jueves, 3 de agosto de 2017

PABLO BERGER: "HACER CINE ES ESCRIBIR CON IMÁGENES"







  Pablo Berger llamó la atención gracias a una ópera prima que parecía rodada por un veterano, Torremolinos 73 (2003) recogía un legado, el de la comedia costumbrista española, y lo magnificaba y renovaba sin que se notase el esfuerzo, toda una audacia que le llevó a las puertas del Goya como director novel (y cuando todo el mundo pensaba que su máximo rival era David Serrano, candidato por Días de fútbol, resultó que el galardón fue para Ángeles González Sinde por la muy inferior La suerte dormida). Fiel a sí mismo y a su afán por contar historias, Berger tardó varios años en encontrar financiación para su nuevo proyecto, una rareza muda y en blanco y negro que tuvo que arrastrar el sambenito de copiar a The Artist (2011), cuando sólo se parecían en lo meramente formal -y cuando llevaba mucho tiempo escrita-. Tras haber roto muchos moldes con Blancanieves (2012), el cineasta ha seguido ignorando los cantos de sirena, trabajando a su ritmo, eligiendo la historia que le apetecía contar y, así, llega a la cartelera agosteña su nueva entrega, el tercer título de su filmografía: Abracadabra, una comedia con tintes amargos, un drama con capacidad para la risa, una nueva muestra de la versatilidad estética y estilística de Pablo Berger, quien atiende a la prensa (al igual que los actores protagonistas -Maribel Verdú, Antonio de la Torre y José Mota-) en la Sala Golden, en plena Gran Vía madrileña, uno de los escenarios de la película, un lugar que diríase salido de la mente de algún creador con tendencia a lo kitsch pero que existe, no hacen falta retoques. La conversación es cálida, cercana, fluida, Berger hipnotiza (nunca mejor dicho) con su sencillez, su amor por su trabajo, la pasión que pone al compartirlo con los demás.
   PREGUNTA.- Ya se empieza a escuchar que Abracadabra es una película especial, pero, valga la redundancia, eso no es nada especial en tu caso porque podríamos emplear el mismo adjetivo para definir a las anteriores. ¿Esto sale así? ¿Es inevitable?
   RESPUESTA.- Jajaja, takl vez me sale así, no sabría cómo explicarlo. Puedo decirte, porque es algo que me pasa siempre, que cuando me siento frente a la pantalla y me preparo para escribir me parece que el teclado es una especie de ouija, en serio. Y me dejo llevar, nada más, me dejo llevar por mi locura, por mis obsesiones,… Creo mucho en la escritura automática, en el inconsciente, creo en ese proceso que es como vomitar piezas de un puzle que no sé cómo van a encajar mientras van apareciendo. Me gusta arrancar desde una situación extrema, pero luego me gusta ir poniendo un orden, que el caos no lo sea tanto y contar un cuento.
   P.- Lo has dicho muchas veces, incluso te gusta presentarte como cuentista…
   R.- Siempre quiero contar una historia, es lo que me mueve, igualo al espectador con mi hija, que ahora tiene trece años como la niña protagonista, empecé Blancanieves contándosela a ella, aún no había nacido cuando Torremolinos 73 pero tenerla presente me ayuda a ir hilando la historia: siento al espectador en mis piernas, como hacía antes con mi hija, y hago lo que me interesa, es decir, contar un cuento. Una cosa fundamental es encontrar un protagonista, que surja un objetivo claro una vez voy trabajando con las ideas.
   P.- Pero tuvo que haber un punto de partida para Abracadabra, ¿no?
   R.- Hace más de treinta años, estaba en la discoteca con un amigo y de repente empezó a sonar Tubular Bells y apareció un hipnotizador, pidió voluntarios y mi amigo, que es un cachondo y un incrédulo, igual que lo era yo, se ofreció para salir al escenario. En el camino hacia allí iba haciendo una peineta, burlándose, su intención clara era la de boicotear el espectáculo, pero la sorpresa fue que cayó en las redes del hipnotizador, que éste dijo “abracadabra” y anuló la voluntad de mi amigo. La imagen de verle totalmente controlado y a merced de lo que le ordenase el hipnotizador fue el detonante de la película, pero el origen verdadero es mucho más que esa anécdota. Después de estar dos años de gira por todo el mundo presentado Blancanieves, llegó el momento de depresión, “¿y ahora qué?”, me puse a buscar entre guiones que tengo más o menos acabados, escaletas, ideas, fotos, y resultó que Abracadabra era lo más diferente posible a lo anterior: si Blancanieves era muda y en blanco y negro, Abracadabra es de colores chillones, ruidosa, a ratos kitsch y, por encima de todo, una comedia. Cada película me la planteo como un salto mortal, si me repito no tiene sentido lo de hacer cine, prefiero rodar poco pero en libertad, sin condicionantes ni presiones.
   P.- Aunque los problemas para encontrar financiación (y confianza) retrasaron el rodaje de Blancanieves, has dejado pasar cinco años hasta este nuevo estreno, ¿optas por el ritmo lento a la hora de ir conformando tu filmografía?
   R.- Mi mujer es japonesa y hay un refrán de su país que dice “si tienes prisa por llegar, coge el camino más largo” y así me ha ido bien, no me puedo quejar, todas mis películas han sido muy deseadas. No soy hombre de familia numerosa, jajaja. Igual con la siguiente tardo un poquito menos, esto nunca se sabe en realidad, pero tardar entre tres o cuatro años con cada película es lo ideal porque elaborar el storyboard me lleva al menos un año: me lo tomo como si estuviese haciendo una novela gráfica, hacer cine es escribir con imágenes, es como si el pastel en sí fuese la historia cuando se traduce en imágenes y los diálogos aportan la crema, algo que trabajo mucho con los actores, pero es básico que tener un mundo visual, que cada película tenga su identidad lo considero clave.
   P.- Y cuando el espectador cree tenerlo todo más o menos claro, Abracadabra se nombra a sí misma, hace un truco de magia y varía su tono…
   R.- Sigo con las metáforas culinarias y defino a Abracadabra como una lasaña: tiene una capa muy gorda de comedia pero también tiene otra similar de drama social, se tocan temas muy serios porque reivindico que la comedia puede y debe tocar asuntos como el de la violencia de género, central en este caso, también se habla de enfermedades mentales, todo puede abordarse sin renunciar a las risas cuando convenga. En una primera parte, el asunto dramático está latente, es como un tiburón que ronda esperando el momento de atacar, pero cobrará la importancia debida en el último acto, es necesario que haya un gran final, y creo que cuando Abracadabra da un giro radical y cambia de tono y tema es cuando el suflé sube como debe y la película cobra su verdadero sentido. No me gusta hacer comedia sin más, me gusta la comedia seria, con contenido, con peso, tocando diferentes temas, aportando mi mirada pero sin subrayar ni lanzar mensajes, tan sólo explicándome a mí mismo.
   P.- Empatizo especialmente con el canto que haces en favor de la imaginación, hay que dejarle su espacio incluso aunque sepamos que tiene truco, no podemos estar pensando en eso cuando hay un mago en escena…
   R.- Eso es: el espectador que va a un espectáculo de magia sólo preocupado de cómo se consigue el truco no disfrutará y así me gustaría que cada uno encarase Abracadabra, preocupándose sólo de disfrutar, sin pensar a qué se parece y a qué no, intentando definir su género, llegando con el prejuicio de “no me gusta José Mota”, lo que sea. A la hora de ver cine, odio el cinismo y la nostalgia y lo digo así de rotundo, no creo que esos espectadores gocen, incluso me atrevo a decirles que no vengan, pero si quieren soñar, dejar volar la imaginación, si les gusta que les cuenten cuentos, que lo hagan porque creo que les vamos a sorprender.
   P.- Ya que lo comentas, confieso que no soy seguidor de los programas de José Mota, pero cuando interpretó Los productores demostró grandes facultades para el teatro musical y, por supuesto, para la comedia. Creo que esta película le va a servir para poder reivindicar su lugar en el cine porque le alejas de los personajes que le han hecho popular…
   R.- Hay demasiados prejuicios con José Mota y actores similares en el mundo del cine, es un mal endémico en nuestro país. En EEUU, un programa como Saturday Night Live ha sido y es cantera para el cine, no dejan de salir cómicos catapultados [apostillo que, además, son infinidad los que se dan de tortas por aparecer alguna semana en el programa, presentarlo se considera un honor]. Aquí, sin embargo, a una gran estrella televisiva, conocida y querida por millones de espectadores, la infravaloramos, no se le da continuidad, no entendemos que alguien como José Mota es un actor, sin etiquetas, hay que tratarle como al resto. Además, es un perfeccionista, trabaja desde la verdad y se plantea el humor como algo muy serio, pienso que será una de las grandes sorpresas de la película; su personaje sigue la estela de Buster Keaton, está muy contenido, hablábamos en el rodaje de microgags porque la comicidad que aporta va en dosis pequeñas. Es cierto que su aspecto es muy estrafalario, que su look llama la atención, para nosotros era “el metrosexual de barrio”, una mezcla entre uno de Bollywood y Camela, pero su interpretación es tridimensional, aporta vulnerabilidad, fragilidad, estoy enamorado de su trabajo.
   P.- Es el personaje bisagra y que ayuda a los otros a desarrollarse mejor…
   R.- Yo hablo de mis tres mosqueteros y me siento D´Artagnan, jajaja: Maribel es como don Quijote, José Mota es Sancho y Antonio de la Torre es una Dulcinea infernal. La película sólo se mantiene en pie cuando los tres forman parte de la misma historia, Mota aporta cierta ligereza que es necesaria para, en parte, demostrar que no hay temas sagrados en el cine, que la comedia habla de asuntos muy serios, véase a Berlanga o a Wilder, ¡quién pudiese llegar a esos niveles!
   P.- No podemos terminar sin hablar un poco sobre Maribel, cómo equilibra un personaje extremo (como lo es la película necesariamente), capaz de definirlo mientras sigue El baile del gorila sentada porque su marido no tiene ni intención de bailar y para colmo se está sulfurando al ver a su hija en la pista levantarse la falda y enseñarlo todo. No le hace falta más de un minuto para describir gran parte de lo que le pasa a esa mujer y del sufrimiento que arrastra…
   R.- Maribel es la gran actriz de su generación, ella sola es casi la historia de nuestro cine, está en varias de las mejores películas de todos los tiempos. Lo que más me sorprendió cuando la conocí, lo que me ganó, es que es tremendamente dúctil, toma riesgos, quiere explorar nuevos territorios. Y es una estrella en el sentido americano: tiene magia, tiene un algo indefinible, tiene alma y verdad. Siempre le estaré eternamente agradecido por lo que hace en Abracadabra.

lunes, 31 de julio de 2017

JEANNE MOREAU: UNA HISTORIA INMORTAL







  Cuando alguien fallece tendemos a hablar en pasado y, en el caso concreto que nos ocupa, lamentarnos con la cantinela “cómo me gustaba esa actriz”, diríase que el hecho de que haya muerto implica que dejamos de apreciar su talento, que sólo nos referimos al mismo como algo del pasado, que ya no puede gustarnos en presente, y el caso es que, si somos admiradores leales y la persona lo merece, seguiremos gozando con la revisión de sus películas, apreciando sus virtudes, descubriendo otras, en definitiva, Jeanne Moreau será de mis favoritas mientras tenga uso de razón, por lo que debo proclamar a los cuatro vientos lo mucho que me gusta, tal y como lo hacía ayer, como lo seguirá haciendo mañana. Por otro lado, una de mis frases recurrentes es la de afirmar que este tipo de personalidades (en el campo que sea) de las que hablamos sin haber sido contemporáneos o de las que somos conscientes (o así lo creemos y deseamos al menos) se seguirá hablando dentro de varios siglos viven en un eterno presente, siempre son, cuando abrimos un libro, contemplamos un cuadro, escuchamos una música, vemos una película o una serie, cuando hacemos realidad su arte a través de nuestro interés y nuestro placer (e incluso nuestro desagrado: cada cual adquiere la inmortalidad que los receptores le otorgan). Al margen de este convencimiento, Jeanne Moreau es de esas intérpretes por las que nunca ha pasado el tiempo, se mantiene actual, vigente, moderna (en el mejor sentido de la palabra), vigorosa, potente, poderosa, arrolladora, cautivadora, absolutamente imperecedera, da igual en qué momento de su carrera nos fijemos.


   ¡Y ahí está ella haciendo girar el torbellino de la vida, siendo vórtice de pasiones, convocando a su alrededor todos los vientos! Moreau llega a cada personaje con su pasado a cuestas, no hay una mirada inocente, su sonrisa apagada intenta esconder resquemores, heridas que tal vez aún sangren, traumas, melancolías, su belleza destila verdad, experiencia, un bagaje vital y emocional que dota a sus interpretaciones de una ambigüedad que no deja impasible ni incólume a quien la contempla, es fieramente humana, terrenal, racial, tridimensional, con aristas, con contradicciones, con recovecos, actriz que imprime significado a la frase más anodina, al rol más esquemático, a la secuencia menos importante. Era lógico que, en apenas una década de trabajo (debutó en 1949 en Dernier amour, protagonizada por Annabella), su nombre adquiriese tintes míticos y que su rostro abanderase un título que, ya desde su gestación, motivó un golpe de timón que cambió el panorama del cine francés y que, más allá de ciertas experimentaciones y rarezas, se mantiene vivo y con mucho que decir (y seguir influyendo), películas que atraparon un momento pero supieron no quedarse en lo coyuntural e, incluso, desgajarse del tiempo.


   Pablo y un servidor tenemos un libro inédito, el tercero escrito en común (que nos pidió la editorial para luego rechazarlo afirmando que “no es el momento adecuado, la crisis ha hecho mucho daño”), no desvelaré cuál es el asunto central, pero sí que Ascensor para el cadalso (1958) ocupa uno de los capítulos y, por supuesto, centrándose en esta secuencia que -puede palparse, respirarse y sentirse- nació antológica, hecha para la leyenda, con atmósfera asfixiante, búsqueda interminable, desesperada, en ese París desenfocado que queda en segundo plano, hiriente por sus luces y bullicio mientras un corazón se desgarra hasta el resquebrajamiento final, ese caminar errático que quiere parecer seguro, ese rostro hierático que no deja traslucir el tormento interior aunque los ojos (¡Esos ojos de la Moreau!) no puedan ocultar un atisbo (o algo más) de compunción, unos andares a los que la música de Miles Davis se ajusta como un guante, no en vano nació contemplando lo filmado, una noche de improvisación y bebidas para dar a luz una de las bandas sonoras más deslumbrantes de todos los tiempos, complemento perfecto a una de las películas más desasosegantes e inquietantes que se puedan recordar. Y llegó Truffaut, claro, ya lo hemos visto, y continuó Malle, faltaría más, tuvo tiempo para rodar con Joseph Losey o Michelangelo Antonioni, para protagonizar Diálogos de Carmelitas (1960), para encontrarse con Orson Welles, quien no tuvo ningún reparo en confesar que era su actriz predilecta.


   Y antes de que repitiese con el director de Sed de mal (1958), se cruzó en su camino el genial Luis Buñuel para ofrecerle uno de los personajes por los que siempre será recordada, una de sus varias cimas interpretativas, la versión que el aragonés llevó a cabo de la ya adaptada novela de Octave Mirbeau Diario de una camarera, consiguiendo uno de sus títulos más memorables y que, las cosas como son, dejó en pañales cualquier acercamiento al texto, tanto anterior como posterior.


   Y dio muestras de su versatilidad en su episodio de El Rolls-Royce amarillo (1965) junto a Rex Harrison o de nuevo bajo la batuta de Louis Malle en ¡Viva María! (1965), donde era capaz de medirse y eclipsar (o al menos opacar) a la estelar Brigitte Bardot (mejor actriz, por cierto, de lo que algunos se empeñaron en ocultar).


   Y, como decíamos, Orson Welles volvió a llamarla para incluirla en el reparto de uno de esos filmes que siempre se citan al repasar los hitos del séptimo arte (por razones artísticas o por otras), un filme que llegó a buen término gracias, en gran medida, a los oficios y la entrega de Emiliano Piedra: Campanadas a medianoche (1965).


   Supo mantener su estatus, su mito, su calidad a buen recaudo, incluso con malas elecciones o películas que no tuvieron la repercusión que hubiesen merecido, trabajó con quien quiso (incluso con Fassbender y Elia Kazan -en el imposible intento de completar lo que Scott Fiztgerald dejó a medias: El último magnate (1976)-, conquistó a las nuevas generaciones y fue fiel a sí misma, sabiendo equilibrar intelectualidad con honestidad, lo más sublime con lo prosaico, teniendo su voz como mejor arma para, precisamente, desarmar al más escéptico.


   No ganó un César hasta 1992 -por La vieja que camina por el mar (1961)- y sólo había sido candidata previamente en 1987 y 1988, nunca fue nominada a un Oscar -pero sí a un Razzie por la canción de Querelle (1982)-, sin embargo obtuvo un Fotogramas en 1961, un año después de ser premiada en Cannes, y fue galardonada con un Donostia en 1997, lo que habla de lo bien recibida que fue en nuestro país (y ojalá lo siga siendo y aumentando su nómina de admiradores).

lunes, 17 de julio de 2017

MARTIN LANDAU: "MAYA, TRANSFÓRMATE"







  Hago un poco de trampa con el título porque, en realidad, recuerdo la frase pronunciada por Barbara Bain (aunque tal vez Martin Landau también lo hiciese en alguna ocasión, casi podría asegurarlo) intentando prevenir que unos inesperados visitantes descubriesen la verdadera identidad del personaje que Catherine Schell interpretaba en la segunda temporada de Espacio 1999 (1975-1976), la serie que siempre citaré como la primera que me fascinó, me abdujo, me obsesionó, me inquietó, me enganchó muchísimo más que cualquier otro programa en aquellos primeros años como espectador, la serie asociada a la merienda (la recuerdo los miércoles por la tarde), diversión asegurada después de hacer los deberes (si los había: apenas empezaba la EGB), cada capítulo duraba toda la semana porque lo recreaba, lo ampliaba, le añadía tramas, jugábamos en el recreo y en el patio de casa (sí, particular, lo adivinaron) con Gema y Juan Luis, enamorado de Maya, más por su capacidad para la metamorfosis que por su belleza, descubriendo, sin ser consciente de ello, a uno de esos actores que, con enorme naturalidad, se convertían en alguien casi de la familia, un amigo al que fue un placer reencontrar cuando me hice adulto y alcanzó el prestigio que siempre tuvo para la legión de seguidores de la serie creada por el matrimonio Anderson; hablamos, por supuesto, de Martin Landau, el comandante Koening (o capitán, según el doblaje).


   Esa es la cabecera de la primera temporada, Maya aún no estaba y sí el profesor Victor Bergman al que daba vida Barry Morse (y la tía Carmen me decía “ese es el policía que perseguía al fugitivo”, evocando la serie homónima), pero se puede ver a Landau en todo su esplendor, irrumpiendo en la pantalla, el héroe por el que temíamos cuando las cosas se torcían (y eso ocurría muy a menudo para garantizar la diversión), ese al que, por más que el doblaje que nos llegó fuese el del otro lado del Atlántico y en los créditos se pronunciase su apellido correctamente, conocimos durante bastante tiempo como “Landau”, leído tal cual, y no “Landó”. Y antes de eso, ya había conquistado a otra generación, sobre todo a las señoras, gracias a su intervención en la mítica Misión imposible (1966-1973), aunque siempre se citaba a Peter Graves como estrella de la misma, puesto que Landau y Barbara Bain (su esposa) la abandonaron al finalizar la tercera temporada y la serie se mantuvo en antena cuatro más.


   Sin embargo, como ha podido comprobarse en el vídeo anterior que reúne todas las cabeceras, parece que Martin Landau no debía gozar de tanto predicamento como su esposa porque ni rastro de su nombre en los créditos de entrada. Sea como sea, parece que madres, abuelas y demás señoras y chavales de los 70 fuimos los menos sorprendidos -porque, además, nos íbamos tropezando con él cuando teníamos acceso a, por ejemplo, Con la muerte en los talones (1959)o Cleopatra (1963)- cuando, de repente, se empezó a hablar del actor de Brooklyn en los términos más elogiosos, cuando la crítica más sesuda y los miembros de su profesión se rindieron a sus virtudes, esas que tal vez no apreciábamos en su momento pero que, de un modo u otro, nos llegaban (especialmente su carisma) y permanecían en nuestro corazón (y agradecimiento) de espectador. Y fue Francis Ford Coppola el que consiguió que Martin Landau convenciese y rindiese a los más escépticos gracias al rol que le encomendó en Tucker: Un hombre y su sueño (1988) y que le granjeó su primera candidatura al Oscar.


   Partía como el gran favorito, al menos de los que de repente se habían transformado en admiradores suyos de toda la vida, se le igualaba e incluía en esa larguísima nómina de intérpretes que desde personajes secundarios se apoderan de la pantalla y del filme (y lo cierto es que resulta electrizante, sacude e impacta), pero se cruzó en su camino el hilarante y brillante Kevin Kline de Un pez llamado Wanda (1988), haciendo justicia para una película que hubiese merecido mejor fortuna en lo que a premios se refiere y, además, sirvió un gag inolvidable junto a Michael Caine, Sean Connery y Roger Moore, los encargados de hacerle entrega de la estatuilla. Pero antes de que pudiera cundir el pánico y pensar que los cinco minutos de prestigio de Martin Landau habían terminado, llegó uno de los guiones más perfectos y sublimes que hayan salido de la mente de Woody Allen para servirle su segunda candidatura al Oscar y, sobre todo, una de sus interpretaciones que, por derecho propio, hay que calificar como legendaria: Delitos y faltas (1989).


   Fue Denzel Washington por Tiempos de gloria (1989), lo que no fue ninguna sorpresa, quien se llevó el gato al agua (con todo merecimiento, pero sin superar lo que Landau lograba en la cinta de Allen) y cuando empezábamos a temer (o llevábamos un tiempo haciéndolo) que, como tantos otros antes y después, se quedase para aportar categoría, oficio, dignidad interpretativa, un mínimo de calidad a filmes que no le merecían o apareciendo en títulos bien recibidos sólo en círculos minoritarios, el mejor Tim Burton posible le entregó todo un regalo (envenenado, porque el reto era de altura y podía haberse quedado en lo risible, en la mera imitación, en un esperpento -aunque sea algo impensable viniendo de Landau-) y rubricó la leyenda con el Bela Lugosi que da la réplica a un no menos espléndido Johnny Depp en Ed Wood (1994).


   Y esta vez sí, no quedó otra, la Academia recompensó su excelsitud con el Oscar al mejor actor secundario del año.


   ¡Y qué maravilla verle tan sinceramente emocionado, tan feliz, tan caballero siempre! No puedo terminar este breve pero emocionado recordatorio de un actor al que, por tantas razones, nunca olvidaré sin detenerme en la que me parece una de sus interpretaciones más sensibles, logrando ríos de lágrimas con apenas un gesto (y a veces ni eso: sólo con la mirada), merendándose a su compañero (y sin pretenderlo en plan abusón o ególatra: es que de donde no hay no se puede sacar), ese Jim Carrey empeñado en demostrar que era actor dramático (lo de cómico lo discutimos en otro momento). Me refiero a The Majestic (2001), la fallida (por alargada) película de Frank Darabont.


   Y se nota el impacto conseguido en varias generaciones de espectadores a lo largo de tantos años de trabajo y dedicación al constatar las múltiples muestras de cariño, las emociones expresadas, el eterno agradecimiento traducido en vídeos, mensajes, declaraciones, infinidad de tributos que, en realidad, son una celebración, un homenaje a quien nos hizo espectadores, a quien alegró tantas horas, a quien nos ayudó a imaginar, a quien aprendimos a respetar y querer como algo natural, como sólo puede hacerse con aquellos que engrandecen su profesión. ¿Qué nos van a contar a los que crecimos teniéndole por nuestro capitán? ¡Salve, Martin Landau!