domingo, 16 de febrero de 2014

"NEBRASKA": ASÍ ES LA VIDA (Y ASÍ NOS LA HAN CONTADO)




TÍTULO ORIGINAL: Nebraska DIRECCIÓN: Alexander Payne GUIÓN: Bob Nelson MÚSICA: Mark Orton FOTOGRAFÍA: Phedon Papamichael MONTAJE: Kevin Tent REPARTO: Bruce Dern, Will Forte, June Squibb, Bob Odenkirk, Stacy Keach, Mary Louise Wilson

   Se habla mucho sobre la manera en que la ficción refleja la vida, sea una realidad propia o ajena; suele utilizarse como adjetivo positivo –“¡Qué realista!”- cuando nos sentimos reflejados en lo que vemos, bien porque la comedia más desaforada saca el estereotipo que todos llevamos dentro y reconocemos comportamientos más o menos cotidianos (nuestros o de gente de alrededor), bien porque se refleja sin ambages ni exageraciones, edulcoraciones o maniqueísmos, sin maquillajes y sin subrayados o invenciones, un suceso conocido o que alguien saca a la luz (piénsese, sin ir más lejos, en el perverso matiz que la estupenda 12 años de esclavitud (2013) añade al infamante cuadro de una crueldad y amoralidad que uno pensaría suficiente y abundantemente tratada). A la hora de alabar este tipo de podríamos decir pinturas al fresco, tendemos a olvidar (benditamente envenenados por el arte de narrar) que, en realidad, si se quisiera ser fiel al día a día de cualquier persona (transformada en personaje), con el objeto de ser absolutamente realista, de limitarse a trasladar lo que sucede a un papel o una pantalla, no conseguiríamos un producto atractivo, interesante, inspirador, antes al contrario seríamos presa del aburrimiento, lo repetitivo, lo mecánico, lo anodino; incluso para reflejar el hastío existencial, el enclaustramiento mental, el vacío anímico, la laxitud como forma de vida, autores como Mann, Saramago, Hesse, fabularon, recrearon, trenzaron una historia, dibujaron una personalidad, estudiaron un carácter (y sigue en cartel como ejemplo cinematográfico próximo la muy interesante La gran belleza (2013), con esos diletantes encantados de aburrirse mientras se creen especiales). Pero en ocasiones un creador es capaz de desaparecer, de mimetizarse con lo narrado, de camuflar toda la carpintería artística, y pudiera decirse que su obra es sencillamente eso, es decir, un reflejo de la vida, que se ha limitado a poner la cámara en determinados lugares y a ser testigo fidedigno, a actuar como notario de lo que allí sucede y queda registrado; es fácil olvidarse durante la proyección de Nebraska de que se está viendo una película porque cada plano respira verdad (no sólo verosimilitud, que es en realidad lo que aplaudimos en tantas ocasiones), pudiera pensarse que estamos ante un documental en el que apenas ha intervenido un montador, un director, que no ha necesitado de un guión para dotar de comprensión a sus imágenes, que sencillamente alguien (la misma mano anónima que la plantó allí) decidió un día apagar la cámara y pulsar el botón con la palabra play para que todos asistiésemos a una de las cintas más regocijantes y maravillosas de la temporada.
   Alexander Payne es un cineasta que escoge con cuidado sus trabajos (su debut en el largometraje tuvo lugar en 1996 y desde entonces, a pesar de la repercusión de sus trabajos y del prestigio acumulado, sólo ha dirigido otros cinco títulos), participando activamente en los guiones (de hecho, tiene dos Oscar por las adaptaciones llevadas a cabo en Entre copas (2004) y Los descendientes (2011)), con predilección por la comedia o, al menos, por un tono amable y claramente comprensivo hacia personajes al límite, con tendencia al patetismo o a sentirse/presentarse/resultar perdedores, por inyectar esperanza donde parece imposible que pueda echar raíces, por alentar cualquier esfuerzo para seguir adelante por muy cuesta arriba que pueda presentarse el camino, por muchos obstáculos que los demás pongan, por mucho que uno mismo sea el mayor boicoteador del proyecto o no tenga muy claro por qué se pone en marcha (es paradigmático en este sentido el personaje de Jack Nicholson en la fabulosa A propósito de Schmidt (2002)); punto y aparte merece la excelente comedia negra Election (1999), plena de ironía, sarcasmo y causticidad, combinación muy medida de tonos para sorprender continuamente. Aunque no empañaba sus muchos méritos, al guión de Entre copas se le notaba su afán por trascender, su anhelo metafórico, sus pretensiones, su trabazón, su andamiaje, mientras que el de Los descendientes no era capaz de, como sí sucedía en aquélla, dejar al menos fluir la historia, tropezando continuamente en su engolamiento, en su aparente ingenio, en su fatuidad, en su negación de sí misma para ofrecerse como la superación de un género; por todo ello, para ver hacia dónde encaminaba su carrera, se esperaba con cierta curiosidad por unos, con expectación por otros y con estupor y desconfianza por el resto la siguiente entrega de Payne, quien optó por un guión ajeno por primera vez para demostrar que no ha perdido el brío, el acierto, la sencillez narrativa, la mirada de gran cineasta que se echaba de menos en ese despropósito sobrevalorado que protagonizó George Clooney.
   No es una elección sorprendente, ya que el personaje interpretado por Bruce Dern tiene muchos puntos en común con el Schmidt de Jack Nicholson y también con el rol que asumía Paul Giamatti en Entre copas, aunque éste aporta una fe irredenta en su sueño, en el premio que cree haber conseguido, manteniéndose más por decisión propia que por verdadera incapacidad en una nebulosa en la que no siempre es consciente de lo que sucede, instalándose cómodamente en la incomprensión de los comportamientos de los demás, utilizando su desvalimiento en beneficio propio, manteniendo la dignidad por mucho que otros (o él mismo) le hagan agachar la cerviz. La escritura de Bob Nelson posee muchas capas y la cámara de Payne (gracias en parte a una esplendorosa fotografía de Phedon Papamichael) las penetra con inteligencia y mesura, dejando que los paisajes cuenten la realidad de esos personajes que quedan retratados con una sola pincelada gracias a la sutileza con que están dosificados los diálogos, los silencios, las miradas, consiguiendo que seamos uno en más en esa reunión familiar, haciéndonos sentir otro viajero en el interior del coche que lleva a los dos protagonistas hasta Nebraska: no puede decirse más (ni mejor) de la forma en que el tiempo decidió detenerse en ese lugar como cuando esas personas derrumban sus humanidades en sillones, mecedoras o sillas contemplando la televisión como si mirasen el vacío, más atentos a cuántas horas ha tardado alguien en llegar o a discutir las diferencias entre un modelo de coche y otro. Es un absoluto deleite asistir al modo en que los actores del filme no interpretan, se limitan a ser, como si no fuesen profesionales (precisamente demostrándolo en su aparente desapego, en su facilidad para transmitir), como si en realidad fuesen esas personas a las que vemos en pantalla que han abierto amablemente su casa, que se han paseado por la zona con el equipo que ha grabado esos instantes de vida; ese mimo, esa sensibilidad tanto en lo escrito como en lo filmado, esa capacidad para contar sin que se sienta, para dotar de contenido cada respiración, es especialmente reseñable en las escenas de conjunto, con varios o muchos personajes, en las que el espectador reconoce, escudriña, aprehende pequeños detalles que definen, mínimos gestos que explican toda una existencia (inolvidable la mujer del periódico local como ejemplo más acabado de minimalismo narrativo, de la manera en que los ecos se agrandan en nuestro interior). Bruce Dern ofrece un recital, precisamente en su ausencia de recursos, en su abandono a la hora de hablar y moverse, en cómo se ajusta las costuras de un personaje que le viene como anillo al dedo, en su despojamiento de cualquier artificio o tentación grandilocuente; pero, a pesar de su muy merecido premio como actor en Cannes y de su candidatura al Oscar (premio que debería ganar de no existir un señor llamado Chiwetel Ejiofor), y en parte gracias a su generosidad como intérprete, Dern topa con dos rivales de altura a la hora de adueñarse de la película y poco puede hacer ante la contundencia, grandeza y sabiduría (no porque él no las tenga, sino por cómo las aprovechan para lograr la atención del público) de Will Forte y June Squibb. El primero es uno de los varios perjudicados en las nominaciones de este año, un cómico muy conocido en el disparate, quien tal vez es pagado con la incomprensión precisamente por ello: con un personaje muy desagradecido, es tan sólo una sombra, un apoyo, ese al que no se presta atención porque el que importa es el protagonista, Forte se impone por la humanidad que destila, por el triste encanto que despliega, por el desconocimiento de sí mismo y de sus posibilidades, por cómo se ha anulado para vivir como a otros les conviene para brillar ellos; una mirada de orgullo hacia su padre, un gesto cómplice con su hermano para vengar el honor familiar, una media sonrisa hacia su madre, son auténticas lecciones en el rostro del que se revela como enorme actor.
   Lo de June Squibb merece párrafo propio: veterana actriz con una carrera forjada en Broadway, amiga íntima de la no menos grande Margo Martindale (quien hubiese merecido ser candidata al Oscar por Agosto (2013), antes que Julia Roberts), fue ésta la que le advirtió sobre el guión, tras haberlo leído y considerado pero resultar demasiado joven para el rol. Squibb, quien ya había trabajado con Payne en A propósito de Schmidt (una breve aparición, puesto que era la mujer del protagonista, cuya muerte propicia toda la historia posterior), venció las reticencias del director y se apoderó del personaje, convirtiéndose en una roba escenas desde su total asunción de esta mujer que se impone por derecho propio, porque la vida que tanto la ha maltratado así se lo consiente ahora, una mujer con un fino sentido del humor que viene para cobrar cualquier tipo de cuenta pendiente, escéptica como pocas, quien no necesita alterarse para decir verdades como puños, colocando cada frase con maestría, diciendo las palabras justas, dosificando la ternura, conmoviendo con un mero movimiento de manos, con una mirada empañada de nostalgia, de amor, de lo que se perdió, de lo que no volverá, con un regocijo ante lo que para muchos podría ser una victoria pírrica o tardía pero que ella vive como el triunfo más absoluto; son múltiples e inacabables los muchos momentos que regala y que se graban para siempre en la memoria del espectador, del mismo modo que lo hace todo el filme, un prodigio de equilibrio, de síntesis, de economía narrativa, de profundidad, de estudio del ser humano, de apabullante sencillez, en definitiva, una lección cinematográfica, una lección de vida.    

lunes, 10 de febrero de 2014

GOYAS 2013: FUENTE SIN AGUA







   Pensaba que hoy andaría mejor de la gripe, pero resulta que no; confié en un supuesto bálsamo de Fierabrás y me topé con la peor purga de Benito, aunque en realidad ni siquiera noté sus efectos perniciosos, ya estoy inmunizado, aunque el mal sabor de boca es inevitable. Uno, que sigue siendo ingenuo para muchas cosas, creía que anoche sudaría con profusión y sin poder evitarlo -y así eliminaría toxinas y virus-, porque me reiría hasta desencajarme, aplaudiría con fervor, se me dispararían los niveles de adrenalina ante la emoción de asistir a un espectáculo que te agrada, y como mucho sentí un tenue rubor cubrir mis mejillas (no era la fiebre, por fortuna) en algunos momentos, aunque ya ni siquiera me asalta la vergüenza ajena, la propia, de que al lado de muchos de los que pisaron el escenario aparecerá la palabra “español” para identificarlos (total, menos a cuatro, nadie los conoce fuera de aquí y los que son identificados, por suerte para ellos, no lo son por la gala de los Goya). Lo peor es la sensación de hastío, de día de la marmota, de eterno retorno, de volver cada año a lo mismo; ¿la prueba? Que, con ligeros retoques (premiados y películas), podría publicar mi entrada de hace casi un año y, entre que no tengo muy buen día y que lo contemplado anoche me ha sumido en el desaliento, por mucho que algunos piensen lo contrario (que me regodeo e incluso deseo que todo salga mal para sacar la zapatilla a airearse) y otros me cataloguen (como a cualquiera que lo critica) de amigo de Federico (Jiménez Losantos, por supuesto –y, mira, no sería nada malo, ¿no?, al fin y al cabo eso lo espetan los mismos que gustan de que Alaska participe –o participase, que no tengo el dato preciso- en su programa), eso es precisamente lo que voy a hacer: recuperar aquellos párrafos que, prácticamente, pueden reproducirse íntegros aunque sean del año pasado (y lo peor es que me temo que podré entrar en este bucle durante muchas ediciones); por lo tanto, cuando vean comillas ya saben que me estoy plagiando y, por lo demás, iré rapidito que tampoco tengo humor para perder demasiado el tiempo (ya lo hice frente al televisor).
   Empezaremos, pues, por lo diferente, por la mayor decepción de la noche, o sea, el presentador: sinceramente, esperaba mucha más chispa de Manel Fuentes, mayor presencia e implicación (exceptuando los cansinos vídeos en que era un intruso en las cintas que competían por el máximo galardón, ¿cuánto tiempo estuvo en pantalla? ¿A cuántos minutos se redujo su participación?), mayor gracejo, una muestra, por lo menos un atisbo, de su rapidez verbal, sentido del ritmo, manejo del directo. Lo único que es de agradecer es que no se enredase demasiado en la ausencia del ministro de Cultura, eje vertebrador de los discursos de gran parte de los entregadores y de muchos de los ganadores, reivindicativos a destiempo, viviendo permanentemente enfrentados, enfadados, aupados a su propio pedestal (actitud que el toro bravo que Wert afirma ser les pone en bandeja y propicia al crecerse con el castigo y echar leña al fuego), viendo la vida bajo el prisma de la dicotomía y la separación por bandos, sólo consensuando con los suyos, con los de siempre, cayendo en lo que se supone denuncian (no hay más que ver cómo, de repente, Daniel Sánchez Arévalo, a pesar de haber hecho uno de los pocos títulos que han logrado espectadores para el cine patrio, es arrinconado o cómo la película más galardonada de la ceremonia, Las brujas de Zugarramurdi, otra que tal baila en lo relativo a la taquilla, no competía por los premios más destacados, debe ser que Álex de la Iglesia –que no es santo de mi devoción- aún tiene mucho que penar por su gestión –algo hay que llamarlo- al frente de la Academia). Ya que, para mal, aunque luego se les va la vida en hablar con displicencia y por encima del hombro, tanto miran lo que pasa en Hollywood, deberían caer en la cuenta de que allí no hay ministros ni secretarios de estado ni nadie por el estilo –como mucho, la primera dama entrega un Oscar y ese gesto en sí mismo despierta muchas suspicacias-, porque los invitados, los involucrados, los presentes son la gente del cine, los que se la juegan día a día, los que creen en el concepto/sentido de industria, los que demuestran su valor sin ayudas exógenas a la propia creación o recibidas de otros como ellos, o sea, empresarios que, obviamente, buscan beneficios en lo que, por mucho que a algunos les pique, sigue siendo el séptimo arte que llega desde un lugar que, con todo merecimiento, ha de ser considerado como la meca del cine (y aquí se reconoce lo justo a guerreros numantinos como los que sacan adelante La herida o Stockholm para rendirse ante un apellido de tronío con productora propia). Y el señor presidente de la Academia, Enrique González Macho, el mismo que se ve obligado a cerrar su empresa de producción y distribución, uno de los escasos baluartes del cine español (aunque en sus salas, en las que aún mantiene abiertas como en las que cerró, ya hace mucho tiempo que las grandes producciones, las que se supone no son para el público objetivo al que él se dirige, copan la programación, desterrando a títulos pequeños y supuestamente artísticos y/o elitistas), entona un discurso plañidero, pésimamente argumentado incluso en lo incontestable, aferrándose una vez más a la piratería como madre de todas las batallas perdidas (y resulta que uno tiene interés en ver determinada película que sólo dura una semana en cartel, que es candidata a premios, que piensa “bueno, la descargaré y así puedo juzgar, ya que no hay otra opción”, y se topa con la cruda realidad: la mayoría de las pirateadas, por eso lo son, están en lo más alto de las recaudaciones, son las que interesan a mucha gente).
   Jaime de Armiñán, a quien sólo por Mi querida señorita (1972) habría que rendir pleitesía –pero es que, además, por no salirnos de la gran pantalla, le debemos El nido (1980), Stico (1985) o El amor del capitán Brando (1974), hizo un discurso muy a lo Blake Edwards cuando alzó un Oscar honorífico, pero estuvo deliciosamente despistado (y sin duda muy emocionado), con ese punto de abuelete simpático que cuenta alguna batallita (es lo que siempre ha hecho de manera fantástica: narrar historias) y se llevó un Goya de Honor justo y necesario (y recordó a su gran amigo y cómplice José Luis Borau, cuyo nombre despertó un aplauso que, por cierto, un tal Antonio de la Torre tardó en secundar –y pudiera ser que lo hiciese al advertir que las cámaras apuntaban hacia la platea-). Y ya va resultando tristemente habitual que debamos aguantar la intervención de “Ernesto Sevilla, otro de esos llamados cómicos aureolados por el prestigio y la etiqueta de “humor inteligente”, (..) torpe (…) sobre el escenario, sin gracia ni garra, dando paso casi entre tartamudeos” a las gracietas de Raúl Arévalo, Carlos Areces o Julián López, este grupete de cómicos que repite el chiste o la ausencia del mismo hasta límites irritantes, salidos de museos Coconut, horas chanante y demás muchachadas. “Y para colmo se empeña(n) en cantar y bailar al más puro estilo “fiesta de fin de curso” (…) junto a unos cuantos que, como en el caso de” Secun de la Rosa, “ni siquiera se preocupan de dar bien alguna nota” o de saberse mínimamente la coreografía, momento en que fue clamorosa la torpe y nada ensayada realización, vistas las veces que las cámaras autónomas manchaban el plano pinchado.
   Sólo La herida me parece una película digna de recuerdo y encomio, pero al menos Vivir es fácil con los ojos cerrados es el mal menor para lo que podían haber premiado; y por mucho que no sea su mejor trabajo, duele que una vez más se ignore de esa manera a Gracia Querejeta quien supera a David Trueba con sus 15 años y un día en los dos apartados en los que éste fue premiado (especialmente en el de guión original pero, claro, la hija de Elías no siquiera era candidata). Por fin Javier Cámara, y por un papel que ya es legendario en su trayectoria, se lleva el Goya a casa, al igual que la fabulosa Natalia de Molina (quien, con sólo una frase, enarboló el mejor discurso de la noche y, además, representando a una chica que, en la película, decide ser madre –aunque imagino los gestos de gallardones, roucos o juanas samanes ante la afirmación de la actriz y la tranquilidad con que la hizo-); lástima que no optase a premio el tercer vértice del impresionante triángulo actoral sobre el que Trueba centra su historia, Francesc Colomer, quien hubiera sido un plausible triunfador como actor de reparto, no como Roberto Álamo, otro de “los actores españoles a los que consideran suyos, parte de la familia, pertenecientes a la tribu, galardonad por un rol arquetípico, llenos de tópicos y brocha gorda, y (…) por repetir hasta la saciedad tonos, voz, composición, gestos y decires”. La inmensa Terele Pávez recibe un Goya que se ha hecho esperar demasiado, otra más en la larga nómina “de nombres olvidados a los que de repente se vuelve la cabeza y se homenajea por el título más olvidable de su carrera” (muchos de los que se pusieron en pie formaban parte de la Academia cuando la ignoraron por La Celestina (1996) o le negaron el galardón por La comunidad (2000)), pero teniendo en cuenta que aún no tiene un Fotogramas (así, por ejemplo), al menos recibe el cariño y respeto del público, que ha vivido este momento como algo propio.
   Lo de Marian Álvarez en La herida ya ha sido suficientemente glosado por éste que escribe (y sufrido e interiorizado), esa manera de actuar sin que se note, esa naturalidad que no se aprende, que se perfila, se acentúa, se aumenta, pero que hay que tener de fábrica, ese dominio y control, esa permanente interpelación por las zonas más oscuras de cada espectador (entre ellas y las otras tres candidatas había un abismo imposible de salvar y que, excepto Nora Navas, ninguna va a lograr saltar jamás –ojalá el tiempo me quite la razón-) y lo de Javier Pereira en Stockholm también, precisamente por todo lo contrario (y ya vieron que mantuvo su sonrisa, ¿verdad?, tal y como señalábamos en la crítica de Ismael, su gesto característico, tal vez el único).  En fin, perdón por el chiste fácil, pero, como suele suceder todos los años (¿Dónde estás, Rosa María Sardá?), se esté más o menos de acuerdo con el palmarés, lo que sobra es la gala”.    

domingo, 9 de febrero de 2014

"ISMAEL": ¡CUIDADO CON LOS NIÑOS!









DIRECCIÓN: Marcelo Piñeyro GUIÓN: Verónica Fernández, Marcelo Figueras, Marcelo Piñeyro FOTOGRAFÍA: Xavi Giménez MONTAJE: Irene Blecua REPARTO: Mario Casas, Belén Rueda, Larsson Do Amaral, Ella Kweku, Juan Diego Botto, Mikel Iglesias

   Siempre se recuerda la advertencia del maestro Hitchcock de no rodar con niños ni con animales (también incluía en la enumeración a Charles Laughton por razones que desviarían el objeto de este texto), aunque él se la saltó más de una vez y, al margen de esa maravilla llamada Los pájaros (1963) y de algún otro ejemplo posible, no conviene olvidar uno de los episodios que dirigió para su siempre gratificante Alfred Hitchcock presenta (1955-1961), el escalofriante ¡Bang, estás muerto! (1961), en el que en apariencia inocente juego de un niño con una pistola que él cree de mentira se convierte en una ruleta rusa de imprevisible final; lo cierto es que conviene tener mucho cuidado con lo de colocar una historia sobre los hombros de un chaval porque a las primeras de cambio ésta se puede despeñar por el barranco de lo edulcorado, de lo infantilizado en exceso, de esa ñoñería con que muchos adultos hablan a los críos, como si no comprendiesen las cosas, como si no las fueran a entender nunca o cargar las tintas en huir de este extremo y llegar al contrario, es decir, a que no resulte creíble un jovencito que hable, piense, actúe de cierta manera. Sin embargo, han sido muchos los cineastas que han sabido acercarse con inteligencia, veracidad, honestidad y sensibilidad al mundo infantil, que han desarrollado guiones con enorme peso dramático o una comicidad tan desopilante como los razonamientos sencillos y certeros de esos pequeños observadores que aprehenden lo más insólito o ajeno con la facilidad de una esponja, y una enumeración sería demasiado prolija e innecesaria, porque en realidad queríamos llegar a otro punto, ese en el que surgen las dudas sobre premiar, aplaudir, encomiar a los jóvenes intérpretes, ya que suele afirmarse que se lo toman como parte de un juego, demostrando su capacidad para fabular, imaginar, pensarse otros, soñar, y se tiende a minusvalorar o no encontrar mérito, hay una resistencia a considerar actores a los muy pequeños, como si los demás no hubiesen sido novatos, debutantes, haya sucedido esto a la edad en que haya sucedido, parece que cuesta reconocer el talento natural, disfrazándolo de facilidad, espontaneidad, adecuación al personaje (lo cual, en sí mismo, ya es plausible en un actor tenga la edad que tenga); al igual que antes, podríamos hacer una lista muy abultada con niños a los que se consiente todas sus muecas, mal dirigidos, peor integrados en el conjunto y, de la misma manera, una columna paralela en la que destacar a todos aquellos que han dejado impresos sus valores, su capacidad cómica, su hondura dramática, su desparpajo puesto al servicio del guión, algunos para iniciar una carrera imparable, otros para continuar en el negocio pero no alcanzar jamás aquella altura, muchos para no superar el reto de crecer, de cambiar la voz, de alterar su físico, ciertos de ellos para no repetir la experiencia de ponerse delante de las cámaras, pero nadie puede negarles su hueco en la memoria de los espectadores y su derecho a ser llamados actores.
   Todo este exordio viene a cuento porque, tal vez intentando evitar determinadas comparaciones o no queriendo apreciar lo que puede haber de bueno en una interpretación infantil (o no soportado la competición), desde hace un par de ediciones los Goya decidieron poner una edad mínima para competir, para optar al galardón de mejor actor/actriz revelación, el mismo para el que, desde la primera ocasión en que lo entregaron, no tenían en cuenta sus propias bases, en las que se indicaba que estaba dirigido a aquellos/as que ofreciesen su primera interpretación (por otro lado, exigencia un tanto absurda ya que no es fácil destacar si debutas en un personaje episódico); no se sabe muy bien a quién le sobrevino esta picazón, pero si echamos una mirada a los premiados en estas categorías el porcentaje de, digámoslo así, tiernos infantes es mucho menor de lo que pudiera pensarse (o temerse por algunos) y nadie puede discutir la dignidad herida pero no abatida de Juan José Ballesta en El Bola (2000), el encanto de Ivana Baquero en El laberinto del fauno (2006), transformando su mirada para mirar la realidad y distinguirla/mezclarla con el mundo imaginario, o el dolor y la emoción que imprimían a sus roles Francesc Colomer y Marina Comas en Pa negre (2010) –por no hablar de clamorosos errores como fue el hecho de preferir a José Luis Torrijos por La soledad (2007) en lugar de a Roger Príncep por El orfanato (2007). Y, así, de este modo, llegamos a la edición que en unas horas entronizará a los considerados mejores de la (pobre) cosecha de 2013 en la que esas consideraciones, esas indicaciones o reglas que ahora sí se respetan (porque lo de la primera película, que sea un debut, lo seguimos ignorando), han impedido que el protagonista de Ismael, el actor que da vida al personaje que titula el filme, es decir, Larsson Do Amaral pueda ser candidato a un premio que merece mucho más que cualquiera de los nominados, a saber, Javier Pereira por Stockholm (2013) –casi con toda seguridad el ganador, a pesar de tener el mismo gesto y esa perenne sonrisilla en todas sus películas-, Hovik Keuchkerian por Alacrán enamorado (2013) –borrado de la mente de uno, como todo lo relacionado con una cinta olvidable-, Berto Romero por Tres bodas de más (2013) –mejor pasar página- y Patrick Criado por La gran familia española (2013) –el único que merece distinción de ese reparto, el que sería triunfador más justo aunque tampoco haya que tirar cohetes-.
   Y lo cierto es que Larsson no lo tiene fácil porque Marcelo Piñeyro sigue demostrando el mismo envaramiento, el mismo anquilosamiento, el mismo esquematismo de que adolecieron sus últimos títulos, especialmente El método (2005), adaptación ramplona y sin fuelle de la estupenda obra de Jordi Galceran, sorprendente y un tanto incomprensible involución de un cineasta que supo imprimir fuerza a cada fotograma de Plata quemada (2000) y, muy especialmente, que supo plasmar con un verismo escalofriante y claustrofóbico los primeros momentos de la dictadura que asolaría Argentina desde 1976 hasta 1983, mezclando el desconocimiento y angustia de los adultos que no sabían qué estaba pasando con la obligada y temprana madurez de un niño que aun desconociendo el significado debe ampliar su vocabulario con términos extraños y debe buscar en su interior sentimientos para los que no posee referentes. Ismael presenta estereotipos, personajes con apenas dos trazos, recurre sin rubor a tópicos y lugares comunes para que el espectador pueda sentirse identificado, interpelado, y el ritmo se hace moroso, sin fuelle, coadyuvado por una fotografía demasiado perfecta en el sentido de que parece irreal, como retocada, como embellecida y por un sonido en el que los diálogos resultan huecos, con eco incluso en exteriores o en el interior de un coche, como si hubiesen sido doblados en estudio. Es en este sentido como destaca la naturalidad de Larsson Do Amaral, un chaval que quiere respuestas porque tiene derecho a ellas y que apabulla a los adultos con su capacidad para analizar los hechos sin dramas ni reproches, sólo queriendo comprender y saber; junto a él, Juan Diego Botto aporta aire fresco, es el único que dice sus frases (en general, como las del resto, sacadas de uno de esos libros de autoayuda sonrojantes y éxitos de ventas) imprimiéndoles verdad, impregnándolas de emociones, provocando que el espectador se pregunte cómo reaccionaría él en una situación parecida, permitiendo constatar la solidez alcanzada por el actor, la misma que ya quedó clara en aquel despropósito llamado Todo lo que tú quieras (2010) en el que tan sólo su dignidad, su empaque, su manera de interpretar, quedaban fuera del ridículo en que Achero Mañas sumía el resto. También es justo destacar la frescura de Mikel Iglesias, su acierto a la hora de colocar cada frase, una manera de actuar sin que lo parezca, en el extremo contrario de una Belén Rueda que no encuentra su sitio en un rol pensado para Victoria Abril al que rehacer, maquillar, adecuar a ella ha hecho perder entidad y sentido y un Mario Casas que, conforme con haber encontrado una forma de hablar que camufla en gran parte su mala dicción, habla mecánicamente, sin tonos, monocorde, desperdiciando las posibilidades de su personaje, dejándolo todo al hecho de caminar con la ayuda de un bastón; Sergi López vuelve a hacer de sí mismo, resultando previsible antes de que hable, antes de que actúe, antes casi de que aparezca, teniendo para colmo que lidiar con alguna de las escenas más ridículas e innecesarias que ofrece la película.
   Si uno piensa en lo que el creador de Kamchatka podría haber hecho con el mismo material en aquel momento de esplendor, apenas puede dar crédito a lo que ve en pantalla; es mérito de algunos de sus intérpretes, como queda señalado, que el sin duda excesivo metraje pese un poco menos y proporcione algunos destellos de interés. Confiemos en que Marcelo Piñeyro salga pronto del pozo en que parece sumido y en que, a pesar de que el Goya ha servido para poco en otros casos y la revelación quedo en poco más que eso, Larsson Do Amaral pueda encontrar un vehículo que le merezca más o en el que, al menos, podamos comprobar si tiene más recorrido o es tan sólo Ismael (por el momento, también está en Aquel no era yo, su carta de presentación, el cortometraje de Esteban Crespo que, tras ganar un Goya, opta a un Oscar el próximo 2 de marzo).