Menorca, se impregna de la atmósfera, del bienestar que se respira –incluso aunque el conflicto estalle en esos compases iniciales-) fue inevitable evocar Los exiliados románticos de Jonás Trueba, ese filme falsario en que todo resulta impostado, reelaborado y vuelto a reelaborar, pensado para deslumbrar, pendiente de satisfacer los anhelos intelectuales de su director y de ese público elitista al que busca como interlocutor (podrían citarse otros muchos títulos, pero éste aún queda demasiado cercano y su autor tiene tan sólo 34 años, lo que sirve como ejemplo vivo de cómo una cosa es la edad que figura en nuestra documentación y otra bien distinta el poco o mucho caso que le hacemos, permitiendo que sea un obstáculo y no una fuente de experiencia –y, por lo tanto, de sabiduría-); en un ejercicio muy valiente e inmensamente honrado, Colomo se despoja de cualquier intención moralizante, de cualquier lastre depresivo, del más mínimo atisbo de regodeo en su miseria, incluso se olvida de sí porque a quien vemos en pantalla es al Fernando personaje (sí, cineasta en horas bajas, arruinado, separado, pero a buen seguro habrá muchos espectadores que no tengan ni idea de su situación personal y no sabrán qué es ficción y qué realidad, como en realidad no lo sabemos ninguno puesto que Isla bonita las combina magistralmente con un encanto y una sencillez que nos impiden hacernos preguntas o estar más pendientes de lo que sería un mero cotilleo: lo que importa es lo que está sucediendo delante de nuestros ojos, esos retazos de vida tan reconocibles, tan verosímiles, tan sinceros, tan naturales, tan vívidos y vividos). Sin ínfulas ni histrionismos, con la complicidad de un grupo de personas (cuesta llamarlos actores en el sentido de que no se nota que interpretan, diríase que están siendo ellos, da igual que haya habido doscientos ensayos como ninguno, esas conversaciones a base de frases inconclusas, monosílabos, miradas, un código restringido que no deja al espectador –antes al contrario, es lo que le involucra y le hace partícipe, parece que conoce a todos desde hace mucho tiempo, hasta los silencios comunican como lo hacen tantas veces en nuestro día a día-), revelándose él mismo como un actor (venga, lo llamaremos así para entendernos y porque, a pesar de no tener pudor en exponerse, lo hace camuflado en parte en un publicista que intenta reciclarse en documentalista), Colomo, decíamos, se descubre como un actor que sabe empatizar en todo momento, en sus anhelos donjuanescos, en su permanente asombro, en su cómica pesadumbre, en su falta de complejos, en su causticidad inocente, en su humildad a ratos mal entendida que le lleva a humillarse o anularse delante de los demás, logrando una creación a la que, al no vérsele el truco por ningún sitio, casi podríamos considerar un espléndido autorretrato al natural.
   Isla bonita es un insospechado regalo que nos devuelve e incluso engrandece al cineasta que, con toda justicia, ha quedado como uno de los más certeros cronistas de aquella generación que intentaba encontrar su lugar en el mundo mientras las cosas cambiaban a velocidad de vértigo en un país atrasado, gris y mortecino (es decir, España), una época que, con aciertos y desaciertos, con títulos más afortunados que otros, se comprende un poco mejor cuando se revisan Tigres de papel (1977), ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? (1979), Estoy en crisis (1982) o La vida alegre (1987); estamos ante una cinta desprejuiciada que acepta su intrascendencia, su falta de ambición, su tono bajo (por callado, por musitado, por susurrado), y es gracias a estas apoyaturas como puede alzar el vuelo con esa elegancia que se no se nota, sin darse importancia, pero calando muy hondo porque va directa a las emociones del espectador sin necesitar de discursos barrocos o argumentaciones teóricas. Como ya se dijo, las gentes que se asoman a la pantalla son reconocibles en sus titubeos, en su incapacidad para explicarse, en las frases que no saben cómo terminar, en las bromas que se gastan, en los abrazos que se dan (o dejan de darse), en las risas compartidas, en los reproches que se hacen, en el fantástico trabajo que desarrollan Olivia Delcán, Miguel Ángel Furones, Nuria Román, Lilian Caro, Tim Bettermann y Lluís Marqués porque, hagamos hincapié en ello, no se les nota, esto sí es la vida en directo, sin maquillaje, sin truco, sin guión, sin artificios, sólo porque, demostrando lo bien que conoce su oficio, Fernando Colomo se ha desprendido de los anclajes para oxigenarse, revitalizarse y relativizarse (un ejercicio muy recomendable: no podemos tomarnos en serio todo el rato), dejar que la sangre bombeé el corazón como si fuese la primera vez, reivindicarse como joven, no negarse posibilidades y ha sido inmensamente generoso al compartirlo con los demás.  

sábado, 7 de noviembre de 2015

"MARTE": "BRICOMANÍA" A MILLONES DE KILÓMETROS DE DISTANCIA






TÍTULO ORIGINAL: The Martian DIRECCIÓN: Ridley Scott GUIÓN: Drew Goddard (basado en la novela The Martian de Andy Weir) MÚSICA: Harry Gregson-Williams FOTOGRAFÍA: Dariusz Wolski MONTAJE: Pietro Scalia REPARTO: Matt Damon, Jessica Chastain, Kristen Wiig, Jeff Daniels, Michael Peña, Kate Mara, Sean Bean, Chiwetel Ejiofor, Sebastian Stan

   Como todos los géneros, la ciencia ficción puede romper sus moldes, ampliar sus horizontes, ser reinventada, prescindir de algunos elementos para incorporar otros nuevos, hibridarse con los demás, mantenerse en constante evolución, por mucho que siempre existan voces puristas, imbuidas de una ortodoxia castradora, adalides de lo que puede llamarse una cosa y no otra que catalogan sin más criterio que su propio parecer, desconociendo la mayoría de las veces la historia, las bases, las diferentes corrientes que integran algo tan amplio y en muchas ocasiones inconcreto como es un género, da igual que hablemos de literatura, de periodismo (donde, tal vez, las categorías están algo más claras, pero aceptan matizaciones, sobre todo las que permiten incorporar la creatividad del que redacta), de cine (más allá de algunos arquetipos, ciertas claves, determinadas características comunes que han llevado a intentar definirlo), ante un nuevo estreno siempre aparecen inmovilistas que en realidad sólo gustan de alguien/algo en concreto, esos que quieren vivir un eterno día de la marmota en que todo sea como ellos esperan, prefieren y/o dictaminan, los que no aceptan la más mínima perturbación en la Fuerza (en un guiño a este periodo pre-tercera trilogía), esos inquisidores que deciden quién tiene la sangre limpia y quién sucia y, por lo tanto, merece ser castigado. Además, atendiendo tan sólo al término acuñado, es decir, hacer ficción a partir de la ciencia, mezclarlas, tomar ésta como punto de partida para desarrollar aquélla, fabular con mayor o menor base científica, utilizar algo que está (o debería estar, pero ahí entramos en un asunto que excede en mucho el objeto de este escrito) en permanente estudio, que mantiene investigaciones abiertas, que continúa adelantando que es una barbaridad como se cantaba en La verbena de la Paloma, hace que aún resulte más complejo lo de pretender poner puertas al campo, porque, por así decirlo, cada tiempo tendrá su ciencia ficción concreta, por mucho que existan temas recurrentes (los cuales, a su vez, aceptan múltiples variaciones). Sea como sea, en ese anhelo por etiquetar, por querer tener las cosas claras y convenientemente identificadas, metemos en el mismo saco títulos como Alien, el octavo pasajero (1979), Blade Runner (1982) o Prometheus (2012) y luego entramos en disquisiciones sobre cuál responde al canon, sin tener muy claro cuál es el mismo: ¿El de Isaac Asimov, científico con prosa didáctica, capaz de hacer comprensible el proceso físico más abstruso, dando brío a la historia que cuenta a través de lo meramente científico, mezclando asombrosamente ambas facetas? ¿El de Stanislaw Lem, camuflando en ocasiones como obras de ficción verdaderos tratados que hubieran tenido menor difusión de haber sido presentados como tales, poseedor de una prosa elíptica, a ratos excesivamente onírica, inconcreta, abierta a interpretaciones? ¿El de Julio Verne, primando la aventura, lo que en su momento era pura imaginación, por mucho que dedicase muchas páginas a explicar el modo en que un globo se elevaba o un submarino descendía a zonas abisales, utilizando jerga científica sin recato –revisada de adulto alguna de sus obras sorprende que un chaval de ocho o nueve años disfrutase como un loco sin embarrancar en esas prolijas descripciones-, rompiendo la acción para detenerse en consideraciones en las que un lego queda un tanto perdido? ¿Las variantes que tienen la Medicina como eje central, los apocalipsis originados en laboratorios, las pandemias imparables de origen desconocido, los peligros derivados de políticas medioambientales que sólo atienden a los réditos generados, historias que a veces tienen más de advertencia (con un punto de alarmismo no exento de veracidad) y de realidad que de imaginado?
   Tiende a olvidarse que, en su momento, Alien no fue muy bien recibida, que le llovieron múltiples andanadas de esos ortodoxos que no aceptan que nadie venga a enmendarles la plana, que fue poco a poco como se convirtió en la película de culto, en el indudable clásico que es en la actualidad, ahí están sus secuelas para confirmarlo, ahí está el regreso de Ridley Scott a ese universo (nunca mejor dicho) para contar lo que sucedió antes, es decir, Prometheus (esa que tuvo una acogida como poco tibia, en gran parte muy negativa y de reprobación, precisamente cuando, poniéndonos estrictos, responde más a las pautas generales del género que Alien, vapuleada por algunos precisamente por no ajustarse a las convenciones del mismo, por ser algo diferente, por su ritmo pausado, por su suspense in crescendo, porque no les parecía “de ciencia ficción”), ahí está confirmada una continuación –Alien: Paradise Lost- para 2017 (continuación de Prometheus, que no haya dudas). Y a pesar de una carrera con títulos tan dispares como Los duelistas (1979), Thelma y Louise (1991), Gladiator (2000) o Black Hawk derribado (2001), por citar aquellos que, en mayor o menor medida, tienen aciertos que reseñar e incluso alcanzan la excelencia, Ridley Scott seguirá siendo para muchos un director especializado en ciencia ficción, tal vez por eso se echaba de menos (parecía ser inevitable) su regreso al género (porque, repetimos, lo de Prometheus fue considerado un producto para hacer caja) cuando éste multiplica sus admiradores y parece vivir una nueva edad de oro gracias a filmes como Interstellar (2014) o Gravity (2013), aunque el modelo seguido en Marte se ciñe más a lo rodado por Christopher Nolan que a lo que llevó a Alfonso Cuarón a ganar un indiscutible –para que el esto firma- Oscar de la Academia (Gravity es una experiencia, una emoción, un alarde, un prodigio, todo queda en segundo término para no interferir con lo que las imágenes provocan y precisamente por eso fue y será denostada por los que no vieron saciadas sus ansias de descubrir la física –más o menos cuántica-, recrearse en el contenido científico, resolver complejas operaciones matemáticas a velocidad de crucero, diríase que de saber más, de completar y actualizar conocimientos, porque se supone –por cómo lo cuentan- que es un asunto que les preocupa todo el tiempo, no viven para otra cosa). Después de ese engendro conocido como El consejero (2013) –la terrorífica confirmación de que hemos perdido a Cormac McCarthy como magnífico autor de novelas- y de ese supuesto espectáculo carente del brío demostrado en otras ocasiones, tras la plúmbea Exodus (2014), Scott recupera, al menos, cierto pulso, puesto que su modo de no ponerse estupendo ni virtuoso, su sencillez expositiva, su confianza en lo narrado es lo más destacable en Marte: su alejamiento de cualquier ampulosidad, su dirección contenida y pausada evita cualquier tentación de solemnidad (la misma en que embarranca una y otra vez Nolan, por más que en Interstellar todo se comprendiese más de lo que a él y a sus adeptos les hubiese gustado –y algunos insisten en complicar la cosa cuando la narran, mirando sospechosamente al profano que demuestra haber comprendido la maraña que no es tal, a veces reconociendo la superioridad de Origen (2010) “porque esa sí que es para estudiarla” –pero luego no son capaces de ponerla en palabras-, buscando meandros, subtextos y niveles de interpretación –pero si Spielberg hubiese terminado una película del modo en que se cierra Interstellar hubiesen vuelto a fustigarme y fusilarle-), Ridley Scott quiere centrarse en el instinto de supervivencia, recrear el mito de Robinson Crusoe, es lo que le interesa (como en Alien, como en Blade Runner –filme que nunca ha sido de los favoritos de un servidor, pero al que no se pueden negar aciertos y, sobre todo, influencia posterior-), ese factor humano que implica al receptor sin importar lo poco o nada que conozca sobre robótica, aeronáutica, carrera espacial, física o, como en el caso que nos ocupa, botánica.
   El mayor problema de esta cinta radica en que quiere ser un manual de supervivencia por si cualquiera se queda abandonado en Marte, un conjunto de reglas/sugerencias a seguir para poder habitar aquel planeta, una sucesión de pruebas al modo de concurso televisivo que se queda sólo en eso, sin tensión dramática, sin verdadera emoción: nadie duda de que tendremos en pantalla al solitario protagonista hasta el último momento, los señores de los despachos de los grandes estudios no nos permiten sorpresas, rupturas, golpes de efecto –que no efectismos- que se salgan de la rutina marcada, de lo que ellos piensan que el público quiere, por desgracia podemos anticipar la conclusión sin confundirnos más que en algún detalle, lo que no sería negativo en sí mismo si la película fuese capaz de justificar su excesivo metraje e introdujese la intriga en la planificación del rescate. Huyendo con sumo acierto de introducir el elemento familiar que lastraba y teñía de ridículo la muy irregular Apolo 13 (1995) –antes de que alguna voz se alce señalando que también aparecía en Gravity, señalemos que aquí era tan sólo mencionado, no necesitábamos verlo, conocerlo, sufrirlo, recrearse como hacía sin recato Ron Howard intentando conmover con lo obvio, lo arquetípico, lo innecesario-, y desconociendo el texto original de Andy Weir (aunque la crítica suponemos que especializada destaca su pertinencia y exactitud científica, hay que colegir que todo queda suficiente y prolijamente expuesto), el aquí guionista Drew Goddard (autor junto a Joss Whedon y director de la laureada La cabaña en el bosque (2012), tal vez uno de los máximos ejemplos que podamos encontrar de una buena idea muy mal desarrollada y peor rematada, cayendo en todos los tópicos que pretende desterrar, subrayando lo que quedaba claro, recurriendo a un chapucero y lastimoso simbolismo que cualquier aficionado al género podría explicar sin tanto didactismo), el escritor que supo respetar las mejores esencias de la estupenda novela Guerra Mundial Z al adaptarla para ser filmada (aunque el resultado final estuviese un tanto desequilibrado, forzando la acción más de lo debido) sí podría haber tomado nota de la manera en que Apolo 13 introducía tensión, electricidad, ritmo, interés, a través del personaje al que daba vida un maravilloso e inolvidable Ed Harris. Aunque parece que vamos a transitar un camino similar plagado de trabas burocráticas, medios de comunicación demandando información, miedo a perder un cargo, opciones de rescate, dudas entre lo que parece utópico y lo que puede realizarse, cuando se reúne un grupo humano como el formado por Jeff Daniels, Sean Bean, Chiwetel Ejiofor o una a ratos desconocida Kristen Wiig (mientras una clamorosamente desaprovechada Jessica Chastain está a mitad de camino entre la Tierra y Marte), el espectador empieza a frotarse las manos para irse desengañando según avanza el metraje y lo más interesante es ver crecer las patatas del huerto que el personaje interpretado por Matt Damon (en una meritoria actuación) consigue sacar adelante recreando una atmósfera óptima para ello, así como otros ingenios que desarrolla para sobrevivir el tiempo suficiente hasta que pueda ser rescatado. Y aunque el uso de la música discotequera aporta momentos simpáticos y evocadores, es un recurso que pierde pronto su capacidad de sorpresa por reiterado y a ratos metido con calzador, imprimiendo ritmo por sí misma no a lo que sucede en pantalla, una serie de experimentos que tal vez hagan las delicias de aquellos que soñaron con ser Jóvenes Castores pero que aburren y terminan por agotar al espectador que vislumbra las posibilidades que esta historia hubiese tenido poniendo el énfasis en otros elementos (parece que Marte no trae excesiva fortuna cuando ocupa el plano central de una película –porque Desafío total (1990) era algo distinto y la vibramos como pocas-, recuérdese el modo lamentable en que Misión a Marte (2000) se venía abajo en cuanto Tim Robbins abandonaba la escena o aquel aburrimiento de dimensiones galácticas llamado Planeta rojo (2000)). Y no se trataba de ponerse absurdamente filosófico o trascendente, tan sólo de tener, por ejemplo, al Hemingway de El viejo y el mar como referente, porque si pensamos en Cuando todo está perdido (2013), mucho mejor quedarnos, al menos, con la parte positiva (que aunque esporádica la tiene) de la tan decepcionante Marte.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

"EL DESCONOCIDO": ¡APUNTEN ESTE NOMBRE!





DIRECCIÓN: Dani de la Torre GUIÓN: Alberto Marini MÚSICA: Manuel Riveiro FOTOGRAFÍA: Josu Incháustegui MONTAJE: Jorge Coira REPARTO: Luis Tosar, Javier Gutiérres, Elvira Mínguez, Fernando Cayo, Paula del Río, Marco Sanz

   El género del thriller no debe cifrarlo todo a un golpe de efecto final, a una sorpresa que deje al público con la boca abierta, a un colofón donde se dé la vuelta bruscamente a lo narrado hasta el momento, especialmente cuando esa revelación supone una traición al tono, a los planteamientos, al desarrollo seguido, o es una trampa que siembra más interrogantes de los ya existentes (y demuestra incoherencias o soluciones forzadas, no justificadas ni satisfactorias) o un intento por explicar lo inexplicable (y pretender que los espectadores comulguen con ruedas de molino); por otro lado, muchas películas que saben resolverse con cierto ingenio están planificadas tan en función de esa apoteosis que no soportan una segunda visión porque poco hay más allá de ese truco o abracadabra cuya efectividad se esfuma como las burbujas de cualquier bebida espumosa o en el mejor de los casos ve cómo su efervescencia pierde fuerza y cosquilleo. Sí, habrá quien diga que nadie rueda pensando en una segunda vez –bueno, ciertos pretenciosos sí aspiran a trascender, a perdurar, a la inmortalidad, a convertirse en clásicos (ellos ya se ven así)-, pero a lo que nos referimos aquí es a cómo muchas historias no ponen específicamente el foco en quién asesinó y por qué, conocer de antemano la identidad del culpable, la resolución de los hechos, no resta un ápice de interés a grandes clásicos del género, antes bien lo acentúa porque entonces uno puede comprobar el modo en que se ha construido el guión para confundirnos, despistarnos, saber guardar sus cartas jugando con honestidad, incluso hay películas que parten del conocimiento que el espectador tiene de lo que ha sucedido y la tensión viene dada por la propia investigación, la intriga está en si los personajes de la pantalla serán capaces de encontrar la solución y cómo lo harán.
   En El desconocido, la vibrante ópera prima de Dani de la Torre, lo más importante no es quién y por qué ha puesto una bomba en el coche del protagonista sino si será posible que éste y sus hijos (los tres pasajeros del vehículo) salgan ilesos o, por lo menos, con vida y cómo llevar a cabo ese rescate provocando los menores daños posibles. Alberto Marini (cuyos créditos anteriores no hacían albergar demasiadas esperanzas: aún está muy reciente la aburrida y desangelada Extinction (2015), fue también el autor de Mientras duermes (2011) y Para entrar a vivir (2006) –ésta última dentro de aquel imposible intento de resucitar las Historias para no dormir del gran Ibáñez Serrador, olvidando que lo mejor de las mismas era su realización, su escasa o nula truculencia, su sabiduría para insinuar y provocar escalofríos-, dos de los varios títulos que demuestran –al menos para el que suscribe- las pocas dotes de Jaume Balagueró para el género que le ha convertido en director de culto), el guionista del que se espera en breve (sobre todo en ciertos círculos) el estreno en salas comerciales de su debut en la dirección de largometrajes –Summer Camp- sabe concretar la historia y ceñirse a lo que sucede en el interior de un automóvil que se transforma en claustrofóbico, en asfixiante, en cárcel y puede que en ataúd, utilizando con pericia las voces a través del teléfono (especialmente la de ese desconocido que advierte, amenaza, manipula, exige), centrando la acción en esas personas que no pueden abandonar sus asientos a riesgo de que la bomba actúe tal y como le corresponde, y tan sólo pierde el paso cuando explica demasiado cómo se ha llegado a esta situación (es algo que se infiere fácilmente de los detalles que se van desgranando, es el magnífico aliento de la dolorosa realidad de ahora mismo, la inspiración que da alas a la mejor novela negra) y muy especialmente cuando hace visible a un personaje que funcionaba mucho mejor en ausencia (al margen de jugar a un maniqueísmo muy reduccionista y que, si se examina con lupa, pudiera decirse que un tanto manipulador, cuando no perverso –pero no analizaremos más para no anticipar lo que debe descubrirse durante la proyección-). Pero como el guión está muy bien estructurado y el debutante Dani de la Torre demuestra conocer a la perfección los resortes para crear suspense por acumulación, refrenando el posible desbarre, haciendo contener el aliento, inquietando y no sobresaltando sin que venga a cuento, pisando el acelerador lo meramente imprescindible para que veamos muy lejana la salida, esas pequeñas y mínimas rémoras apenas frenan el imparable avance de una cinta que, estupendamente rodada más allá de una fotografía demasiado contrastada, como sobreexpuesta, que difumina y resta las posibilidades de La Coruña como escenario natural (a destacar el minucioso trabajo en el montaje de Jorge Coira que consigue que siempre lo veamos todo, que no se pierda detalle, que potencia el factor humano por encima del impresionante despliegue técnico), se pone al servicio del entretenimiento de la audiencia sin ningún tipo de complejos (otros, léase Rodrigo Cortés en Buried (2010), optan por un ejercicio de estilo para lucirse ellos sin preocuparse de nada más que de acariciarse el ego y consiguen que un claustrofóbico como el que suscribe permanezca impasible ante la supuesta tortura a que es sometido el único protagonista, que no interese lo que sucede dentro del atáud –lo que vemos- ni lo que sucede fuera –algo, por cierto, que tampoco interesaba al director según él mismo declaró por mucho que fuese lo que utilizasen algunos para aplaudir la película, la que ellos se hicieron en la cabeza-).
   Luis Tosar se echa la película a la espalda, a los ojos, a las manos, se muestra vulnerable, sobrepasado, es capaz de dibujar un amplio arco emocional ofreciendo una de sus mejores interpretaciones (aunque para muchos no será tan lucida como la excesivamente alabada de Celda 211 (2009), donde tampoco era necesario tanto esfuerzo notorio puesto que se hubiese merendado igualmente a un Alberto Ammann sin sangre en las venas), apoyándose en un guión que utiliza las frases precisas y confía ciegamente en los intérpretes, quienes explican los vasos comunicantes y rotos en ese grupo familiar más con lo que no dicen que con sus palabras (es de justicia alabar el fantástico trabajo de Marco Sanz y muy especialmente de Laura del Río –no sabemos su edad, pero ojalá las patéticas restricciones de los Goya no le impidan ser candidata en la categoría de revelación y alzarse con el triunfo-, joven actriz que asume con una contundencia que deja con la boca abierta momentos de enorme tensión y complejidad dramática). Javier Gutiérrez, aunque parece haber abandonado su intensidad habitual y tan cargante después de su muy premiada y formidable interpretación en La isla mínima (2014), se muestra un tanto impregnado de la supuesta trascendencia de sus parlamentos y responde con exagerado e inverosímil hieratismo a la naturalidad agónica y frustrada de un (de nuevo) enorme Tosar. Fernando Cayo, con su efectividad habitual, con su generosidad de gran actor, aporta la veracidad marca de la casa, dice, hace y se mueve en el tono preciso, despliega su enorme oficio manteniéndose en un segundo plano para, simplemente (lo que no es sencillo aunque hecho por él lo parezca), servir la escena a sus compañeros, especialmente a una Elvira Mínguez impresionante que sólo necesita su aparición (¡Qué magnífica secuencia le regala Dani de la Torre!) para perfilar, dibujar y concretar cómo y quién es su personaje, transmitiendo sentimientos hasta de espaldas a la cámara, por el modo en que escudriña lo que hay a su alrededor, por cómo escupe palabras, por cómo las sopesa en otras ocasiones, por la manera en que coloca las manos, porque incluso podemos escuchar cómo trabaja su mente a velocidad de vértigo sacando conclusiones y desmontando ardides, porque en cada plano en que interviene nos olvidamos de que es una actriz, porque lo que hace supera todos los adjetivos encomiásticos que se nos ocurren, porque su interpretación es legendaria y pasa a los anales. Cuando uno vibra de esta manera con una película, cuando a uno se le graban detalles y frases con un solo visionado es porque se ha encontrado con un título que nunca va a olvidar y con un cineasta (sí, ya se le puede llamar así aunque éste sea su primer largometraje) del que espera volver a tener noticias muy pronto.