jueves, 14 de julio de 2016

"MI AMIGO EL GIGANTE": NO TENGO EDAD (¿O SÍ?)



TÍTULO ORIGINAL: The BFG DIRECCIÓN: Steven Spielberg GUIÓN: Melissa Mathison (basado en el libro The Big Friendly Giant de Roald Dahl) MÚSICA: John Williams FOTOGRAFÍA: Janusz Kaminsky MONTAJE: Michael Kahn REPARTO: Mark Rylance, Ruby Barnhill, Jemaine Clement, Bill Hader, Rebecca Hall, Penelope Wilton, Rafe Spall

   Dentro de ese hábito por querer tenerlo etiquetado absolutamente todo, creando categorías que se pretenden inamovibles y sin posibilidad de evolucionar o servir de abono para otras que supongan variaciones sobre lo estipulado, siempre han aparecido voces que intentan salvaguardar a la infancia, a los jóvenes, a los que están formándose (¡Como si uno dejase de aprender! ¡Que lo digan, por ejemplo, Goya o Solón de Atenas!), a los que consideran incapacitados (cuando no inferiores) para comprender un contenido que sólo debe ser disfrutado por adultos (aunque habría mucho que matizar sobre la idoneidad del término según a quien se aplique -el número de años vividos sólo es eso, no otorga un mayor conocimiento, una mayor capacidad de discernimiento, un juicio más sólido y ecuánime-). Por este motivo se intentan trazar fronteras firmes entre lo que es “infantil” y lo que es “para mayores” (en este caso, las comillas sirven para incorporar un cierto retintín, una cierta burla, un tono marcadamente peyorativo para indicar aquello que confunde términos -ya que existen, utilicémoslos con la mayor propiedad posible-, trivializando la seriedad y aplicación que un creador debe tener a la hora de producir algo dirigido específicamente a los niños o pensando que lo adulto se ciñe a la cuestión sexual); sin entrar en un debate que da para mucho y excede el objeto del presente escrito, es fácilmente comprensible que hay obras de arte que sólo pueden apreciarse y valorarse en su complejidad y totalidad gracias a la experiencia, los estudios, el bagaje, pero del mismo modo hay otras que, por aceptar diferentes lecturas, por no causar “daños irreparables en mentes inocentes” (esos que hay quien intenta exorcizar persignándose de manera compulsiva y elevando plegarias desesperadas a cualquiera que pueda impedirlo), porque la interpretación y percepción que de ellas se extraigan dependen de los códigos que cada espectador posea, pueden ser conocidas por receptores de edades muy diversas. ¿Por qué los Muppets -esos que en España llamamos durante mucho tiempo Los Teleñecos- no pierden fans, todo lo contrario, según estos van cumpliendo años? ¿Por qué los grandes clásicos de Disney son imbatibles? ¿Por qué el ogro Shrek o el pez Nemo -no digamos Asno y Dory- son personajes queridos por el público más variopinto? Precisamente porque han sabido aunar con enorme sencillez elementos de enganche con casi cualquier tipo de espectador, más allá de la fecha que aparezca en su DNI (eso, si tiene edad suficiente para tenerlo).
   Uno de los escritores que con más acierto y talento ha sabido hablar a los niños como a iguales, creando historias que, al mismo tiempo, divierten y entretienen a los mayores, respetando la estructura de los cuentos clásicos pero incorporando detalles que implican a los padres, tíos, abuelos, hermanos mayores (esos que, al releerlo con los pequeños, perciben los cambios que el texto experimenta, el modo en que asuntos que pasaron desapercibidos cobran significado o adquieren relevancia), es el escritor británico Roald Dahl, autor también de narraciones destinadas en concreto a los adultos, poseedor de una prosa diáfana y expresiva que, llegado el punto, sabe volverse tenebrosa y ambigua, combinando a la perfección los tonos para no perturbar más de lo debido, consiguiendo la complicidad del lector y dándole libertad para encarar la lectura del modo que desee. Steven Spielberg ha tenido que aguantar mucho tiempo que se le considerase un director para el público infantil, sigue habiendo muchos que le restan autoría, seriedad, capacidades (también hay algunos que, de repente, tras años de negarle el pan y la sal, cuando les ha convenido y por una película en concreto -la fría y bastante fallida El puente de los espías (2015), que al basarse en un guión de los hermanos Coen entra en una categoría diferente para los que viven de apariencias e imposturas-, han sido varios los que de repente sólo cantan excelencias sobre el cineasta, recuerdan sus múltiples obras maestras, a las que ahora consideran de ese modo como si no existiesen hemerotecas e historiales en las redes sociales que deberían servir para que ningún medio de comunicación que se considere mínimamente responsable de lo que publica contase con ellos), no importaba que Loca evasión (1974), Tiburón (1975), Encuentros en la tercera fase (1977) o El color púrpura (1985) fuesen, claramente, productos muy adultos, daba igual que En busca del arca perdida (1981) y sus secuelas o Parque Jurásico (1993) recaudasen millones en todo el mundo sin necesidad de tener que llevar un niño a la sala para justificar nuestra presencia en la misma, nadie parecía comprender que E. T. El extraterrestre (1982), el film culpable de la etiqueta por la que Spielberg tenía que pedir continuamente perdón (como si, por otro lado, fuese algo negativo dedicarse a los espectadores más jóvenes), la historia de Elliot y su amigo llegado de otro planeta provocaba entusiasmo, asombro, lágrimas y carcajadas en los chavales y en los padres, en cualquiera con sensibilidad para dejarse atrapar por una historia que abogaba por la diversidad, por el respeto, por la convivencia, por el entendimiento. Aunque ha tardado tiempo en suceder, era lógico que en algún momento los caminos de Dahl y Spielberg se cruzasen y que, además, la firma de Melissa Mathison rubricase la unión.
   En muchas ocasiones, el cineasta contó que su idea sobre la amistad entre un chaval y un extraterrestre se le venía se le venía abajo en cada intento hasta que Mathisson se involucró en el proyecto y supo armar un guión sencillo cuya mayor baza es la naturalidad y cuyo mejor ingrediente es la humanidad que destila sin necesidad de moralejas forzadas. Es indudable el paralelismo entre aquella cinta y el material original de Dahl (ambos, entre otras cosas, comparten la honestidad de no pretender descubrir nada, todo lo contrario), por eso Spielberg puso en manos de la guionista la traslación a imágenes del libro que en España se publicó como El gran gigante bonachón (ahora ya reeditado con el título de la película), trabajo que sería el último llevado a cabo por Mathisson antes de fallecer el pasado mes de noviembre. Aunque el éxito ha acompañado a adaptaciones previas (tanto en cine como en teatro), el universo de Roald Dahl es difícil de plasmar en su totalidad, suele quedar reducido a lo más básico e infantil en el peor sentido del término, pierde fuerza y frescura: si Danny DeVito lo hizo aparecer como una sucesión de chistes sin demasiada gracia en Matilda (1996), Tim Burton fracasó estrepitosamente en Charlie y la fábrica de chocolate (2005) puesto que logró un espectáculo colorido y atractivo, pero vacío y carente de emoción -sin su presupuesto ni posibilidades técnicas, Mel Stuart fue más fiel y conservó las esencias de Dahl en Un mundo de fantasía (1971), con un sorprendente Gene Wilder como Willy Wonka-, ambos títulos se han convertido en musicales en el West End londinense pero, a pesar del lógico éxito en un país en que el autor es lectura imprescindible, a pesar de la brillantez de determinados números, a pesar de -sobre todo Matilda-mantenerse en cartelera varias temporadas, no han traspasado la batería, no tienen canciones que vayan a quedar en la historia. Mathisson sortea con cierta facilidad los primeros escollos, nos mete en situación, narra con sencillez, sigue fielmente el modo de contar de Dahl, pero no consigue evitar que, llegado cierto punto, algunas secuencias se alarguen innecesariamente y el metraje parezca excesivo. Por fortuna, Spielberg pone toda la maquinaria en funcionamiento durante el tramo final para que el espectáculo esté servido y la cinta retome el vuelo, poniendo, como tantas veces, los efectos especiales al servicio de la historia, usándolos sin recato porque así se precisa pero sin abusos ni rimbombancias, apoyado en un libreto que, tal y como sucede en el original literario, no trata de adoctrinar ni de moralizar.
   Mark Rylance, el señor capaz de inyectar veracidad y hondura a la gelidez de los Coen (volvemos a El puente de los espías, su muy merecido Oscar como actor secundario en la última edición de los premios), el intérprete que, fuera del Reino Unido y de los amantes del teatro, apenas era conocido hasta que Spielberg puso sus ojos y confianza en él (aunque la miniserie de televisión Wolf Hall, en la que interpreta un espléndido Thomas Cromwell, ha compartido honores en el tiempo con la película citada), vuelve a dejar clara su categoría, su capacidad para emocionar desde la aparente imperturbabilidad (en realidad, apenas cambia el gesto: trabaja las corrientes subterráneas, lo muy sutil, va acumulando sin que se perciba hasta que los efectos se notan en el patio de butacas), olvidamos que estamos viendo el resultado de una interpretación procesada, matizada, capturada, completada a través de un ordenador (o de muchos), el prodigioso y puntilloso trabajo del equipo de efectos especiales (y de otros departamentos técnicos) permite, consiente y coadyuva a que el rostro de Mark Rylance no pierda humanidad, a que el gigante (y su mundo) parezca real, a que no nos extrañe su aparición, como le sucede a la niña protagonista, Sophie (una estupenda Ruby Barnhill), que no en vano es una grandísima lectora, como también lo era Matilda (es toda una declaración de intenciones, un reconocimiento al maestro, un ponerse bajo sus auspicios, que esté leyendo Nicholas Nickleby cuando el gigante se la lleva), de ahí que no se haga preguntas inútiles y se limite a querer comprender. Ver en pantalla a la siempre eficiente Penelope Wilton (en una simpática encarnación de Isabel II) siempre es gratificante y más cuando forma una curiosa y bien acoplada pareja con Rebecca Hall en algunos de esos momentos que Dahl incluye como guiño al público adulto aunque integrados de tal forma en el tono original que los niños los reciben con algarabía y sin desconectar. A pesar de ciertas arritmias ya señaladas, Spielberg demuestra una vez su solvencia como narrador, su maestría sin recurrir a extravagancias o reclamaciones fuera de lugar, él sabe que ciertas estructuras nunca van a sufrir los efectos del tiempo y la carcoma, no hace falta inventar nada, tan sólo ser fiel a lo que funciona sin volverse rutinario o repetitivo (y, a pesar de las semejanzas con E. T., al fin y al cabo esos son los asuntos que más le interesan, ahí está la voz de un autor, el cineasta no cae jamás en el error del mimetismo).      

domingo, 10 de julio de 2016

PROGRAMA DOBLE: "NOCHE REAL" / "ESPÍAS DESDE EL CIELO"



   Como, aunque escrito con un ánimo profesional, este blog no deja ser una vía de expresión personal, una especie de diario de espectador que voy rellenando a rachas, como a veces pasa bastante tiempo entre una entrada y otra, voy a rescatar aquellos programas dobles de mi infancia y adolescencia en que tanto cine consumí y aprendí para reseñar títulos que, de una forma u otra, merecen atención y sobre los que, aunque pueden haber desaparecido de la cartelera cuando me ocupe de ellos, no quiero guardar silencio, transmitiendo la idea equivocada de que nos lo he visto o, sencillamente, no me han satisfecho (ser escritor lento no implica que mi voracidad cinéfila decrezca lo más mínimo).

-NOCHE REAL: SIMPLEMENTE, ISABEL


TÍTULO ORIGINAL: A Royal Night Out DIRECCIÓN: Julian Jarrold GUIÓN: Trevor De Silva, Kevin Hood MÚSICA: Paul Englishby FOTOGRAFÍA: Christophe Beaucarne MONTAJE: Luke Dunkley REPARTO: Sarah Gadon, Bel Powley, Jack Reynor, Jack Laskey, Jack Gordon, Emily Watson, Rupert Everett

   Cabría la posibilidad de analizar esta película en términos estrictamente políticos, especialmente teniendo en cuenta los resultados del reciente referéndum sobre el “Brexit”, pero eso sería ir en contra del divertimento, del humor sano que Noche real despliega, mezclar churras con merinas, si bien es cierto que no puede dejarse de lado la inteligente manera en que los británicos llevan muchísimos años vendiendo su idiosincrasia, sus particularidades, el modo en que han convertido en reclamo turístico lo que supuestamente les separa de Europa, cómo han sabido preservar una identidad que, sin soflamas ni arengas, con grandes dosis de ironía y autoparodia, se ha convertido en su mejor carta de presentación, en la base sobre la que sustentar productos audiovisuales de alta calidad. Por mucho que haya quien señale el tufillo hagiográfico del filme que nos ocupa, éste no deja ser una nueva muestra de la envidiable libertad a la hora de enfrentarse con la monarquía de que allí hacen gala, quedándonos en lo meramente ficticio (es decir, cine y televisión -olvidemos ahora los tabloides, el periodismo incisivo, el cuestionamiento bien informado y argumentado-), lo que se percibe como tal por mucho que las historias así consideradas se inspiren en hechos reales (al menos en su origen, que el desarrollo se ciña a lo que está documentado y puede probarse no es exigencia que les coarte) o pretendan ser una crónica de los mismos. Aunque el tono sea muy diferente, es la ocasión idónea para citar hitos como aquel Spetting Image, un programa imposible de imitar (y, por desgracia, tuvimos prueba de ello en España) cuando entra en juego la corrección política mal entendida y peor aplicada, o las certeras radiografías firmadas por Peter Morgan tanto para la pantalla como para la escena en las que el respeto a la institución monárquica (especialmente a la figura de Isabel II) no está reñido con el uso de un escalpelo muy bien afilado que hurga en lo incómodo, en lo hiriente, en lo ambiguo, midiendo con maestría la sorna, la crítica, mostrándose ecuánime en la exposición, sin ser descarnado pero sin sufrir el síndrome de Estocolmo en que tantos se enfangan sin rubor cuando abordan determinados asuntos (y personajes).
   Coqueteando con acierto con el estereotipo y con el conocimiento previo que el espectador tiene (determinados lugares comunes y posteriores escándalos), el guión de Trevor De Silva y Kevin Hood presenta a unas Isabel y Margarita (especialmente ésta) muy reconocibles y verosímiles, estupendamente interpretadas por Sarah Gadon (perfecta en su contención, en cómo se mueve bajo el peso de la corona con el que ha sido educada, en cómo lleva impreso a fuego el sentido del deber, en cómo deja atisbar los comprensibles anhelos juveniles pero no se va a permitir ni un momento de flaqueza -y si lo tiene, si así lo percibe, rápidamente recupera su verticalidad, su aura de futura soberana-) y una desopilante Bel Powley (con un control absoluto del tempo para no excederse sin dejar de ser un huracán incontrolable), magníficamente secundadas por la grandeza actoral de Rupert Everett y una Emily Watson que roba cualquier plano al que se asome. Julian Jarrold acierta plenamente en el tono fresco que imprime al conjunto, permitiéndose más irreverencias de lo que puede parecer a simple vista, pero sin consentir que la cinta sea otra cosa que una aventura juvenil, aunque jamás pierde de vista la doble intención, el punto de partida, lo que diferencia a Noche real: Isabel y Margarita abandonaron Buckingham para mezclarse con el pueblo y celebrar el final de lo que hoy conocemos como Segunda Guerra Mundial. Sin que uno varíe en nada sus simpatías republicanas (porque, como ya se ha dicho, no es esa la intención de los creadores: que hace cercanos e incluso comprensibles a los Windsor, por supuesto, que los humaniza, también, de eso se trata -la posible crítica debe sustentarse sobre el conocimiento, no sobre lo dado por hecho, hablamos de personas concretas-, pero no desear un sistema de gobierno no implica que uno quiera decapitar a nadie), no puede dejar de reconocer que, incluso ante películas que, quiérase o no, especulan sobre su intimidad, la reina Isabel II se ha ganado el sueldo desde el primer día (otra cosa es el resto de su familia, la de sangre y la política, pero eso no es cometido del presente escrito).  

-ESPÍAS DESDE EL CIELO: TENSIÓN SIN A(DU)LTERAR

TÍTULO ORIGINAL: Eye in the Sky DIRECCIÓN: Gavin Hood GUIÓN: Guy Hibbert MÚSICA: Mark Hepker, Mark Kilian FOTOGRAFÍA: Haris Zambarloukos MONTAJE: Megan Gill REPARTO: Helen Mirren, Alan Rickman, Aaron Paul, Barkhad Abdi, Iain Glen, Phoebe Fox

   En aquellos programas dobles que evocamos, el nexo de unión entre las películas no siempre estaba demasiado claro, por no decir que era inexistente (ya me dirán, más allá del pareado, por qué Viaje alucinante (1966) y El currante (1983) compartieron cartelera -sí, Andrés Pajares hubiese perseguido a Raquel Welch como un poseso, pero a buen seguro fueron las dos cintas que tenían a mano esa semana-, eso por no recordar otras mezclas insólitas -pero que proporcionaron una buena diversión y una tarde de cine inolvidable-); en esta ocasión también lo cogemos un poco por los pelos, puesto que el filme anterior y el que ahora nos ocupa se ofrecen a la vez por la presencia, en este segundo, de Helen Mirren, cuya interpretación de Isabel II, personaje protagonista de Noche real, ha entrado por méritos propios en la historia del cine (nos referimos, claro, a The Queen (2006), el espléndido trabajo de Stephen Frears sustentado en un sólido guión de Peter Morgan, ya antes mencionado). En esta ocasión, Mirren encarna a una coronel de la inteligencia militar británica que lidera una operación secreta para capturar a un grupo de terroristas en Nairobi, operación considerada casi un mero trámite hasta que se descubre que lo que se creía una mera reunión que ponía a su alcance a determinados miembros de la célula que se quiere desarticular es, tan sólo, el inicio de una misión suicida que debe ser abortada para evitar una catástrofe. Cuando una niña instala su puesto ambulante de venta de pan en la zona que arrasará la onda expansiva generada por el ataque, los dilemas morales, la ética militar, el maleable concepto de “daño colateral tolerable”, la impotencia ante las manos atadas, la imposibilidad de un análisis meramente racional de la situación, la frialdad de unos, la inconsciencia con la que otros llegan al ejército, el sentido del deber mal asimilado o reinterpretado a conveniencia propia, millones de sensaciones y emociones contradictorias inundan la pantalla y se apoderan del espectador, sin necesidad de que los personajes se pongan discursivos ni expliquen doscientas veces su postura, huyendo de cualquier dialéctica que lastre la acción tensa cuya intensidad jamás disminuye, sin justificar ni juzgar a nadie, exponiendo hechos, explicando lo justo las normativas a las que cada uno apela, imprimiendo dramatismo a cada secuencia sin pretender convencer a nadie de nada.
   Gracias a un guión perfectamente medido y controlado de Guy Hibbert, sin maniqueísmos ni soflamas, sin reduccionismos tramposos, Gavin Hodd filma su película más sólida, sin necesidad de recurrir a los vericuetos visuales en que tantos se enredan para, en realidad, marear la perdiz y dar gato por liebre: aquí la tensión se palpa, se mastica, se sufre, las imágenes de drones u ordenadores se integran a la perfección con el resto, nada perturba ni fatiga la mirada del espectador, esa que no se puede desviar en ningún momento porque lo que sucede en pantalla sabe implicarnos desde lo emotivo, desde lo personal, con honestidad, sin tremendismos. Si en Apolo XIII (1995), donde la aparición de Ed Harris para controlar la misión espacial inyectaba nervio a lo que adolecía del mismo durante el resto del metraje, o en El ultimátum de Bourne (2007), donde las secuencias a cargo de Joan Allen y David Strathairn en sus respectivas salas de control aportaban adrenalina auténtica y no la falsa y rimbombante en que se pierde desde hace años el antes vigoroso y explosivo sin necesidad de artificios cineasta Peter Greengrass, poco interesaba (y aburría mucho) todo lo que sucedía fuera de esas habitaciones repletas de pantallas, Espías desde el cielo se construye prácticamente íntegra en espacios pequeños, agobiantes, asfixiantes, incluso contagia esa atmósfera densa y cerrada a lugares más abiertos o directamente al aire libre, jugando con las distancias para conmover con imágenes que en teoría se contemplan con frialdad, son parte de la rutina de los personajes, se ven a través de pantallas o dispositivos, es como si no fuesen reales, pero de cuyas consecuencias nadie puede escapar. El duelo de miradas, susurros, frases entrecortadas, palabras matizadas del que somos testigos deja sin aliento y nos llena de admiración ante el trabajo sutil y potente que llevan a cabo todos los actores, viéndonos obligados a destacar a Alan Rickman en la que es, por desgracia, su última aparición cinematográfica.

lunes, 4 de julio de 2016

OLIVIA DE HAVILLAND: MELANIA HAMILTON, SILENCIO CÁLIDO



  


 En aquella ocasión no pude evitar sentirme importante, caminar con altivez, mirar por encima del hombro, presumir y alardear de mi buena fortuna: ¡Iba a ver Lo que el viento se llevó en cine! Era un sueño largamente acariciado, era una de las películas favoritas de la tía Carmen, gozaba de un lugar destacado en la colección de afiches que fui reuniendo gracias a Emi, una vecina que trabajaba en una tienda de sonido de la calle Barquillo, una de aquellas en que empezaron a aparecer tímidamente esos aparatos mágicos que te permitían no depender de la programación de televisión para llenar de contenido algunas horas de ocio (el resto estaba dedicado a la lectura casi en exclusividad), que posibilitaban grabar tus programas favoritos cuando los Cela viniesen de visita o hubiera que salir a picar algo (es decir, un domingo tras otro -con raras y liberadoras excepciones-), ese vídeo que muy pronto sería imprescindible para seguir alimentado la cinefilia (aunque mucho de cinefagia, si se me permite el neologismo, también había -y sigue habiendo-), justo el primer magnetoscopio que entró en casa de los tíos vino con una copia de Lo que el viento se llevó como regalo, pero eso sería meses después de lo que ahora voy a contar. En 1983 (pensaba que a principios de año, pero según fuentes consultadas y fidedignas fue a partir de mayo) los lunes cinematográficos de TVE (en la segunda cadena, esa que sólo visitábamos para acontecimientos de este tipo) se vistieron de melodrama, La solterona (1939) abrió fuego (otro de esos títulos que cimientan mi adoración por el llamado séptimo arte) y los créditos que presentaban el ciclo se cerraban con el famosísimo movimiento de cámara que se aleja de una colina mientras Escarlata O´Hara pone a Dios por testigo de que no volverá a pasar hambre; eso provocó que empezase a correr la voz de que, un día de estos, más tarde o más temprano, Lo que el viento se llevó sería programada, aún recuerdo la emoción de la tía cuando aparecieron las letras “El melodrama” sobre la silueta de Vivien Leigh, “¡Ay, mira, por fin!”, el caso es que el momento nunca llegaba, las emisiones se sucedían (con una selección esplendorosa de títulos -El cielo y tú (1940), Nunca digas adiós (1962), Mañana lloraré (1954), por citar tres que, además, se emitieron en ese orden y en semanas consecutivas-), pero el ansiado encuentro con Tara, con Mamita, con todo lo que la tía Carmen iba desgranando mientras alimentaba mis ansias y agigantaba mis anhelos, no se concretaba. Chari, la peluquera de la familia, una grandísima lectora, me prestó su edición de la novela de Margaret Mitchell (un tochazo del Círculo de Lectores) para que, por lo menos, conociese el original literario y fuese abriendo boca (fue el mismo día en que me trajo Viento del Este, viento del Oeste de Pearl S. Buck, “porque seguro que también te gusta” -y acertó: muchos años después me lo regaló Pablo y su relectura, casi su descubrimiento porque apenas recordaba la anécdota inicial y algunos detalles, pocos, fue una cálida caricia en el corazón-). ¿Cómo resistirse a esa primera frase, “Escarlata O´Hara no era bella”? Recorrí las mil páginas (o tal vez alguna más) con la fruición, velocidad y ahogo con que se lee en la adolescencia, sin tregua, queriendo llegar al final, disfrutando el momento, comentando la novela con Mari Paz, compañera del colegio que hacía lo propio al mismo tiempo, incorporando las evocaciones de la tía y de su madre sobre la adaptación fílmica, riéndonos en ocasiones de la protagonista, de su ímpetu, de su talante caprichoso, de su absurdo y falso enamoramiento de Ashely, un hombre al que ella veía con los ojos de su imaginación, dotándole de unas virtudes de las que carecía, estos detalles no evitaron (incluso propiciaron) que su carisma, su cascabeleo, su coqueteo, su frivolidad, su carácter de niña caprichosa a la que todo se le concedía antes incluso de pedirlo, su incontenible fuerza, sus debilidades que tanto la humanizaban frente a otras heroínas románticas, sus aristas, todo en Escarlata nos la hiciese próxima, a ratos simpática, en otros insufrible, pero en cada página un personaje lleno de vida, un ciclón que hacía muy complicado permanecer impasible. Pero allí, sin querer molestar ni destacar, casi al margen, en segundo plano pero con una importancia superlativa, aparecía una tal Melania Hamilton, una personita que fue ganando nuestro corazoncito y, ahora sí, por fin llegamos a Olivia de Havilland.
   Los cines Madrid anunciaron un ciclo homenaje a la MGM durante unas semanas de verano y, por supuesto, Lo que el viento se llevó era uno de los platos fuertes de la programación; creo que pocas veces he camelado tanto al tío Miguel, aunque era muy fácil de convencer cuando se trataba de asuntos culturales, hasta conseguir que prometiese que una tarde iríamos a ver la película y, por eso, no pude evitar caminar como si flotase, creyéndome el rey del mambo porque iba a hacer realidad mi sueño, pensando que no había nadie más importante (ni más afortunado) que yo sobre la faz de la tierra. Lo que sucedió en aquella sala (la número 4) de los cines Madrid (edificio que, tras muchos años cerrado, está en proceso de rehabilitación, ojalá sea para restablecer el antiguo negocio) entra dentro de lo mágico porque mi sueño se había quedado corto, muy corto: sí, es cierto que iba predispuesto, pero esa actitud suele conducir en demasiadas ocasiones a una irremediable decepción, palabra que jamás sobrevoló mi ánimo durante las casi cuatro horas de proyección (súmese el clásico intermedio, precisamente después del “a Dios pongo por testigo”, en películas tan extensas). La partitura de Max Steiner me abdujo, me insertó en la pantalla, a los pocos minutos ya estaba hipnotizado, reconociendo situaciones y personajes, sin añorar nada de lo que, inevitablemente, había quedado fuera en el trasvase del libro al celuloide, sorprendiéndome, admirándome, emocionándome, ojiplático, boquiabierto, casi sin respirar, celebrando con la tía los mejores momentos, viviendo con la misma intensidad el incansable crescendo que la narración sabe mantener, controlando los tempos con soltura y talento, sin tiempos muertos porque cada secuencia, por muy trivial que pueda parecer, aporta algo al conjunto. Y arrebatado por Vivien Leigh, impactado por Clark Gable, flechado por Hattie McDaniel, la figura de una tal Olivia de Havilland (a la que reconocía gracias a películas emitidas en televisión, aventuras inolvidables como Murieron con las botas puestas (1941), La carga de la Brigada Ligera (1936), Robin de los bosques (1938) y alguna otra) se fue imponiendo, se adueñó de mi corazón, su sonrisa, sus ojos, sus gestos controlados y educados, su bondad a prueba de explosiones, incendios y demás catástrofes, su coraje e inteligencia (a buen recaudo para no destacar, pero latentes en todo momento), el magisterio que la actriz desplegaba a la hora de contener emociones, expresándolas con un visaje casi imperceptible pero certero, su forma de ocupar su lugar sin empujones ni alharacas, su capacidad para desaparecer pero dejando huella, la manera en que Melania se dignificaba y destacaba aún más que en la novela, un torbellino de admiración me puso desde ese momento en permanente reverencia ante una de las actrices más gigantescas que verán los tiempos, los que se lleve el viento y los que queden por llegar.
   Hay quien hace una lectura superficial del personaje y tilda a Melania de simple, bobalicona, estúpida y epítetos más gruesos e incluso groseros; como decíamos, Escarlata tiene muchos momentos de lucimiento, no se puede negar el poderío de su comportamiento durante el incendio de Atlanta (cuando, precisamente, es la única que permanece junto a Melania y su bebé recién nacido -da a luz con el fragor de la lucha como cruel banda sonora-), sus duelos verbales con Rhett Butler, sus argucias y triquiñuelas para salirse con la suya (y para reflotar la mermada y asolada hacienda familiar), su baile con traje de luto, sus secuencias en la colina frente a Tara (y alguna muy poderosa que no tuvo traducción cinematográfica: el momento en que defiende el sable de Carlos, su primer marido, el hermano de Melania, puesto que es la herencia de su hijo -quien también desaparece en la película- y evita que unos soldados se lo lleven, plantándoles cara en el porche de Tara con su sobrino en los brazos y su propio hijo oculto entre las faldas, llorando porque se llevan lo que un padre al que no conoció dejó para él), pero Melania tampoco se queda manca a la hora de reivindicar secuencias antológicas, beneficiándose de la prodigiosa interpretación de Olivia de Havilland para transformar en tales casi todas en las que interviene. Si es la réplica perfecta a Escarlata durante la cuestación en el baile para recaudar fondos para el ejército sureño (por cierto, el hilarante momento de los anillos de boda sucede justo al contrario en la novela, siendo mucho más significativo e impactante como aparece en la película, al margen de definir a la perfección a los tres involucrados -Escarlata, Melania y Rhett- en apenas unos segundos), si su inexpresividad caminando hacia la mujer que ha intentado seducir a su marido golpea, inquieta y asombra, si el modo en que gime mientras Rhett le promete “tranquila, Melania, la vamos a sacar de aquí” sobrecoge, si su escena subiéndose al coche de Belle Watling destila señorío, elegancia y ausencia de prejuicios, hay un momento que, para el que suscribe, se inscribe con letras de oro dentro de ese particular y selecto olimpo de secuencias gloriosas y favoritas: su espléndido enfrentamiento (fingido, como se verá poco después) con Rhett Butler cuando se supone que éste trae a Ashley y el resto de la pandilla -excepto el segundo marido de Escarlata- del burdel local, borrachos como cubas, evitando el arresto porque les proporciona una coartada sólida al reconocer el pecado delante de sus esposas, comprendiendo a la perfección el mensaje en los ojos de Butler, sabiendo leer entre líneas, reaccionando con velocidad de crucero, impecable en el engaño. Lo que Olivia de Havilland despliega en esos pocos minutos es una lección interpretativa que debería haberse saldado con un Oscar, pero la maravillosa Mamita de Hattie McDaniel era una oponente imbatible, aunque la manera en que Olivia se planta en el marco de la puerta, ofendida pero seca e implacable, cómo parece alguien de la altura de Clark Gable, cómo empequeñece al resto, queda para los anales.
   Y el Oscar llegó en dos ocasiones: el primero, por la muy desconocida (y mal editada en formato doméstico, ya que un melodrama clásico merecería una edición doblada para esa generación que no se maneja con los subtítulos y ama el cine) Vida íntima de Julia Norris (1946), título que pudimos rescatar para nuestro Madres de película, una gozada para los fanáticos del género, un filme que recordar a través de algunas de las palabras que le dedicamos: “Con un material tan sensible y tendente al melodrama más desaforado y peor entendido, en apariencia sin nada novedoso que ofrecer (especialmente teniendo dos referentes tan prodigiosos como Stella Dallas y La solterona que, con argumentos similares, se habían aupado a la cima del género), con un director elegido por ella misma que supo entender las potencialidades del guión y lo que esperaba del mismo su protagonista (a la que, no en vano, había dirigido en la estimulante Si no amaneciera), huyendo de todos los lugares comunes y variando en más de una ocasión la deriva que pretendía dar a la historia Charles Brackett, Olivia de Havilland encontró el vehículo adecuado para dejar atrás la imagen que incluso hoy en día sigue acompañándola: actriz efectiva, especialista en personajes bondadosos hasta la estupidez, poseedora de unos mohines que, convenientemente dosificados, provocaban lágrimas en el espectador más endurecido. Y no hay más que revisar sus títulos junto a Errol Flynn en los que, sin poder dejar de ser un mero elemento decorativo, siempre regalaba alguna escena digna de recuerdo o la inteligencia con la que vertió las intenciones del texto de Margaret Mitchell para que su Melania Hamilton de Lo que el viento se llevó no fuese el personaje simplón, plano y estúpido que muchos siguen empeñados en ver para dejar clara su inteligencia de actriz, la aparente sencillez con la que asume roles llenos de meandros, más complejos de lo que uno pudiera pensar en un primer vistazo, una forma de interpretar que, de nuevo en contra de lo que afirman ciertas voces, no se ha quedado antigua porque es plenamente actual; no sólo sigue convenciendo: cautiva, asombra y sorprende. Apenas necesita maquillaje para perder su brillo, su candor, su energía y, poco a poco, parecer una anciana, lucir un rostro fatigado y lleno de permanente rencor, jugándose la empatía del público cuando recurre al chantaje y fuerza a Gregory a vivir con ella lejos de aquella a la que él sigue llamando “mamá” (hoy en día, más de una actriz rechazaría estas escenas para no caer mal y Olivia consigue resultar odiosa), destilando pequeños detalles que elevan su interpretación a los altares (fue su primer Oscar –el segundo le llegaría apenas tres años después por La heredera, donde una vez más nos deja sin aliento-): en el umbral del dormitorio de Corinne, cuando dolorida, abatida pero feliz porque puede ofrecerle un hijo, ella se abraza con Alex y con el bebé, de Havilland tiene su mano aferrada al marco de la puerta que el médico va cerrando para respetar la intimidad del matrimonio y, muy poco a poco, ella va soltándose, está a punto de que los dedos sean atrapados, asumiendo su pérdida pero expectante por si surge la mínima ocasión de recuperar al niño”. La segunda estatuilla llegaría apenas tres años después por una de las cumbres cinematográficas de todos los tiempos: La heredera (1949), un absoluto prodigio que sólo William Wyler podía filmar y firmar, la adaptación de lo que Ruth y Augustus Goetz llevaron a las tablas inspirándose en Washington Square, una de las varias obras maestras de Henry James. Por si había alguna duda de que Olivia de Havilland iba a quedar para siempre en la iconografía cinematográfica, no contenta con dolernos, enamorarnos, hacernos compadecerla, despertar anhelos protectores durante toda la película, de nuevo superando el estereotipo y los clichés con que algunos cegatos siguen definiéndola (y negándole su modernidad, su versatilidad, su inteligencia, su dignidad), la intérprete sube una escalera en la secuencia final como pocas veces se ha hecho, como muchas han querido imitar, como nadie más ha conseguido (y, precisamente por este significativo detalle, por esta última secuencia que invita a aplaudir puestos en pie, el filme ocupa un lugar destacado en nuestro primer libro en común, Finales de cine).
   Bette Davis se negó a rodar la secuencia en que Olivia debía abofetearla en Canción de cuna para un cadáver (1964), le dijo a Robert Aldrich “nos queremos mucho, pero sé que lleva demasiados años deseándolo”, por eso fue una doble la que recibió el castigo, miedo de la Davis que dice mucho de cómo la valoraban en Hollywood, de que no confundían bondad y simpatía con excesiva candidez o, directamente, con inconsciencia, con falta de raciocinio, con conformismo. Y no se puede olvidar Nido de víboras (1948) ni algunas de sus intervenciones televisivas, o Como ella sola (1942), La pelirroja (1941), Mi prima Raquel (1952), su eterno enfrentamiento con su hermana, Joan Fontaine (esa que, según los mentideros de Hollywood, rechazó el personaje de Melania por considerarlo poca cosa, pero sugirió que podían ofrecérselo a la de Havilland), siempre es grato reencontrarla incluso en productos ínfimos. ¡Felicidades, doña Olivia por estos primeros 100 años! ¡Gracias por tanto! ¡Gracias por Melania Hamilton!